Negarse a quitarse el sombrero, un gesto de desafío político en la Inglaterra moderna

EmailFacebookTwitterLinkedinPinterest
Niveladores con sus sombreros, grabado en madera de ‘La Declaración y Estandarte de los Niveladores de Inglaterra’ (1649)

Lectura fácil

Negarse a quitarse el sombrero fue, hace cuatro siglos, una forma muy visible de rebeldía política en Inglaterra, tanto en los tribunales como frente a agresores en los caminos. Un estudio publicado en The Historical Journal muestra que este gesto iba mucho más allá de la moda y funcionaba como una señal de desafío en una sociedad donde descubrirse la cabeza equivalía a reconocer jerarquías.

Bernard Capp, profesor emérito de Historia en la Universidad de Warwick, explica que mucho antes de las guerras civiles se esperaba que hombres y niños se quitaran el sombrero al encontrarse con un superior, dentro o fuera de casa. En las décadas revolucionarias de 1640 y 1650, sin embargo, ese mismo gesto pasó a leerse como un acto de resistencia política. La transformación ayuda a entender por qué un objeto tan cotidiano pudo adquirir un significado tan cargado en la Inglaterra de la Edad Moderna.

Rebeldes con sombrero

Uno de los episodios más llamativos ocurrió en 1630, cuando un fabricante de avena compareció ante el tribunal supremo de la Iglesia de Inglaterra y, al saber que algunos jueces eran a la vez consejeros privados y obispos, se quitó el sombrero para unos y se lo volvió a poner para otros, a quienes insultó abiertamente. Durante el reinado de Carlos I y después, varios radicales siguieron esa línea de conducta, entre ellos John Lilburne, que entró ante la Cámara de los Lores con este accesorio puesto y se tapó los oídos mientras leían su acusación. También los Diggers William Everard y Gerrard Winstanley se negaron a descubrirse ante Fairfax en 1649, y miembros de la Quinta Monarquía repitieron la misma negativa en causas por sedición.

La resistencia no fue solo cosa de disidentes radicales. Carlos I mantuvo el sombrero puesto ante el Tribunal Superior de Justicia en enero de 1649, como una manera de negar la legitimidad de aquel juicio. Más tarde, el hijo del conde de Peterborough hizo lo mismo cuando fue juzgado por traición en 1658. Capp señala además que algunos realistas invirtieron el código habitual y se lo quitaban ante personas de rango inferior, incluso en el cadalso, buscando apoyo moral entre la multitud. En ese contexto funcionaba como un instrumento de propaganda social, no como un simple accesorio.

El estudio también recoge una escena doméstica muy distinta: en 1659, el padre de Thomas Ellwood le confiscó todos los sombreros como castigo por desobedecerle y relacionarse con cuáqueros, conocidos precisamente por negarse a quitarselo por principio. Ellwood recordaría después que no podía salir de casa sin cabeza cubierta porque ello habría supuesto una vergüenza para él y para su familia. Para Capp, ese episodio demuestra hasta qué punto las normas sobre dicho accesorio estaban interiorizadas y podían condicionar la vida cotidiana de una familia entera.

Capp pone en duda que el apretón de manos explicara por sí solo el declive del gesto de descubrirse, ya que su evolución fue lenta y no sustituyó directamente al sombrero como muestra de respeto. En su opinión, el cambio se debió a una combinación de factores, entre ellos el aumento de las pelucas, que hizo menos frecuente el uso del accesorio, y la incomodidad de repetir ese gesto en calles cada vez más concurridas. También influyó, dice, la progresiva relajación de las normas de cortesía en la vida social inglesa.

Robos y protección

En el siglo XVIII, este accesorio seguía teniendo un valor simbólico y práctico muy alto, hasta el punto de que algunas víctimas de asaltos daban más importancia a recuperarlo que al dinero robado. William Seabrook, atacado en Finchley Common en 1718, suplicó a unos ladrones que no se lo quitaran para no volver a casa con la cabeza descubierta, y ellos acabaron dejándolo tirado en el camino. En 1733, Francis Peters protestó cuando un salteador se lo arrebató y la peluca también porque, según dijo, era algo inusual y el frío podía perjudicar su salud.

Vergüenza y pobreza

El estudio describe además que ir sin sombrero se asociaba con pobreza extrema o locura en el siglo XVIII, lo que explica la ansiedad de muchos acusados por no comparecer descubiertos ante jueces o jurados. Incluso en los ambientes más bajos de Londres, presentarse sin el accesorio seguía considerándose inaceptable. Cuando Thomas Ruby fue juzgado por robo en 1741, rogó que le devolvieran el suyo porque no tenía otro que ponerse. Ese detalle final resume bien la tesis de Capp: en la Inglaterra moderna, el sombrero era una prenda de estatus, de salud, de respeto y, en ocasiones, de abierta insumisión.

Añadir nuevo comentario