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Durante años, las apps menstruales y las redes sociales se vendieron como herramientas de empoderamiento y comunidad para las mujeres. Permitían conocer mejor el propio cuerpo, predecir la fertilidad y compartir experiencias. Sin embargo, tras la revocación de la sentencia Roe v. Wade en Estados Unidos en 2022, el escenario ha dado un vuelco distópico. Lo que antes era una ayuda digital, hoy es una potencial prueba incriminatoria. Según un análisis publicado por Efeminista, la frontera del control sobre el cuerpo de las mujeres se ha desplazado de las clínicas a los servidores de datos: apps menstruales y redes sociales son ahora el nuevo campo de batalla en la persecución del aborto.
La premisa es aterradora pero real. En los estados donde la interrupción del embarazo ha sido prohibida o severamente restringida, las autoridades están recurriendo a la huella digital para construir casos penales. El teléfono móvil, ese dispositivo inseparable, se ha convertido en el principal delator de las mujeres que buscan ejercer su derecho a decidir.
Tus datos biológicos como evidencia judicial
El funcionamiento es sencillo y perverso. Millones de mujeres vuelcan datos íntimos en aplicaciones de "femtech" o apps menstruales: cuándo tuvieron su última regla, si mantuvieron relaciones sexuales, síntomas físicos o si el periodo se ha retrasado. Antes, esta información servía para calcular la ovulación; ahora, para un fiscal, un retraso menstrual registrado en la app seguido de una "recuperación" del ciclo sin un nacimiento puede ser indicio de un aborto clandestino o autogestionado.
La privacidad de estas apps menstruales es, en muchos casos, papel mojado. Muchas de estas plataformas, gratuitas para el usuario, monetizan sus servicios vendiendo datos agregados a terceros (data brokers). Aunque prometen anonimato, la realidad técnica demuestra que reidentificar a la usuaria es relativamente fácil. Si hay una orden judicial de por medio, la mayoría de las empresas tecnológicas no tienen la infraestructura —o la voluntad política— para resistirse a entregar el historial de la usuaria, convirtiendo un registro de salud privado en una confesión firmada.
El precedente de Nebraska y la colaboración de las redes
No es una teoría conspirativa; ya hay jurisprudencia. El caso más sonado, citado a menudo para ilustrar este peligro, ocurrió en Nebraska. Una madre y su hija fueron imputadas por un aborto autogestionado después de que Meta (la empresa matriz de Facebook) entregara a la policía sus mensajes privados de Messenger. En esos chats, discutían sobre la compra de píldoras abortivas y cómo deshacerse del feto.
Este caso encendió todas las alarmas. Demostró que no hacen falta apps menstruales para ser vigilada. El historial de búsquedas en Google ("comprar misoprostol online", "clínicas aborto estado vecino"), la geolocalización del teléfono (que sitúa a la usuaria cerca de un centro de planificación familiar) y las conversaciones privadas en redes no cifradas son vulnerables. La "nueva frontera" del control del aborto se basa en la vigilancia masiva comercial que, hasta ahora, usábamos para recibir publicidad personalizada, pero que ahora se usa para rastrear delitos contra la legislación antiaborto.
La defensa digital, volver al papel o cifrarlo todo
Ante este panorama de vigilancia digital, organizaciones de derechos digitales y activistas feministas han empezado a difundir manuales de autodefensa cibernética. La recomendación más drástica, pero quizás la más segura, es analógica: volver al calendario de papel y lápiz para llevar el control del ciclo menstrual. Lo que no está digitalizado no puede ser hackeado ni entregado a un juez mediante una orden electrónica.
Para quienes no quieren renunciar a la tecnología, la clave está en la encriptación. Se recomienda el uso de aplicaciones de mensajería con cifrado de extremo a extremo real (como Signal) y configurarlas para que los mensajes se autodestruyan. En cuanto a las apps de salud, se aconseja utilizar aquellas con sede en Europa (donde el RGPD ofrece mayor protección que las leyes estadounidenses) o aquellas diseñadas específicamente bajo principios de "privacidad por diseño", donde los datos se almacenan solo en el dispositivo del usuario y no en la nube de la empresa.
La situación en EE.UU. sirve de advertencia global. Revela la fragilidad de nuestra intimidad en la era del Big Data y cómo, cuando las leyes cambian, la información que cedimos inocentemente puede volverse nuestra mayor amenaza. La lucha por el aborto libre ya no se libra solo en las calles, sino también en el código binario de nuestros teléfonos y las apps menstruales.
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