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En el imaginario colectivo de varias generaciones de españoles, la figura de Francisco Franco está indisolublemente ligada a la imagen del nodo en blanco y negro: el dictador cortando cintas e inaugurando pantanos. Esta repetición propagandística caló tan hondo que, incluso hoy, persiste la creencia popular de que el sistema de embalses español fue una invención exclusiva del régimen, lo que le valió el apodo popular de "Paco el Rana". Sin embargo, la historia de la ingeniería y la política española cuenta una versión muy distinta. Según un detallado análisis publicado por Newtral, la política de construcción de grandes obras hidráulicas no nació con la dictadura, sino que fue una estrategia de Estado "heredada" que hunde sus raíces en el regeneracionismo y cristalizó técnicamente durante la Segunda República.
El artículo pone de manifiesto que el franquismo, lejos de ser el creador intelectual de la red hidrológica, fue el ejecutor material de unos planes que ya estaban dibujados en los mapas mucho antes del golpe de Estado de 1936. La dictadura se apropió del éxito de unas infraestructuras que eran vitales para el país, borrando de la foto a los verdaderos artífices de la modernización agraria española.
Las raíces: de "escuela y despensa" a las confederaciones
Para entender la obsesión española por el agua hay que remontarse a finales del siglo XIX. Tras el Desastre del 98, el regeneracionismo liderado por Joaquín Costa acuñó el lema de "escuela y despensa", identificando la sequía y el atraso agrario como los males endémicos del país. Costa clamaba por una "política hidráulica" como motor de riqueza.
Esta idea fue recogida por los gobiernos posteriores. Ya en 1902 se aprobó el Plan Gasset, que proponía cientos de obras. Más tarde, durante la dictadura de Primo de Rivera (años 20), se crearon las Confederaciones Hidrográficas, un modelo de gestión por cuencas pionero en el mundo que organizaba los recursos de forma racional. Por tanto, cuando Franco llegó al poder, la estructura administrativa y la conciencia de la necesidad de embalsar agua ya llevaban décadas funcionando en la administración pública española. No hubo una iluminación repentina del Caudillo, sino una inercia administrativa de un país sediento.
El plan de 1933 supone el verdadero mapa del agua
El punto de inflexión técnico llegó con la Segunda República. En 1933, siendo ministro de Obras Públicas Indalecio Prieto, se presentó el Plan Nacional de Obras Hidráulicas, elaborado por el ingeniero Manuel Lorenzo Pardo. Este documento es la verdadera "biblia" de los embalses españoles.
El análisis de Newtral destaca que este plan republicano ya contemplaba la construcción de muchas de las grandes presas que posteriormente se inaugurarían bajo el franquismo, así como los trasvases entre cuencas. El plan diseñaba una transformación integral del regadío para mejorar la economía nacional. Sin embargo, la inestabilidad política de la República y, sobre todo, el estallido de la Guerra Civil en 1936, paralizaron su ejecución. Las máquinas se pararon, pero los planos quedaron en los cajones del ministerio. Al terminar la guerra, el régimen franquista retomó esos mismos estudios técnicos, depuró a los ingenieros leales a la República, y puso en marcha las hormigoneras, vendiendo como una idea propia lo que en realidad era la ejecución de un plan democrático previo.
Franco y la apropiación del mérito
Nadie niega que durante la dictadura se construyeron cientos de presas. La capacidad de embalse de España se multiplicó exponencialmente entre 1940 y 1970. Franco utilizó su capacidad de control total y mano de obra (incluyendo trabajos forzados de presos políticos en algunos casos) para acelerar estas obras.
Lo que cuestionan los historiadores y el artículo de Newtral es la autoría intelectual. Franco utilizó los pantanos como una potente herramienta de propaganda para legitimar su poder, presentando las obras públicas como un logro que solo su régimen podía conseguir. Cada inauguración era un acto de exaltación personal. La realidad es que la política hidráulica fue una de las pocas cuestiones de Estado que tuvo continuidad a través de los diferentes regímenes políticos de la España del siglo XX (monarquía, república y dictadura), dictada más por la geografía y la necesidad económica que por la ideología de un solo hombre.
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