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Quien llegue a Palencia el domingo más cercano al 16 de abril, este año el día 19, hará bien en mirar al cielo y también al cerro. En las alturas, el Cristo del Otero domina el paisaje; a sus pies, está a punto de empezar una de las celebraciones más peculiares de Castilla y León: la Romería de Santo Toribio, conocida popularmente como la pedrea.
Entre plegarias, procesión, misa y una lluvia de pan y queso, la ciudad convierte una tradición religiosa en una experiencia tan solemne como festiva.
Una leyenda que acabó en perdón
La historia que sostiene esta romería se remonta al siglo VI. Según la tradición, Santo Toribio llegó a Palencia para predicar contra la herejía, pero los vecinos no lo recibieron precisamente con los brazos abiertos: lo apedrearon y el santo tuvo que refugiarse en una cueva del cerro.
Poco después, el río Carrión se desbordó e inundó la ciudad, y los palentinos interpretaron la riada como un castigo. Entonces subieron al cerro a pedir perdón, y Santo Toribio los acogió sin rencor. De ese episodio nace el símbolo central de la fiesta: un apedreamiento transformado en reparto de alimentos.
Ese gesto de reconciliación se recrea hoy con miles de bolsas de pan y quesillo, en lugar de piedras. La tradición convierte un episodio conflictivo en una celebración compartida, en la que el recuerdo del pasado se mezcla con una forma muy castiza de convivencia. La idea es simple: donde hubo agravio, ahora hay merienda.
La pedrea de la Romería, al detalle
El momento más esperado es la llamada pedrea del pan y el queso. Autoridades, vecinos y participantes lanzan miles de bolsas desde la zona del cerro, y la gente se prepara con paraguas invertidos, bolsas de tela y mucha paciencia para intentar atrapar una. El resultado es una escena tan caótica como divertida, con saltos, carreras y celebraciones improvisadas por conseguir una bolsa bien caída.

La romería mantiene, sin embargo, una parte estrictamente religiosa. La comitiva parte de la parroquia del Barrio del Cristo, avanza hasta el cerro del Otero y allí se celebra la misa en la ermita del santo. Después llega el reparto de pan y queso, que es lo que ha dado fama a la fiesta y lo que hace que muchos palentinos la nombren directamente como “la pedrea”.
El entorno es una de las claves de su atractivo. La romería se celebra a los pies del Cristo del Otero, una de las imágenes de Jesús más altas del mundo, obra de Victorio Macho, que añade al conjunto un valor artístico y paisajístico muy reconocible. Desde el cerro se abren vistas amplias sobre Palencia y la Tierra de Campos, un marco que convierte la fiesta en un espectáculo visual además de popular.
Ese paisaje explica también por qué la romería no se entiende solo como un acto devocional. La ubicación, la monumentalidad del Cristo y la masa de gente reunida en torno a la ermita hacen que el evento tenga una presencia muy potente, casi escénica. En Palencia, la fiesta no ocurre en un recinto cerrado: se desarrolla en un lugar cargado de memoria y con una panorámica que le da personalidad propia.
La Romería de Santo Toribio está declarada Fiesta de Interés Turístico Regional y aspira a dar el salto a la categoría nacional. Esa aspiración se apoya en varios factores: su singularidad, su arraigo popular, la continuidad histórica y su capacidad para atraer a miles de personas cada año. La clave, más allá de cifras o títulos, está en que la fiesta sigue siendo sentida por la ciudad como algo propio, no como un mero reclamo turístico.
La organización recae en el Ayuntamiento y en la Peña de Santo Toribio, que sostienen una celebración donde el sentido comunitario es tan importante como el religioso. La pedrea también ha conservado una lectura simbólica de ayuda y reparto, ya que el alimento lanzado no se concibe como un desperdicio, sino como una manera de compartir y celebrar juntos.
Palencia más allá de la fiesta

La visita a Palencia no debería quedarse solo en la celebración. La Catedral de San Antolín, conocida como la Bella Desconocida, la torre de la iglesia de San Miguel, la Calle Mayor, el Canal de Castilla o la Huerta de Guadián forman parte de un itinerario muy completo para quien quiera conocer la ciudad con calma. También el Cristo del Otero merece una visita aparte, tanto por el monumento como por el pequeño museo vinculado a Victorio Macho.
La ciudad, además, tiene una identidad urbana muy reconocible gracias a sus esculturas y rincones singulares, que aportan carácter a un paseo tranquilo por el centro. Esa mezcla de patrimonio, paisaje y vida cotidiana convierte a Palencia en un destino cómodo para recorrer a pie y con sorpresas a cada paso.
Comer en tierra castellana

Si la fiesta despierta el apetito, la cocina palentina completa la experiencia. Entre sus platos más conocidos aparecen el lechazo churro, asado en horno de leña; la menestra palentina; las patatas a la importancia; y la morcilla de Villada, uno de los embutidos más reconocidos de la provincia. Son recetas que refuerzan la imagen de una tierra donde la tradición gastronómica sigue muy presente.
En conjunto, la Romería de Santo Toribio resume muy bien el carácter palentino: devoción, historia, paisaje y humor popular mezclados en una misma jornada. No es solo una fiesta para ver, sino una celebración para participar, recordar y compartir. Y eso, en una ciudad que tira pan y queso al aire para celebrar un perdón antiguo, tiene una fuerza especial
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