Lectura fácil
La salud pública global se enfrenta a un retroceso histórico que pocos previeron con tal magnitud. Lo que comenzó como una serie de brotes aislados se ha transformado en una crisis epidemiológica de escala mundial. Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la trayectoria es alarmante: de un mínimo histórico de 132.490 casos en 2016, saltamos a una explosión de 869.770 en 2019, para finalmente superar la barrera de los 10 millones de afectados en 2023. El sarampión, un patógeno que la ciencia médica creía tener bajo control, ha demostrado que cualquier fisura en el sistema de prevención es una oportunidad para el desastre.
Esta nueva amenaza de epidemia no es casual. Se fundamenta en un "punto de inflexión" provocado por la falta de vacunación, ya sea por el rechazo activo de ciertos sectores de la población o por dificultades estructurales en el acceso a los sistemas de salud. La complacencia y la desinformación han erosionado el muro inmunitario que costó décadas construir.
El retroceso de España y el desafío del sarampión en Europa
Nuestro país no ha sido ajeno a este repunte, aunque los expertos señalan que se ha producido de forma más moderada en comparación con nuestros vecinos. España podía presumir desde 2017 del título de país "libre de la enfermedad", otorgado por el Comité Regional Europeo de Verificación de la OMS. Sin embargo, ese estatus de privilegio se ha desvanecido. En la última década, el avance del virus no ha sido lineal; la pandemia de Covid-19 marcó una pausa forzosa debido a las medidas de aislamiento, pero el efecto rebote ha sido crítico. Hemos pasado de apenas 14 contagios en 2023 a 227 en 2024, alcanzando los 395 casos el año pasado.
Ángela Domínguez, de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE), y Fernando Moraga-Llop, de la Asociación Española de Vacunología (AEV), coinciden en que la situación es preocupante. Mientras que entre 2014 y 2016 no hubo casos autóctonos, hoy la transmisión local es una realidad que nos sitúa en una posición similar a la de Francia, Alemania o Italia. Incluso al otro lado del Atlántico, potencias como Estados Unidos y Canadá han perdido su estatus de eliminación ante un sarampión que ya se ha cobrado la vida de menores en el último año.
Las fisuras en la cobertura: ¿Dónde ha fallado el sistema?
El problema fundamental radica en la pérdida de confianza y en la relajación de las coberturas. Para arrinconar eficazmente al virus, es imperativo que las tasas de vacunación superen el 95 % en ambas dosis. España está fallando en la segunda administración, la que se realiza entre los tres y cuatro años. Los datos son reveladores: la cobertura de la segunda dosis ha caído al 91% a nivel nacional, y en comunidades como el País Vasco, La Rioja o Castilla-La Mancha, las cifras sitúan a la región en zona de alto riesgo.
Ignacio Domingo, coordinador de la AEPap, advierte que el virus del sarampión aprovecha cualquier rendija. Una sola persona infectada puede contagiar hasta a 20 individuos, lo que lo convierte en uno de los patógenos más transmisibles conocidos. El hecho de que un 30 % de los casos desarrollen formas graves desmiente la creencia popular de que es una enfermedad leve de la infancia.
El reto de la vigilancia y el origen desconocido
Otro factor crítico es la falta de trazabilidad. En 2025, no se pudo identificar el origen del 48 % de los contagios registrados en España. Esta ceguera epidemiológica impide saber si el sarampión está circulando de forma silenciosa y autóctona o si los casos son importados de países con bajas tasas de inmunización, como Rumanía o Marruecos. La identificación precoz y el diagnóstico molecular son ahora las herramientas esenciales para recuperar el terreno perdido.
Para revertir esta situación, los expertos exigen una "recaptación activa". No basta con esperar a que los pacientes acudan; el sistema debe ser proactivo, revisando el calendario vacunal en cada consulta, incluso en adultos nacidos a partir de 1978 que no tengan el escudo de las dos dosis. Recuperar el título de país libre de sarampión costará, según las previsiones, al menos dos o tres años de trabajo intenso. El objetivo es claro: asegurar que no existan cadenas de transmisión que duren más de doce meses y blindar a la población frente a un sarampión que nunca debió regresar con tanta fuerza.
Añadir nuevo comentario