26 años de impunidad: el sistema que sostiene la fresa a costa de los derechos humanos

EmailFacebookTwitterLinkedinPinterest
Invernaderos de fresas

Lectura fácil

Entre el barro, las astillas y los plásticos, cientos de casas se levantan desafiando al barranco en la provincia de Huelva. Lo hacen a la sombra de los imponentes almacenes donde decenas de operarias, con redes en el pelo, apuran su escaso rato de descanso mientras los camiones de carga generan un estruendo metálico al transportar cajas hacia Europa. Quienes malviven aquí carecen de acceso a luz eléctrica, agua corriente o recogida de basuras; habitan un suelo que se hunde y se convierte en fango con cada temporal.

En estos asentamientos, que persisten desde hace más de dos décadas, vive el escalafón más vulnerable de la industria de la fresa y los frutos rojos. Es una paradoja sangrante: mientras el sector facturó 699 millones de euros en exportaciones durante la campaña 2024/2025, según datos de Freshuelva, los trabajadores que sostienen ese crecimiento viven en la indigencia. Esta industria supone ya el 11 % del PIB de la provincia, lo que significa que uno de cada nueve euros generados en Huelva procede de la explotación de más de 12.000 hectáreas de tierra.

La trampa de la irregularidad y el "trabajo gratis"

La mayoría de los residentes de estos núcleos de chabolas son personas migrantes en situación irregular. Su desesperación es el combustible de un sistema de abusos donde, en ocasiones, deben pagar para trabajar. Ana Pinto, de Jornaleras de Huelva en Lucha (JHL), denuncia que algunos empresarios venden contratos o empadronamientos falsos: "Les dicen que trabajen tres años gratis para ayudarles a regularizarse y luego no lo hacen".

Es un mercado negro de derechos donde se pagan miles de euros por una oportunidad laboral que nunca llega a los papeles. Un joven recién llegado de Almería espera que cese la tormenta para empezar a construir su propia chabola con pallets y cartón, materiales que a veces son vendidos por los mismos empresarios. Mientras tanto, la recolección de la fresa continúa bajo los plásticos de los invernaderos, ajena al frío que cala en las infraviviendas.

Inacción institucional y toques de atención internacionales

A pesar de que organizaciones como el Grupo de Expertos contra la Trata (Greta) del Consejo de Europa o el relator de la ONU, Philip Alston, han denunciado que las administraciones "hacen la vista gorda", la realidad apenas ha mutado. Aunque la Junta de Andalucía lanzó en 2024 un plan para erradicar el chabolismo en 2030, colectivos como la Apdha consideran que estas promesas son "papel mojado" mientras no se garantice una alternativa habitacional digna para quienes recogen cada fresa que llega a las mesas europeas.

La vulnerabilidad no solo es física, sino jurídica. Cada episodio de lluvia convierte una situación de precariedad estructural en una emergencia humanitaria evitable. Para las asociaciones locales, no se trata de una falta de recursos en la provincia, sino de una falta de voluntad política para integrar a quienes sostienen el motor económico onubense.

Contratación en origen: ¿solución o nuevas formas de control?

Para la campaña de 2026, se estima la llegada de 21.500 personas contratadas en origen, principalmente mujeres de Marruecos, Guatemala y Honduras. Estas trabajadoras llegan bajo la Orden Gecco, que incluye un "compromiso de retorno". Aunque la normativa obliga a los empresarios a ofrecer alojamiento adecuado, las denuncias por barracones sin ventanas o mujeres durmiendo en el suelo son constantes.

El sector intentó lavar su imagen con el Plan de Responsabilidad Ético (Prelsi) tras las denuncias de agresiones sexuales en 2018. Sin embargo, desde JHL señalan que este organismo, perteneciente a la patronal, es utilizado en ocasiones para amedrentar a las trabajadoras y evitar que denuncien irregularidades. La industria de la fresa se ve así salpicada por sombras que el marketing agrícola no logra ocultar.

El coste real del agronegocio: beneficios vs. derechos

El día a día bajo los plásticos es una carrera por la productividad. En 2024, la Inspección de Trabajo registró mil infracciones y sanciones por valor de seis millones de euros. Los sueldos que no alcanzan el Salario Mínimo Interprofesional y el impago de horas extras son prácticas habituales en los tajos donde la fresa es reina.

"El agronegocio se basa en la máxima productividad para aumentar las ganancias", sostiene Ana Pinto. Este sistema de explotación no solo beneficia a las grandes comercializadoras, sino que, según las organizaciones sindicales alternativas, cuenta con la connivencia de gobiernos y sindicatos mayoritarios. Mientras la exportación de la fresa bate récords, el rastro de plástico y exclusión social sigue creciendo en los márgenes de las carreteras de Huelva, recordando que el dulce fruto rojo tiene, para muchos, un trasfondo muy amargo.

A medida que avanza 2026, el reto sigue siendo el mismo: ¿cómo puede una industria de 700 millones de euros permitir que sus trabajadores vivan entre el barro? La fresa onubense sigue siendo un éxito comercial, pero un fracaso rotundo en materia de Derechos Humanos.

Añadir nuevo comentario