La ONU desmiente que la sequía fuera la causa principal de la guerra en Siria

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Mujer siria sentada en un suelo desértico por la sequia

Lectura fácil

Durante más de una década, la guerra civil siria se ha presentado en foros internacionales, cumbres climáticas y portadas de periódicos como el primer gran "conflicto climático" de nuestra era. La narrativa era tan convincente como aterradora: una sequía histórica entre 2006 y 2010 devastó el campo sirio, forzando a millones de agricultores a emigrar a las ciudades, lo que generó un polvorín social que estalló en las revueltas de 2011 contra Bashar al-Assad.

Era una historia clara, una advertencia de lo que nos espera a nivel global. Sin embargo, un nuevo informe del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH) acaba de lanzar un jarro de agua fría sobre esta teoría.

El mito de la causalidad directa

El estudio, titulado “El nexo sequía-migración-conflicto: ¿Fue la guerra civil siria realmente causada por el cambio climático?”, califica la narrativa anterior de "reduccionista" y advierte sobre los peligros de simplificar crisis tan complejas. Según los investigadores, culpar al clima no solo es inexacto, sino que sirve involuntariamente para absolver a los verdaderos culpables: las desastrosas políticas de gestión y la corrupción gubernamental.

El informe no niega que hubo una sequía severa; de hecho, reconoce que el periodo 2007-2009 fue crítico. Sin embargo, el equipo liderado por Lina Eklund ha utilizado imágenes satelitales y datos meteorológicos para demostrar algo que cambia por completo la historia: la resiliencia del campo sirio.

El dato que lo cambia todo: la recuperación de 2010

La pieza clave que desmonta la teoría del colapso agrícola irreversible es el año 2010. Según el análisis de imágenes por satélite presentado en el informe, un año antes de que estallara la guerra, la actividad agrícola en Siria se había recuperado de forma espectacular. Los datos muestran que la producción de tierras de cultivo alcanzó niveles casi récord en 2010, cubriendo aproximadamente el 90 % de la tierra cultivable disponible.

Si la agricultura se había recuperado en 2010, ¿por qué estalló la guerra en 2011 bajo la premisa de la escasez? Esta contradicción sugiere que la migración masiva y el descontento no fueron una respuesta automática a la falta de lluvia, sino a factores estructurales mucho más profundos que la lluvia no pudo arreglar.

Las verdaderas causas

El informe de la ONU señala que el abandono de tierras (un 19 % entre 2001 y 2016) no se debió únicamente a la sequía, sino a una "tormenta perfecta" de decisiones políticas

Durante la década de 2000, el régimen sirio impulsó una agresiva liberalización económica que desmanteló la red de seguridad de los agricultores:

  • Recorte de subsidios: Se eliminaron las ayudas al diésel y a los fertilizantes de la noche a la mañana, disparando los costes de producción para los pequeños agricultores.
  • Gestión del agua: Se fomentó una agricultura intensiva insostenible que agotó los acuíferos mucho antes de que llegara la sequía.
  • Corrupción y desigualdad: La brecha entre las élites urbanas y la población rural creció exponencialmente, creando un caldo de cultivo para la disidencia que poco tenía que ver con la meteorología.

El peligro del "determinismo climático"

El estudio de la UNU-INWEH advierte que centrarse excesivamente en el cambio climático como detonante de guerras puede ser peligroso. Al etiquetar el conflicto sirio como una "guerra climática", se corre el riesgo de desviar la atención de las responsabilidades políticas del gobierno de Assad y de los fallos de gobernanza. La sequía fue un factor estresante, sin duda, pero fue la incapacidad (o falta de voluntad) del estado para responder a ella lo que rompió el contrato social.

Así las cosas, la guerra de Siria no fue un destino inevitable escrito en las nubes. Fue el resultado de décadas de mala gestión y represión. Reconocer esto es vital no solo para entender el pasado de Siria, sino para diseñar mejores políticas de prevención de conflictos en el futuro, donde la solución no será solo esperar a que llueva, sino construir gobiernos más justos y resilientes.

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