Lectura fácil
El pasado sábado, el cielo de Madrid nos regaló una luz limpia, de esas que invitan a redescubrir la ciudad. Mi destino no era otro que la Galería de las Colecciones Reales, el imponente edificio excavado en la roca de la cornisa del Palacio Real. Tras meses de expectación, atravesar sus puertas supone sumergirse en un relato que abarca cinco siglos de arte, mecenazgo y poder, pero contado desde una perspectiva moderna que prioriza la experiencia del visitante y la accesibilidad universal.
Arquitectura y primer contacto con la Galería de las Colecciones Reales: el descenso a la Historia
Nada más entrar, lo que más impacta es el contenedor. El edificio, diseñado por Tuñón y Mansilla, es una obra maestra de la arquitectura contemporánea que respeta el entorno histórico de la Plaza de la Armería. El recorrido es descendente, una metáfora visual de cómo nos adentramos en las raíces de España. Empezamos por la planta de los Austrias, seguimos por los Borbones y terminamos en las exposiciones temporales.

Lo que diferencia la Galería de las Colecciones Reales de otros museos es el "aire". Las piezas no están hacinadas; cada tapiz, cada carruaje y cada armadura tiene espacio para respirar.
En la planta -1, el descubrimiento de los restos de la muralla árabe de Madrid es un golpe de realidad histórica: allí mismo nació la ciudad. Al igual que en la bioconstrucción, donde se busca el respeto por el entorno, la Galería de las Colecciones Reales ha sabido integrar la arqueología viva con el hormigón y el granito más vanguardista.
Los tesoros que no puedes perderte
Si el sábado fue una jornada de descubrimientos, algunas piezas se quedaron grabadas en mi retina. La colección de tapices, considerada la mejor del mundo, es simplemente abrumadora. Ver de cerca los hilos de oro y seda de las series de Bruselas te hace entender el valor de lo artesanal, algo que resuena con la vida ejemplar de personas como Juan Francisco, el emprendedor de 92 años que mencionamos recientemente: el valor de las cosas bien hechas perdura siglos.
Otro hito es la "Salomé con la cabeza del Bautista" de Caravaggio. La oscuridad y el dramatismo de la obra contrastan con la luminosidad de los espacios comunes del museo.
También los carruajes reales, que parecen listos para salir a rodar por las calles de Madrid, o el fastuoso Caballo de Bronce del Monumento a Felipe IV. Es un festín para el sentido de la vista, pero la Galería se ha esforzado para que no sea solo eso.

Accesibilidad, un museo para todos los sentidos
Uno de los puntos que más analicé durante mi visita fue la accesibilidad. En este 2026, donde la inclusión es un pilar de los criterios ESG, la Galería de las Colecciones Reales se posiciona como un referente. El diseño está libre de barreras arquitectónicas: rampas suaves, ascensores de gran capacidad y señalización clara que facilita el tránsito a personas con movilidad reducida.
Pero la accesibilidad va más allá de las rampas. Hay recursos de lectura fácil, bucles magnéticos para personas con discapacidad auditiva y reproducciones táctiles de algunas obras para que las personas ciegas puedan "sentir" la historia. Al igual que el programa "Ponte al dIA" busca reducir la brecha tecnológica, Patrimonio Nacional ha logrado reducir la brecha cultural. Nadie se queda fuera de este relato. Pasear por sus salas es cómodo, intuitivo y, sobre todo, inclusivo, demostrando que la alta cultura no tiene por qué ser elitista ni inaccesible.
Mi visita concluyó con una puesta de sol sobre el Campo del Moro, visible desde los grandes ventanales de la planta baja. Salí de la Galería de las Colecciones Reales con la sensación de haber comprendido mejor quiénes somos, pero también con la satisfacción de ver que Madrid ha construido un espacio donde el pasado se cuida con las herramientas del futuro. Si aún no has ido, prepárate para un viaje que, por fin, está al alcance de todos.
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