Una primavera marcada por el polen y la incertidumbre para los alérgicos

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Los alérgicos van a pasar una primavera cruda

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Cada año, cuando el invierno comienza a retirarse y los días se alargan, millones de personas no solo consultan el parte meteorológico para saber si necesitarán paraguas, sino también para anticipar cómo será su temporada porque son alérgicos. La primavera de 2026 llega precedida por meses de lluvias persistentes y borrascas encadenadas, un escenario que, según los especialistas, no invita precisamente al optimismo entre quienes padecen alergia al polen.

“La previsión inicial no es buena para los alérgicos”, advierte Marcela Santaolaya Montoya, alergóloga del Hospital Universitario HM Sanchinarro. La experta explica que la abundancia y la duración de las precipitaciones han favorecido una vegetación “mucho más exuberante” de lo habitual. Ese crecimiento reforzado tendrá consecuencias directas cuando llegue el momento de la polinización: una mayor masa vegetal implicará una mayor liberación de polen a la atmósfera.

Según Santaolaya, el escenario podría ser muy similar al de la primavera pasada, que ya fue especialmente complicada para los pacientes alérgicos. No obstante, matiza que el comportamiento final dependerá en gran medida de cómo evolucione la climatología en las próximas semanas. Si las lluvias continúan durante la primavera, podrían contribuir a limpiar el aire y a depositar parte del polen en el suelo, lo que amortiguaría en cierta medida la intensidad de los síntomas.

Una polinización más intensa que temprana

Desde el ámbito de la aerobiología, el análisis pone el foco en otro fenómeno. Juan José Zapata, presidente del Comité de Aerobiología, subraya que no se trata tanto de un adelanto del calendario polínico como de una polinización “muy explosiva”. Algunas especies, como el ciprés, muy habitual en setos urbanos, o la ortiga, comienzan a emitir polen ya en enero. Sin embargo, las sucesivas borrascas de este invierno habían reducido los días efectivos de emisión.

Cuando finalmente se han abierto ventanas de estabilidad y ha salido el sol, la respuesta de las plantas ha sido inmediata. “Están polinizando a tope”, explica Zapata. El resultado es una concentración elevada de polen en periodos muy cortos de tiempo, lo que incrementa el impacto en las personas sensibles y puede desencadenar cuadros más intensos.

En el interior peninsular, el calendario suele arrancar con el predominio del polen de ciprés en los primeros meses del año. Más adelante toman protagonismo otras especies como el plátano de sombra, las gramíneas y el olivo, responsables de un alto porcentaje de rinitis, conjuntivitis y exacerbaciones asmáticas.

¿Existen alergias de invierno y de verano?

Una de las dudas más frecuentes entre la población es si hay alergias propias del invierno y otras típicas de la primavera o el verano. Los especialistas aclaran que la diferencia no reside en los síntomas, sino en el momento en que cada planta libera su carga polínica.

“Todos producen los mismos síntomas porque actúan por el mismo mecanismo y en la misma mucosa”, recalca Zapata. Es decir, el picor nasal, los estornudos, el lagrimeo o la dificultad respiratoria no dependen tanto del tipo de polen como de la reacción inmunitaria del paciente frente a ese alérgeno concreto.

La clave, por tanto, está en identificar a qué especie se es sensible y en qué momento del año se produce su máxima concentración en el aire.

Síntomas de los alérgicos que se confunden con el resfriado

En invierno, los alérgicos pueden confundirse fácilmente con que tienen un catarro común. Santaolaya recuerda que el resfriado suele prolongarse entre cinco y siete días y puede ir acompañado de fiebre, dolor de cabeza o malestar general. Además, no mejora con antihistamínicos.

La alergia, en cambio, responde mejor a este tipo de medicación y tiende a mantenerse mientras persista la exposición al polen. Sin embargo, en la práctica clínica los cuadros pueden solaparse, lo que dificulta el diagnóstico sin una valoración especializada.

Entre las manifestaciones más habituales se encuentran la rinitis y la conjuntivitis alérgica. También son frecuentes las crisis asmáticas, cuya intensidad depende tanto de la concentración atmosférica de polen como del estado previo del paciente.

En los niños alérgicos, la respuesta inmunitaria puede ser especialmente intensa. Los especialistas describen reacciones “más explosivas”, con síntomas más llamativos que en adultos. Además, se constata un fenómeno creciente: la aparición de alergias en edades avanzadas, incluso en personas que nunca antes habían presentado síntomas.

Cómo reducir la exposición al polen

Ante una temporada que se prevé complicada, las recomendaciones básicas vuelven a cobrar protagonismo. Los expertos aconsejan a los alérgicos limitar las salidas al exterior en las primeras y últimas horas del día, cuando la concentración de polen suele ser mayor. También recomiendan ventilar la vivienda en las horas centrales y evitar tender la ropa al aire libre en jornadas de alta polinización.

Al regresar a casa, ducharse y cambiarse de ropa ayuda a eliminar restos de polen adheridos al cabello y a los tejidos. En exteriores, las gafas de sol y las mascarillas tipo FFP2 pueden actuar como barrera física adicional.

En cuanto al tratamiento farmacológico, Santaolaya insiste en la importancia de ajustar correctamente las dosis de antihistamínicos y corticoides tópicos según la intensidad de los síntomas, evitando quedarse corto en el control.

La inmunoterapia, más allá del alivio puntual

Más allá del tratamiento sintomático, cada vez más pacientes valoran la inmunoterapia específica, popularmente conocida como “vacuna” de la alergia. Aproximadamente la mitad de quienes tendrían indicación optan por este abordaje, según la experiencia clínica de Santaolaya.

Zapata atribuye parte del desconocimiento a la menor presencia de la alergología dentro de la red sanitaria. Sin embargo, destaca que la inmunoterapia puede llegar a “curar perfectamente” la alergia a determinados pólenes y modificar su evolución a largo plazo, algo que no consigue la medicación sintomática continuada.

El procedimiento consiste en administrar dosis crecientes del alérgeno hasta alcanzar una dosis terapéutica. Posteriormente, se mantienen inyecciones mensuales durante un periodo de entre tres y cinco años. A diferencia de las vacunas convencionales, el objetivo no es estimular defensas frente a un agente infeccioso, sino inducir tolerancia inmunológica.

Indicada a partir de los cinco años y sin límite superior de edad, esta estrategia se perfila como una herramienta clave en un contexto en el que las proyecciones apuntan a un aumento sostenido de las enfermedades alérgicas.

Mientras la primavera avanza y los niveles de polen suben y bajan al ritmo del clima, muchos pacientes alérgicos no solo buscan sobrevivir a la temporada, sino cambiar el curso de su enfermedad. En ese horizonte, la inmunoterapia se consolida como una opción cada vez más considerada para mejorar no solo el presente, sino también el pronóstico futuro.

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