La Rusia de Putin pierde aliados mientras mantiene el pulso en Ucrania

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Putin y Jamenei

Lectura fácil

“Al Asad, Maduro y ahora Jamenei. Putin ha perdido a tres de sus mejores amigos en poco más de un año. Tampoco ha ayudado a ninguno de ellos”. Con esa frase, el ministro de Exteriores ucraniano, Andrii Sybiha, resumió este domingo lo que considera una evidencia: el progresivo debilitamiento internacional de Vladimir Putin en paralelo a la continuidad de la ofensiva rusa sobre Kiev.

La lectura que se hace desde Ucrania es clara. Mientras el Kremlin concentra sus esfuerzos en la guerra, varios de sus socios estratégicos han caído o han quedado fuera del tablero sin que Moscú haya reaccionado con contundencia. La pérdida de apoyos en regiones clave refuerza la percepción de que Rusia tiene cada vez menos margen de maniobra fuera del frente ucraniano.

Irán: condena firme, pero sin pasos adicionales

En el caso más reciente, el asesinato del líder supremo iraní, Ali Jamenei, generó una reacción inmediata desde Moscú, aunque limitada en alcance. En un comunicado difundido por el Kremlin, Putin calificó el ataque como una “cínica violación de todas las normas de la moral humana y el derecho internacional”.

Sin embargo, más allá de la condena formal, no hubo medidas concretas de respaldo al régimen iraní. La relación entre potencias marcó los límites de la respuesta: Putin evitó una confrontación directa con Estados Unidos por este episodio. El gesto fue interpretado por analistas como una señal de prudencia estratégica o, según sus críticos, de incapacidad para sostener a uno de sus principales socios.

Venezuela: apoyo retórico a Rusia tras la caída de Maduro

Antes de Irán, el golpe más simbólico se produjo en América Latina. En enero, la Administración de Donald Trump derrocó y detuvo a Nicolás Maduro. La reacción rusa volvió a ser contenida. Putin pidió la liberación del expresidente venezolano y de su esposa, y reiteró el respaldo a “las autoridades constitucionales de Venezuela en la protección de la soberanía estatal y los intereses nacionales”.

El comunicado oficial defendía la determinación del gobierno bolivariano de preservar la unidad interna y evitar una crisis constitucional, pero no fue acompañado de acciones concretas. Desde entonces, el silencio ha marcado la posición pública del Kremlin. Para muchos observadores, el contraste entre el discurso de apoyo incondicional y la ausencia de medidas prácticas evidenció los límites reales del compromiso ruso.

Siria: de sostén militar decisivo a asilo político

El precedente más ilustrativo es Siria. En 2015, Rusia intervino de forma decisiva para sostener al régimen de Bashar al-Asad. La campaña incluyó bombardeos aéreos, asesoramiento estratégico y despliegue de fuerzas especiales. Moscú no solo frenó el avance de rebeldes y grupos yihadistas, sino que consolidó su presencia en el Mediterráneo oriental con bases como Tartús y Hmeymim.

Además, el Kremlin utilizó su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para bloquear resoluciones contrarias a Damasco, blindando diplomáticamente al régimen sirio frente a sanciones internacionales.

Pero el escenario cambió con el tiempo. La presión interna y la movilización de distintos grupos terminaron por alterar el equilibrio. Finalmente, Asad acabó refugiándose en Rusia. En ese momento crítico, el respaldo militar directo no se materializó; el apoyo se tradujo en asilo político para el antiguo aliado. De haber sido el actor que cambió el rumbo de la guerra civil, Moscú pasó a un papel mucho más discreto.

¿Cuba, próximo capítulo?

La atención podría desplazarse ahora hacia el Caribe. Cuba aparece como un posible siguiente foco de tensión. El principal sostén internacional de La Habana sigue siendo Moscú, especialmente en el contexto del bloqueo estadounidense y europeo.

El Ejecutivo de Miguel Díaz-Canel ha reforzado sus lazos con Rusia en los últimos años. Sin embargo, el eventual objetivo de la Administración Trump de impulsar un cambio en la isla abre interrogantes. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha mostrado un interés particular en la cuestión cubana y ganó protagonismo tras la operación que terminó con la caída de Maduro.

La incógnita es qué haría Moscú ante una ofensiva total de Washington contra el régimen cubano. Hasta ahora, la experiencia reciente apunta a una combinación de respaldo diplomático y cautela operativa.

El factor Trump y la guerra en Ucrania

En paralelo, Rusia encuentra cierto alivio en la posición estadounidense respecto a Ucrania. Trump ha evitado señalar exclusivamente a Moscú como responsable del conflicto, ha suspendido la ayuda a Kiev y ha cuestionado abiertamente la estrategia de la OTAN.

También ha instado al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a sentarse “lo antes posible” a negociar, trasladando la presión hacia Kiev. Además, la reunión celebrada el pasado verano en Alaska sirvió para rehabilitar diplomáticamente a Putin en la escena internacional.

Para algunos expertos, estos movimientos conceden tiempo al Kremlin en un momento en que las negociaciones podrían servir más para ganar margen que para cerrar un acuerdo definitivo.

China, el sostén decisivo

El respaldo más sólido para Moscú llega desde Asia. Pekín condenó el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán y defendió la necesidad de un frente común contra acciones unilaterales. La postura recuerda a la que mantiene respecto a Ucrania: prudencia en el discurso, pero apoyo constante en la práctica.

En 2023, el comercio bilateral entre China y Rusia superó los 240.000 millones de euros, más del doble que en 2019. Rusia se convirtió además en el principal proveedor de petróleo de China, por delante de Arabia Saudí.

El paraguas chino es, por ahora, el apoyo más firme del que dispone Putin en el exterior. Pero incluso con ese respaldo, el presidente ruso enfrenta desafíos internos y externos que limitan su capacidad de actuar en defensa de aliados lejanos. Mientras la guerra en Ucrania absorbe recursos y atención, el mapa global se mueve… y no siempre en favor del Kremlin.

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