Sudán, epicentro del hambre: el país concentra cuatro de las cinco hambrunas activas en el mundo

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Mujer con un bebé

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La geografía del hambre ha trazado un nuevo y doloroso mapa en el noreste de África. La organización Acción contra el Hambre lanzó el pasado jueves una alerta roja que debería sacudir la conciencia internacional: la situación de extrema carestía en Sudán se ha extendido a dos nuevas localidades del norte de Darfur. Según los últimos datos de la Clasificación Integrada por Fases de la Seguridad Alimentaria (IPC), el país se ha convertido en el epicentro de una tragedia sin precedentes, siendo el único territorio que concentra cuatro de las cinco hambrunas oficialmente reconocidas hoy en el planeta, con la franja de Gaza completando este sombrío listado.

El avance implacable de las hambrunas en el norte de Darfur

El informe detalla que la catástrofe ha echado raíces en Um Baru y Kernoi, zonas que se suman a las ya declaradas en emergencia durante 2025, como El Fasher y Kadugli. En Um Baru, la estadística es aterradora: más de la mitad de los niños sufren desnutrición aguda. En Kernoi, la cifra alcanza el 34%. Estas no son solo métricas; son el preludio de una mortandad masiva si no se interviene de inmediato. Los expertos temen que estas hambrunas sean solo la punta del iceberg, ya que existen indicios de que otras 20 zonas del país podrían estar atravesando una situación de precariedad idéntica, aún no documentada oficialmente por la falta de acceso.

La celeridad con la que se expanden estas crisis responde a una lógica perversa. Como explica Samy Guessabi, director de Acción contra el Hambre en Sudán, "la hambruna no aparece de un día para otro". Es el resultado acumulado de meses de asedio constante, violencia sistémica y un abandono internacional que ha permitido que las hambrunas pasen de ser un riesgo teórico a una realidad cotidiana para millones de personas.

Un país en movimiento y un sistema sanitario en ruinas

Sudán ostenta hoy el triste récord de la mayor crisis de desplazamiento del mundo. Cerca de 9,6 millones de personas han huido de sus hogares buscando seguridad, pero lo que han encontrado es el vacío. Solo desde finales de 2025, más de 1,2 millones de personas abandonaron El Fasher, mientras que otros cuatro millones han cruzado las fronteras hacia Chad o Sudán del Sur, países que ya lidian con sus propias limitaciones y donde el espectro de las hambrunas también acecha en los campos de refugiados.

A este desplazamiento masivo se suma el colapso total de la infraestructura básica. El 80 % de las instalaciones sanitarias están dañadas o inoperativas. Sin hospitales, sin agua segura y con familias sobreviviendo a base de hojas hervidas o alimento para animales, los brotes de cólera y sarampión se propagan sin control. En este contexto, la lucha contra las hambrunas se vuelve una misión casi imposible para los equipos humanitarios que intentan operar entre los escombros de un sistema de salud que ya no existe.

Bloqueos burocráticos y el silencio de los donantes

El acceso a las zonas más críticas, especialmente en Darfur y Kordofán, sigue siendo el principal obstáculo. El conflicto armado, los bloqueos deliberados y las trabas administrativas impiden que la ayuda llegue a quienes más la necesitan. Pero incluso si el acceso fuera total, el problema financiero es asfixiante. El plan de respuesta humanitaria para 2026 requiere 2.900 millones de dólares, de los cuales solo se ha recibido un paupérrimo 5,5 %.

Esta falta de fondos es, en última instancia, una sentencia de muerte. Sin una movilización urgente, la próxima temporada de lluvias y escasez convertirá las actuales crisis del hambre generalizadas que podrían borrar del mapa a comunidades enteras. La organización insiste en que la mortalidad aumentará drásticamente en los próximos meses si el mundo sigue mirando hacia otro lado.

La conclusión de los trabajadores sobre el terreno es clara y directa: las hambrunas no son un fenómeno natural inevitable, sino una consecuencia de decisiones políticas y la inacción colectiva. Mientras los equipos de Acción contra el Hambre siguen prestando asistencia vital en regiones como el Nilo Azul y el Mar Rojo, el mensaje final de Guessabi resuena con fuerza: "O actuamos ahora, o asumimos que miles de personas morirán de algo tan básico como no tener qué comer".

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