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El sistema volcánico del Teide volverá a entrar en erupción con toda probabilidad a lo largo del siglo XXI. Sin embargo, los registros científicos disponibles en la actualidad y la monitorización en tiempo real no indican que ese episodio vaya a producirse de forma inminente. Esa es la conclusión que defiende el doctor en Ingeniería Civil y especialista en sismología aplicada a estructuras, Fernando Martínez Soto, quien subraya que en estos momentos “no hay riesgo de erupción volcánica”, aunque insiste en que el fenómeno “ocurrirá”.
El experto explica que la certeza de una futura erupción no implica inmediatez. “Sabemos que va a suceder, pero no sabemos cuándo”, resume. La afirmación se basa en el análisis histórico del comportamiento eruptivo de Tenerife y en el seguimiento continuo de parámetros sísmicos, geoquímicos y de deformación del terreno. A día de hoy, esos indicadores no muestran señales compatibles con una fase preeruptiva.
Sin deformación ni ascenso magmático detectado en el Teide
Según detalla Martínez Soto, los instrumentos instalados en la isla no reflejan deformaciones relevantes del terreno ni emisiones de gases que apunten a un ascenso del magma hacia la superficie. Tampoco se observa una migración de focos sísmicos desde grandes profundidades hacia cotas más superficiales, fenómeno característico cuando el magma comienza a abrirse camino.
“No hay deformación significativa ni un incremento energético sostenido que permita anticipar un episodio volcánico a corto plazo”, explica. Aun así, introduce una advertencia clara: los volcanes no funcionan con calendarios preestablecidos. La ausencia de señales hoy no excluye que puedan aparecer en cuestión de meses o incluso en un año.
Tenerife forma parte de un territorio volcánicamente activo. El Islas Canarias constituye un entorno geológico en constante evolución, por lo que la posibilidad de una nueva erupción entra dentro de la dinámica natural del archipiélago.
El peso de la historia eruptiva
Uno de los argumentos que respaldan la tesis de Martínez Soto es la secuencia histórica de erupciones registradas en la isla. Durante los siglos XVIII, XIX y XX se produjeron episodios destacados que evidencian la recurrencia del sistema volcánico del Teide.
En 1706 tuvo lugar la erupción que afectó gravemente al municipio de Garachico, alterando su puerto y su configuración urbana. En 1798 se activó el entorno de Pico Viejo, y en 1909 el volcán de Chinyero protagonizó la última erupción histórica de Tenerife, de carácter estromboliano y elevada explosividad.
En aquel entonces, las señales previas fueron detectadas con los medios técnicos disponibles en la época. Más de un siglo después, la capacidad de vigilancia es muy superior. La red instrumental actual permite identificar movimientos mínimos del subsuelo gracias a equipos de alta sensibilidad que registran incluso variaciones imperceptibles para la población.
El análisis histórico se combina con la lectura de los datos recientes. Desde 2016 se vienen registrando señales sísmicas continuas y episodios de lo que los expertos denominan “ruido volcánico” en el Teide. Además, en febrero y en fechas más recientes se han producido enjambres sísmicos que han llamado la atención de los investigadores.
Estos enjambres consisten en numerosos sismos de baja magnitud concentrados en periodos relativamente cortos. Según Martínez Soto, están vinculados principalmente a procesos hidrotermales y no representan un riesgo estructural para edificaciones ni para la población.
Aun así, el especialista reconoce que la repetición de estos eventos a lo largo del tiempo constituye un indicador claro de que existe un proceso sostenido en el subsuelo del Teide. En las últimas semanas se ha observado un aumento progresivo en la frecuencia de microsismos, especialmente desde febrero. No obstante, insiste en que la energía liberada no alcanza niveles que permitan anticipar una erupción a corto plazo.
El experto diferencia entre dos enfoques habituales en vulcanología: el determinista y el probabilista. Un fenómeno determinista es aquel cuya ocurrencia se considera segura en el largo plazo, aunque no pueda precisarse el momento exacto. En cambio, un proceso probabilista se expresa en términos de posibilidades estadísticas, sin garantía de que llegue a suceder.
En el caso del Teide, Martínez Soto sostiene que la futura erupción pertenece al ámbito determinista: se producirá en algún momento. Sin embargo, no puede establecerse una fecha ni una magnitud concreta, ya que actualmente no se detecta la migración del hipocentro, el punto focal del terremoto, desde profundidades de entre ocho y doce kilómetros hacia niveles superiores, como ocurrió en la erupción de La Palma.
¿Dónde podría producirse el próximo episodio?
Respecto a la ubicación de una futura erupción, el especialista descarta que el cráter principal del Teide sea el punto más probable. En sistemas volcánicos complejos, explica, las erupciones no tienen por qué producirse en el conducto central, sino que suelen manifestarse mediante escapes laterales.
Las zonas con mayor probabilidad, según los patrones históricos y los registros actuales de gases y microsismicidad, se sitúan en el entorno de Pico Viejo, la dorsal noreste del macizo y áreas próximas al Parque Nacional de Las Cañadas, además de sectores históricamente activos como Garachico.
En definitiva, la ciencia apunta a que el Teide volverá a activarse en este siglo, pero sin señales de inminencia. La vigilancia permanente y el análisis de los parámetros geofísicos siguen siendo las herramientas clave para anticipar cualquier cambio significativo en el comportamiento del sistema volcánico tinerfeño.
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