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Es difícil imaginar que una melodía de Julio Iglesias o la banda sonora de una película popular pudieran convertirse en instrumentos de terror. Sin embargo, un nuevo libro basado en las investigaciones de la Dra. Katia Chornik (Universidad de Cambridge y Manchester) revela una realidad escalofriante: en los centros de detención de la dictadura de Augusto Pinochet, la música fue utilizada sistemáticamente como un arma de tormento psicológico, pero paradójicamente, también se convirtió en el último refugio de humanidad para las víctimas.
110 años después del nacimiento de Augusto Pinochet, Chile acaba de elegir a un nuevo presidente de extrema derecha, José Antonio Kast, quien ha elogiado el legado del dictador. Al mismo tiempo, el mencionado libro expone las brutales y sensibles realidades del presidio político durante la dictadura a través del poder de la música.
La "discoteca" del tormento
El informe detalla cómo en centros de detención y tortura como Villa Grimaldi o Venda Sexy, los agentes de la DINA (la policía secreta) operaban lo que cínicamente llamaban "la discoteca". La música se reproducía a volúmenes ensordecedores durante días enteros. El objetivo era doble: por un lado, enmascarar los gritos de los torturados de Pinochet para que no se escucharan desde el exterior o en otras celdas; por otro, provocar un colapso sensorial y psicológico en el prisionero, impidiéndole dormir o pensar con claridad.
El repertorio del horror era ecléctico. Según los testimonios recopilados, se utilizaban canciones como Gigi l'amoroso de Dalida, temas de Julio Iglesias o la banda sonora de la película La Naranja Mecánica. En un giro de crueldad irónica, los torturadores también obligaban a los militantes de izquierda a cantar himnos revolucionarios como Venceremos, burlándose de sus ideales mientras eran agredidos. La música, que solía evocar recuerdos de libertad y alegría, era secuestrada para convertirse en un disparador de traumas.
El canto como escudo invisible
Sin embargo, el estudio destaca un aspecto luminoso en medio de la oscuridad: la capacidad de resistencia humana. A pesar del uso perverso que hacían los guardias de las canciones, los prisioneros lograron recuperar la música para sí mismos. En la soledad de las celdas o en susurros colectivos, cantar se convirtió en un acto de supervivencia contra Pinochet.
El libro documenta cómo los detenidos en campos como Tres Álamos o Chacabuco organizaron coros clandestinos y compusieron obras originales, a veces escribiendo letras en papel de fumar o memorizándolas para no dejar rastro. Estas actividades culturales, realizadas bajo un riesgo extremo, servían para mantener la cohesión del grupo, comunicarse noticias y, sobre todo, recordarles que seguían siendo personas, no solo cuerpos a disposición del régimen de Pinochet.
Un legado de memoria
La investigación de Chornik, plasmada en este nuevo lanzamiento editorial, no solo busca denunciar las atrocidades del pasado, sino también celebrar la resiliencia del espíritu humano.
La música en los centros de Pinochet fue un campo de batalla donde, aunque el volumen lo controlaban los verdugos, la melodía interior nunca pudo ser del todo silenciada por las víctimas.
Este testimonio sonoro nos recuerda que el arte, incluso en las circunstancias más abyectas, sigue siendo una necesidad vital indestructible.
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