No fue un capricho pasajero: Trump insiste en quedarse con Groenlandia

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El plan de Trump que tiene en el punto de mira a Groenlandia

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La idea de que Estados Unidos adquiera Groenlandia no es nueva ni una ocurrencia puntual de Donald Trump. Durante su primer mandato presidencial ya lo propuso, y aunque entonces muchos lo tomaron a broma, el actual inquilino de la Casa Blanca ha vuelto a poner el asunto sobre la mesa con una seriedad que está alarmando a Europa y, especialmente, a Dinamarca.

En su primer mandato, la propuesta de compra provocó risas y desconcierto. Hoy, el tono ha cambiado. Desde que regresó al Despacho Oval hace un año, Trump ha insistido en que “la propiedad y el control del país danés son una necesidad absoluta”. En marzo de 2025 declaró tajante: “Nos haremos con ella de un modo u otro”. Este enero, ha retomado la idea con un mensaje aún más directo: “Necesitamos este país por seguridad nacional… nos ocuparemos de ella dentro de unos dos meses”. Como apunta el analista Stephen Collinson en CNN, “ya nadie se ríe”.

Groenlandia no es solo una vasta extensión de hielo y soledad. Su ubicación en el Ártico la convierte en una pieza clave dentro del tablero geopolítico mundial. Desde allí, Washington puede monitorear cualquier lanzamiento de misiles desde Rusia, China o Corea del Norte y, a la vez, posicionar su armamento con ventaja hacia Europa o Asia.

Además, el subsuelo groenlandés guarda un tesoro muy codiciado: minerales estratégicos y tierras raras, indispensables para las tecnologías de defensa y la transición energética global. Su control significaría para EEUU un impulso económico y una ventaja geoestratégica sin precedentes.

Otro punto relevante es la Brecha GIUK (Groenlandia-Islandia-Reino Unido), corredor marítimo esencial para la OTAN. A través de esta zona se vigilan los movimientos navales rusos en el Atlántico Norte, de modo que quien controle el país controla, en gran medida, el corazón del Atlántico estratégico.

Dinamarca y Groenlandia, una relación compleja

Pertenece formalmente a Dinamarca, aunque cuenta con un alto grado de autonomía interna. Sus 60.000 habitantes gestionan sus propios asuntos locales, pero la defensa, la política exterior y la moneda siguen en manos de Copenhague. Y es precisamente esa dependencia lo que hace que la amenaza de Trump resuene con fuerza.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha sido clara: “Si Estados Unidos ataca a otro país de la OTAN, todo se acaba”. Por su parte, el jefe del Gobierno groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, ha pedido “no más fantasías sobre anexión”. Ambas declaraciones reflejan el creciente nerviosismo en torno a Washington.

Desde el gobierno estadounidense, sin embargo, el discurso va en otra dirección. Stephen Miller, asesor cercano a Trump, ha declarado que “EEUU debería tener Groenlandia” porque “vivimos en un mundo regido por la fuerza”. Esta afirmación ha despertado inquietud en los círculos diplomáticos europeos, que temen un conflicto abierto entre aliados.

La defensa danesa, pequeña pero avanzada

Dinamarca no cuenta con un gran ejército, pero sí con unas fuerzas armadas modernas y bien equipadas. Según datos de Global Firepower, ocupa el puesto 45 entre las potencias militares del mundo, mientras que Estados Unidos encabeza la lista.

Las dimensiones aproximadas de su ejército son:

  • Tropas activas: 14.500 soldados
  • Reservistas: 44.000
  • Aeronaves activas: 111
  • Buques navales: 127

El Comando Ártico Conjunto, con sede en Nuuk, coordina la defensa del territorio groenlandés. Desde allí se supervisan las operaciones de vigilancia y se mantiene presencia militar en toda la isla, incluida la conocida Patrulla de Trineos de Perros Sirius, una unidad de élite especializada en operaciones en condiciones extremas.

En los últimos años, el gobierno danés ha reforzado su inversión en defensa, destinando más de 6.700 millones de euros adicionales entre 2025 y 2026. También ha anunciado nuevos navíos árticos, drones de largo alcance y sistemas satelitales para proteger su soberanía.

Aunque se hable de “anexión”, la realidad es que Estados Unidos ya tiene una importante presencia militar en Groenlandia. En el noroeste de la isla se encuentra la base aérea de Pituffik (Thule), un enclave estratégico desde la Segunda Guerra Mundial.

Allí se concentra parte esencial del sistema estadounidense de alerta temprana de misiles, a través del Space Delta 4 y el Space Delta 2, que proporcionan información al Mando de Defensa Aeroespacial de Norteamérica (NORAD) y a la Fuerza Espacial de Estados Unidos. Desde esta base, Washington monitorea el tránsito espacial y las posibles amenazas nucleares, asegurando un control privilegiado del hemisferio norte.

Esta presencia se remonta a 1941, cuando EEUU estableció la base para evitar que Alemania ocupara el país durante la guerra. Tras la creación de la OTAN, el acuerdo de defensa firmado en 1951 legitimó el mantenimiento de la base bajo supervisión danesa.

Un dilema para la OTAN

La gran pregunta ahora es: ¿qué ocurriría si Estados Unidos, miembro fundador de la OTAN, decidiera actuar militarmente contra Dinamarca o intervenir unilateralmente en Groenlandia? No existe ningún precedente de un enfrentamiento entre países aliados dentro de la Alianza.

En el pasado hubo tensiones entre Grecia y Turquía, pero nunca un conflicto abierto. Ante esta preocupación, Frederiksen recordó que Dinamarca “está protegida por la garantía de defensa colectiva de la OTAN” y pidió a Washington “poner fin a las amenazas contra un aliado cercano y contra un pueblo que ha declarado claramente que no está en venta”.

Una carrera geopolítica bajo el hielo

Groenlandia se ha convertido, una vez más, en el epicentro de una pugna global donde se cruzan intereses militares, económicos y estratégicos. Para EEUU, representa una oportunidad decisiva para dominar el Ártico; para Dinamarca, un símbolo de soberanía y orgullo nacional; y para el resto del mundo, un test de hasta dónde está dispuesto a llegar el poder estadounidense bajo la administración Trump.

Por ahora, la isla permanece tranquila, cubierta por hielo y silencio. Pero su valor estratégico nunca fue tan alto, y cada nueva declaración de Washington calienta un poco más las gélidas aguas del norte.

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