La desigualdad social también enferma y agrava el tabaquismo, la obesidad y el sedentarismo

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Desigualdad social y salud

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El nivel económico y educativo influye mucho más de lo que parece en la salud. Las personas con menos recursos presentan mayores tasas de tabaquismo, obesidad y sedentarismo, tienen más dificultades para acceder al dentista y sufren con mayor frecuencia problemas de salud mental. Los últimos datos del INE muestran cómo la desigualdad social condiciona el bienestar y la calidad de vida desde la infancia hasta la edad adulta.

La clase social marca las diferencias en salud

La salud no depende únicamente de la edad o de la genética. También está relacionada con las condiciones económicas, el nivel educativo y las oportunidades de cada persona.

Los últimos datos de la encuesta del Instituto Nacional de Estadística (INE) reflejan que las personas con menor nivel socioeconómico presentan peores resultados en numerosos indicadores, desde la percepción de su estado físico hasta el acceso a tratamientos dentales o el bienestar emocional. En general, la desigualdad social se hace visible en aspectos cotidianos que influyen directamente en la calidad de vida.

La desigualdad social también se refleja en los hábitos

La valoración que cada persona hace de su propia salud muestra una distancia importante entre los distintos grupos sociales. Mientras que cerca del 79 % de las personas con mayor nivel educativo considera que tiene buena salud, esta proporción baja al 62 % entre quienes se encuentran en los estratos menos favorecidos.

Estos resultados muestran que las condiciones de vida pueden influir tanto en el bienestar físico como en la percepción del propio estado de salud.

El tabaco y la obesidad también presentan diferencias significativas. Entre las mujeres, la obesidad pasa del 8,8 % en las clases más favorecidas al 23,4 % en las menos favorecidas. En el caso del tabaquismo diario masculino, el porcentaje aumenta del 8,8 % al 26,6 % entre ambos extremos sociales.

Por otro lado, la desigualdad social también se manifiesta en la posibilidad de mantener hábitos saludables, ya que los recursos económicos, los horarios laborales y el entorno pueden condicionar las decisiones personales.

El ejercicio físico es otro ejemplo de esta desigualdad social en la población. El sedentarismo durante el tiempo libre afecta al 12,2 % de las personas de las clases más acomodadas, frente al 36,5 % de las menos favorecidas.

Además, el 70 % de estas últimas no realiza ejercicios de fuerza, frente al 37 % de las primeras. La falta de tiempo, las jornadas laborales exigentes y las dificultades para acceder a instalaciones deportivas pueden contribuir a esta distancia.

El acceso a los cuidados no es igual para todos

Las diferencias también aparecen cuando se necesita atención sanitaria. La salud bucodental es uno de los ámbitos donde la situación económica tiene un peso evidente. Entre las personas que necesitaban acudir al dentista, el 18 % de las menos favorecidas no lo hizo por motivos económicos, frente al 5,9 % de las más acomodadas.

Asimismo, las caries afectan al 26 % de las personas de las clases más bajas, el doble que en las más altas.

La desigualdad social también repercute en la salud mental. Los problemas depresivos afectan al 19,1 % de las personas de las clases menos favorecidas, frente al 10,6 % de las más acomodadas. La diferencia es especialmente marcada entre las mujeres, cuya prevalencia pasa del 12,2 % al 23,3 %.

Una brecha que comienza desde la infancia

Las responsabilidades familiares tampoco se distribuyen de la misma manera. Entre quienes cuidan de personas mayores o enfermos crónicos, el 34 % de las personas de los grupos menos favorecidos dedica al menos 20 horas semanales a estas tareas, frente al 13 % de las más acomodadas. A esto se suma una menor disponibilidad de redes de apoyo.

En la infancia también se observan diferencias. El 67,2 % de los niños de hogares menos favorecidos pasa al menos una hora diaria frente a una pantalla entre semana, frente al 53,7 % de los hogares más acomodados.

En conjunto, estos datos muestran que la desigualdad social atraviesa todas las etapas de la vida. Por eso, mejorar la prevención, facilitar el acceso a los tratamientos y ampliar las oportunidades para mantener hábitos saludables son medidas importantes para reducir estas diferencias y favorecer una mejor calidad de vida.

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