¿Pueden nuestros bosques absorber el agua de la lluvia?

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Imagen del pantano de Bornos, que superó su capacidad de embalsamiento la semana del 6 de febrero.

Lectura fácil

El inicio de 2026 ha traído consigo un alivio visual y estadístico para la península ibérica: la lluvia persistente ha logrado elevar los niveles de los embalses a cotas que no se veían en años. Sin embargo, tras la euforia de ver las presas aliviando agua, surge una pregunta técnica y ecológica fundamental: ¿están nuestros suelos y bosques realmente preparados para absorber y gestionar este volumen de agua? La respuesta es compleja y pone de manifiesto la fragilidad de nuestro territorio tras décadas de incendios forestales, deforestación y una gestión del suelo centrada exclusivamente en el almacenamiento artificial.

El suelo como "esponja" y la importancia de la materia orgánica

La capacidad de un terreno para absorber agua no depende solo de la cantidad que caiga en la lluvia, sino de la salud de su estructura. Un suelo sano funciona como una esponja gracias a la presencia de materia orgánica, raíces y microorganismos que crean porosidad. No obstante, gran parte del territorio español sufre procesos de desertificación y compactación. Cuando las lluvias son torrenciales y caen sobre suelos degradados o excesivamente secos, se produce un fenómeno de escorrentía superficial: el agua resbala sobre la tierra en lugar de infiltrarse hacia los acuíferos.

Este agua que no se filtra es la que termina llenando rápidamente los embalses, pero lo hace arrastrando consigo toneladas de sedimentos y suelo fértil. Es lo que los expertos denominan "pérdida de suelo". Un embalse lleno de agua turbia es, en realidad, un síntoma de un monte que no ha podido retener su propia tierra. En 2026, con el cambio climático intensificando los episodios de lluvia extrema, la prioridad debería pasar de "almacenar agua" a "fabricar suelo", aumentando la cobertura vegetal que frene el impacto de la gota y permita la recarga de las aguas subterráneas.

El bosque resiliente: más que un conjunto de árboles

Los bosques juegan un papel crucial en el ciclo del agua, pero no todos los bosques son iguales. Las plantaciones monoespecíficas o los bosques jóvenes tras un incendio tienen una capacidad de infiltración mucho menor que un bosque primario o bien gestionado. El dosel forestal actúa como un paraguas natural que fragmenta la energía de la lluvia, permitiendo que el agua llegue al suelo de forma suave. Una vez allí, la hojarasca y el mantillo actúan como un filtro que purifica el agua y la conduce lentamente hacia el subsuelo.

Sin embargo, España enfrenta un problema de abandono rural y falta de gestión forestal. Bosques excesivamente densos y sin limpieza pueden consumir gran parte del agua de lluvia antes de que llegue a los ríos, mientras que zonas deforestadas facilitan riadas destructivas. La clave reside en la resiliencia forestal: bosques diversos que combinen especies de raíces profundas y superficiales para asegurar que el agua sea retenida en diferentes estratos del suelo. En este sentido, la infraestructura verde —como los humedales y los bosques de ribera— es tanto o más importante que la infraestructura gris (las presas) para mitigar el impacto de las inundaciones.

Del hormigón a la naturaleza, una nueva gestión del agua

Hoy en día, cuando el 35 % de los trabajadores busca propósito en sus entornos y la sostenibilidad es una prioridad ciudadana, la política hidráulica debe evolucionar. No basta con celebrar que los embalses estén al 80 % si nuestros acuíferos siguen bajo mínimos y nuestros ríos han perdido su capacidad de autodepuración. El Manifiesto para las ciudades del futuro y los planes de bioconstrucción ya señalan el camino: debemos deshormigonar nuestras cuencas y permitir que la naturaleza recupere su espacio.

La inversión en restauración hidrológico-forestal es urgente. Esto implica reforestar cabeceras de ríos, restaurar llanuras de inundación y, sobre todo, proteger el suelo fértil. Un país con los embalses llenos pero con los suelos muertos es un país que vivirá una sequía extrema en cuanto deje de llover durante unos meses, porque ha perdido su capacidad de almacenamiento natural. La verdadera reserva de agua de España no debería estar solo en las presas, sino bajo la sombra de nuestros bosques y en la profundidad de nuestras tierras. Solo recuperando el equilibrio entre el cielo y el suelo podremos garantizar un futuro hídrico seguro.

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