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Durante décadas, el feminismo se ha narrado como una ola única que avanza para liberar a "la mujer". Sin embargo, esa categoría universal de "mujer" ha tenido, históricamente, un sesgo invisible: solía referirse a la mujer blanca, occidental, cisgénero y, a menudo, de clase media. Las otras, las que no encajaban en ese molde, se quedaban en los márgenes. Esta es la denuncia central que lanza Diosa Haitiana, influencer y activista antirracista, en su reciente intervención recogida por Efeminista. Su sentencia es clara y dolorosa: "Las mujeres negras no hemos tenido espacio dentro del feminismo hegemónico".
Esta afirmación no es un ataque al movimiento, sino una llamada de auxilio y de justicia para completarlo. Nos obliga a mirar las costuras de un activismo que, mientras luchaba contra el patriarcado hacia afuera, reproducía dinámicas de exclusión racial hacia adentro.
La ceguera del feminismo hegemónico
El concepto de "feminismo hegemónico" se refiere a esa corriente principal que marca la agenda mediática y política. Sus luchas son vitales (brecha salarial, techo de cristal en consejos de administración, derechos reproductivos), pero a menudo ignoran que para una mujer negra, la opresión no viene sola.
Diosa Haitiana pone el foco en cómo este feminismo ha fallado al no reconocer que la experiencia de ser mujer cambia radicalmente cuando se le suma la variable de la raza. Mientras la mujer blanca luchaba por salir de casa y trabajar, la mujer negra llevaba siglos trabajando fuera de casa (a menudo en condiciones de servidumbre) y luchaba por derechos humanos básicos. Al no tener espacios de representación, sus problemáticas específicas —la hipersexualización, la brutalidad policial, la pobreza estructural o la discriminación capilar— quedaban relegadas a un segundo plano, como si fueran "cosas de raza" y no "cosas de género".
La interseccionalidad como herramienta de supervivencia
Aquí entra en juego el término clave: interseccionalidad. Acuñado por la académica Kimberlé Crenshaw, explica cómo las diferentes formas de discriminación (sexismo, racismo, clasismo) se superponen y crean una opresión única.
Para Diosa Haitiana y muchas otras activistas afrodescendientes, no se puede separar su negritud de su condición de mujer. Sufren lo que se conoce como la doble o triple discriminación. El sistema las oprime por ser mujeres (cobran menos, sufren violencia machista) y las oprime por ser negras (sufren prejuicios raciales, menor acceso a vivienda o empleo). El feminismo que no es antirracista, argumentan, no sirve para ellas porque solo aborda la mitad de sus cadenas.
El cuerpo negro: entre la exotización y el rechazo
Uno de los puntos más críticos que señala Diosa Haitiana es la relación de la sociedad con el cuerpo de la mujer negra. Históricamente, este cuerpo ha sido objeto de una dicotomía perversa: o es hipersexualizado y exotizado (visto como un objeto de deseo salvaje y disponible) o es masculinizado y desprovisto de fragilidad (el estereotipo de la "mujer negra fuerte" que todo lo aguanta).
El feminismo hegemónico, centrado en los cánones de belleza occidentales o en la liberación sexual desde una óptica blanca, a menudo no ha sabido proteger a las mujeres negras de esta violencia simbólica. Las redes sociales, donde Diosa Haitiana despliega su activismo, se han convertido en un arma de doble filo: son un escaparate para denunciar estos estereotipos, pero también un vertedero de odio racista y misógino.
Las redes como ágora de contra-narrativas
Lo revolucionario de figuras como Diosa Haitiana es que no han esperado a que los medios tradicionales les den el micrófono. Han construido su propio altavoz. El activismo digital permite democratizar el discurso. A través de vídeos, hilos y posts, educan a una audiencia masiva sobre conceptos como el privilegio blanco o la apropiación cultural, obligando a muchas feministas blancas a confrontar sus propios prejuicios inconscientes.
Este "nuevo feminismo" que emerge en las redes es incómodo porque cuestiona a las aliadas. Exige que la sororidad no sea solo un hashtag, sino una práctica activa de ceder espacios y escuchar experiencias que no son las propias.
El actual camino hacia un feminismo para el 99 %
La crítica de Diosa Haitiana no busca dividir el movimiento, sino ensancharlo. Un feminismo que solo libera a las mujeres blancas no es una liberación, es un cambio de jerarquía. El reto para el siglo XXI es construir un movimiento transversal e inclusivo, donde las mujeres negras, indígenas, gitanas y migrantes no sean "invitadas" o "cuotas de diversidad", sino arquitectas de la nueva agenda política.
Solo cuando el feminismo entienda que el racismo es una cuestión feminista, podrá aspirar a transformar verdaderamente la sociedad.
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