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La transformación de los espacios urbanos mediante soluciones basadas en la naturaleza se está consolidando como una herramienta clave para hacer frente al cambio climático. Entre estos entornos, las áreas y patios escolares emergen como espacios estratégicos donde la adaptación climática puede generar beneficios que van mucho más allá de la infancia y repercuten en toda la ciudadanía. Así lo concluye un reciente estudio europeo liderado por investigadores de la Universidad Abierta de Cataluña (UOC) y la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC).
La investigación pone el foco en cómo la renaturalización de los entornos escolares no solo mitiga los efectos del calentamiento global, sino que también mejora la salud, el bienestar y la conciencia ambiental de los niños y niñas, al tiempo que contribuye a ciudades más resilientes.
El estudio, denominado Coolschools, ha sido desarrollado a lo largo de los últimos tres años y ha sido publicado en la prestigiosa revista científica Nature Climate Change. Se trata de un proyecto de investigación aplicada con un marcado carácter transdisciplinar, que combina conocimientos de las ciencias naturales, biomédicas, sociales y de la educación para analizar los efectos de las soluciones basadas en la naturaleza en contextos urbanos.
El trabajo ha contado con la participación de 16 socios procedentes de distintos ámbitos: ayuntamientos europeos, universidades, centros de investigación, asociaciones, cooperativas sociales y organizaciones internacionales. Esta diversidad de actores en el estudio del papel de los patios escolares ha permitido abordar el fenómeno desde múltiples perspectivas y con una fuerte conexión entre la investigación académica y la acción local.
Patios escolares como laboratorios de adaptación climática
Los investigadores han analizado intervenciones de renaturalización en patios escolares de varias ciudades europeas: Barcelona, Bruselas, París y Róterdam. Estos espacios, tradicionalmente dominados por superficies duras como el cemento, han sido objeto de actuaciones que incorporan vegetación, sombra, suelos permeables y elementos naturales.
Según los expertos, estos cambios convierten los patios escolares en auténticos laboratorios urbanos para la adaptación climática, donde se experimentan soluciones que pueden replicarse en otros espacios públicos. Además, los beneficios no se limitan al horario escolar, ya que estos entornos verdes contribuyen a reducir la temperatura y mejorar la calidad ambiental de los barrios en los que se ubican.
Para Isabel Ruiz Mallén, colíder del estudio y co-coordinadora de Coolschools, la renaturalización de los entornos escolares debe entenderse desde una perspectiva amplia. “No es únicamente una estrategia de adaptación climática. Es un imperativo de educación ecosocial, justicia ambiental y salud planetaria”, afirma.
La investigadora subraya que estos espacios ofrecen oportunidades educativas únicas para que los niños y niñas desarrollen una relación más estrecha con la naturaleza, comprendan los desafíos ambientales actuales y adquieran valores que les permitan actuar de forma responsable frente al cambio climático.
Los datos disponibles muestran que la necesidad de intervenir en los entornos escolares es cada vez más urgente. Según el Observatorio Europeo del Clima y la Salud, en 2022 los riesgos para la salud asociados al calor aumentaron un 40 % en las escuelas urbanas como consecuencia del efecto isla de calor.
Este fenómeno, característico de las ciudades densamente urbanizadas, provoca temperaturas más elevadas debido a la abundancia de superficies artificiales y la escasez de vegetación. En el caso de las escuelas, esto se traduce en entornos menos saludables para la población infantil, especialmente durante los episodios de calor extremo, cada vez más frecuentes.
Falta de espacios verdes cercanos
A esta situación se suma la carencia de zonas verdes accesibles en el entorno escolar. Cerca del 90 % de las escuelas de primaria cuentan con menos de un tercio de sus servicios, áreas e infraestructuras situadas a menos de 300 metros de un espacio verde. Esta limitación reduce las oportunidades de contacto cotidiano con la naturaleza y agrava los efectos del calor y la contaminación.
Francesc Baró, co-coordinador del proyecto e investigador del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la UPC y de la Universidad Libre de Bruselas, advierte de las consecuencias de mantener patios escolares “grises”. Según explica, estos entornos dominados por cemento y materiales artificiales debilitan la conexión de los niños y niñas con la naturaleza, lo que repercute negativamente en su capacidad para afrontar de manera constructiva el cambio climático.
Un futuro con más riesgos si no se actúa
Baró insiste en que la inacción tiene un coste elevado. “Sin intervenciones en los entornos escolares, una mayor proporción de la población infantil quedará expuesta a riesgos crecientes relacionados con el calor extremo y la contaminación del aire”, señala.
El estudio Coolschools refuerza así la idea de que las escuelas no son solo lugares de aprendizaje académico, sino espacios clave para impulsar una transición ecológica justa. Apostar por patios escolares más verdes y naturales supone invertir en salud, educación y resiliencia urbana, con beneficios que se extienden al conjunto de la sociedad y contribuyen a preparar a las ciudades para los desafíos climáticos del presente y del futuro.
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