Hambre y trauma marcan la vida de los niños de Gaza tras dos años de guerra

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Un profesor enseña a sus alumnos durante una clase en Gaza

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Más de dos años después del inicio de las hostilidades, el impacto humano en la Franja ha alcanzado niveles sin precedentes, afectando de manera irreversible a los eslabones más débiles de la sociedad. Un nuevo y exhaustivo estudio, dirigido por la Facultad de Educación de la Universidad de Cambridge y el Centro de Estudios Libaneses, arroja luz sobre una realidad desgarradora: los niños de Gaza están demasiado débiles para aprender o jugar, consumidos por el hambre y el trauma de una guerra que parece no tener fin.

El informe, realizado en colaboración con la UNRWA, se basa en datos de agencias de la ONU y testimonios directos de docentes y estudiantes. Las conclusiones son desoladoras. Se describe a menores que se desploman por el agotamiento físico y a quienes sus propios padres piden que no jueguen para conservar las pocas energías que les quedan. La sensación generalizada entre los niños de Gaza es que su supervivencia es una anomalía y que, tarde o temprano, serán asesinados simplemente por su identidad.

El colapso emocional de los niños de Gaza y la pérdida de esperanza

La investigación destaca que la violencia sistemática ha erosionado no solo las infraestructuras, sino también la fe de los jóvenes en el sistema internacional. Muchos estudiantes cuestionan hoy la existencia de los derechos humanos y la paz, valores que perciben como ajenos a su realidad. Testigos presenciales relatan una ira creciente y un sentimiento de abandono profundo. "Sienten que los matan simplemente por ser gazatíes", afirma un miembro de una organización internacional citado en el estudio.

Pauline Rose, directora del Centro de Investigación para el Acceso y el Aprendizaje Equitativo de Cambridge, advierte que si hace un año la educación estaba bajo ataque, hoy son las vidas de los niños de Gaza las que están al borde de un colapso total. La combinación de desnutrición aguda —que ya ha afectado a casi 13.000 menores— y el trauma psicológico constante ha creado una generación que se siente, en palabras del propio informe, como "muertos vivientes".

Cinco años de aprendizaje perdidos: una generación en riesgo

El impacto educativo es otra de las cicatrices profundas de este conflicto. Entre los cierres provocados por la pandemia en 2020 y la devastación de la guerra actual, se estima que los niños de Gaza han perdido el equivalente a cinco años de escolarización. A pesar de los esfuerzos de la UNRWA por mantener programas de aprendizaje a distancia, la falta de recursos y los daños en los edificios escolares han convertido la educación en una tarea casi imposible.

Los autores del estudio lanzan una advertencia matemática: si las escuelas no reabren con plenas garantías antes de septiembre de 2027, muchos adolescentes arrastrarán un retraso de una década respecto a su nivel educativo esperado. Esta brecha no solo afecta a su desarrollo intelectual, sino que anula cualquier posibilidad de reconstrucción social a medio plazo. Para los niños de Gaza, la escuela no era solo un lugar de estudio, sino el único refugio de estabilidad que les quedaba.

Crisis de recursos y el futuro de la educación en Palestina

La recuperación del sistema educativo en toda Palestina tiene un coste estimado de 1.380 millones de dólares, una cifra que parece inalcanzable ante la actual "fatiga de los donantes". Hasta julio de 2025, solo se había recaudado un 5,7 % de los fondos solicitados para educación, lo que representa apenas nueve dólares por cada uno de los niños gazalíes. Esta escasez de fondos condena a los docentes, que trabajan sin descanso y bajo condiciones extremas, a una precariedad absoluta.

Yusuf Sayed, profesor de la Universidad de Cambridge, insiste en que invertir en el profesorado y en la salud mental de los menores es crucial para restaurar la identidad palestina a través de las aulas. Sin una intervención internacional masiva y urgente, el destino de los niños de Gaza seguirá ligado a la desesperación. La educación y los servicios para la infancia deben dejar de ser una cuestión secundaria para convertirse en la prioridad absoluta de la agenda humanitaria global.

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