Estudios superiores y desempleo en España: el título protege, pero la experiencia decide

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Estudios superiores y desempleo

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Obtener un título universitario u otros estudios superiores en España sigue siendo, con diferencia, la mejor póliza de seguro contra el paro, pero no basta para blindar a los jóvenes recién egresados: la verdadera barrera no es el nivel formativo, sino la ausencia de trayectoria profesional acreditable. Esta es la tesis central del informe "Empleo, universidad y capital humano·, elaborado por el Instituto de Ciencias del Empleo y las Relaciones Laborales (ICER), que combina datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) con un diagnóstico sobre cómo se está aprovechando, o desperdiciando, el capital humano formado en las aulas.

Los estudios superiores reducen el paro, pero la edad y la experiencia marcan la diferencia

Los números son contundentes: en el segundo trimestre de 2026, el 17,31 % de las personas de 20 a 24 años con educación superior estaba desempleada, casi el triple del 6,21 % que registraba el conjunto de la población española con ese mismo nivel de estudios. El diploma es el mismo, pero lo que cambia radicalmente es el historial laboral que puede acreditarse detrás.

El ICER confirma que los estudios superiores reducen el desempleo en todas las franjas de edad. Entre los jóvenes de 20 a 24 años, con cualquier tipo de formación, la tasa de paro era del 19,88 % en ese trimestre; entre quienes tenían estudios superiores, bajaba al 17,31 %, una diferencia de poco más de dos puntos y medio. En otras palabras: la universidad protege, pero no elimina el riesgo de estar sin trabajo cuando se es muy joven.

La mejora de la última década es innegable. "El paro de los titulados superiores de 20 a 24 años ha caído 17,7 puntos desde 2015, y el del conjunto de la población con ese nivel de estudios ha pasado de rondar el 14 % al 6,2 % actual", señaló Alejandro Costanzo, secretario general del ICER.

Sin embargo, la penalización por juventud aparece con fuerza en cuanto se mira la experiencia. Entre los titulados de 20 a 24 años, el desempleo se sitúa en el 17,31 %; en el tramo de 25 a 29 años cae al 8,57 %, y entre los titulados de 30 a 44 años se queda en el 5,35 %, según la EPA. Esto significa que la tasa de los más jóvenes titulados es todavía un 60 % más alta que la de los titulados de 30 a 44 años.

Una señal de alarma: cuando el mercado se enfría, los primeros en notarlo son los que buscan su primera oportunidad

El último año deja una advertencia clara. Entre el segundo trimestre de 2025 y el mismo periodo de 2026, el paro de los titulados de 20 a 24 años subió del 16,30 % al 17,31 %, mientras que en el grupo de 25 a 29 años bajó del 9,12 % al 8,57 %.

"Si bien esto no se trata de un retroceso general de la “protección” que supone el título, sí que nos permite empezar a ver la dificultad que tienen los jóvenes para entrar a un mercado de trabajo en cuanto la contratación general se enfría un poco", destacó Costanzo. Y añade una clave: "Y lo cierto es que casi siempre afecta a aquellos que están buscando su primera oportunidad".

En la práctica, esto dibuja un escenario en el que los estudios superiores actúa como un colchón, pero no como un ascensor automático: cuando las empresas reducen ritmo, tienden a priorizar perfiles con experiencia demostrable y dejan en espera a quienes aún no han podido construir esa trayectoria.

El segundo desajuste: conseguir empleo no garantiza trabajar acorde a la formación

El informe del ICER identifica un segundo problema estructural, que surge una vez superada la barrera del acceso al empleo. Cuatro años después de terminar el grado, solo el 61,9% de los egresados cotizaba en el grupo profesional que corresponde a un titulado universitario.

Este fenómeno no es exclusivo de los recién llegados al mercado laboral. En 2023, el 35,8 % de las personas con estudios superiores de 20 a 64 años en España trabajaba en puestos de cualificación baja o media, frente al 21,9 % de la Unión Europea. Son casi catorce puntos de diferencia que convierten a España en el país europeo donde más se desaprovecha la formación de sus trabajadores.

En términos coloquiales: hay un gran volumen de talento universitario empleado en tareas que no requieren ese nivel de preparación, lo que genera sobrecualificación, frustración profesional y, en última instancia, un uso ineficiente del esfuerzo público y privado invertido en la educación superior.

Qué propone el ICER: más experiencia real, más competencias clave y un puente profesionalizado entre universidad y empresa

Frente a este doble desafío, dificultad de entrada para los jóvenes titulados y alto grado de sobrecualificación, el ICER plantea que el reto "no consiste únicamente en elevar el número de estudio superiores o de empleos, sino en conectar ambos con mayor precisión y en convertir antes el conocimiento académico en experiencia, especialización y valor añadido".

Para ello, el Instituto propone tres líneas de actuación:

  • Fomentar más experiencia real durante la carrera, mediante prácticas de calidad, proyectos aplicados y la figura de tutores en las empresas de destino.
  • Reforzar las competencias transversales y tecnológicas que complementen el conocimiento especializado, de modo que el perfil del egresado se ajuste mejor a las necesidades reales de las organizaciones.
  • Profesionalizar el paso de los estudios al empleo, con una colaboración más estrecha entre universidades, empresas, servicios públicos de empleo y entidades de intermediación laboral.

En el fondo, el mensaje del informe es claro: el título universitario y los estudios superiores en España ya no es un problema, sino una ventaja; el cuello de botella está en cómo se transforma ese capital formativo en experiencia útil y en empleos acordes a la cualificación.

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