ETA y su legado simbólico: cómo sus mensajes perviven entre las nuevas generaciones

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 Ana Torrent en una escena de "Yoyes", película dirigida por Helena Taberna sobre la primera mujer que ocupó puestos de responsabilidad dentro de ETA

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La banda terrorista ETA dejó de matar hace años. Tras la entrega definitiva de las armas en 2011 y su disolución formal en 2018, la violencia armada de la organización forma parte del pasado. Sin embargo, diversos análisis sociológicos señalan que el universo simbólico de la banda ha logrado pervivir en el tejido social del País Vasco y Navarra, transformándose en una especie de referente cultural o "meme" entre sectores de la juventud que no vivieron los años más duros del terrorismo.

Cuando se utiliza el término "meme" desde la perspectiva de la biología evolutiva de Richard Dawkins, no se hace referencia a un sticker de mensajería instantánea, sino a una unidad de transmisión cultural que se replica de forma casi unconscious a lo largo del tiempo. En combinación con el concepto de habitus introducido por el sociólogo Pierre Bourdieu, se observa cómo ciertas ideas, lemas y formas de interpretar la historia reciente terminan integrándose en la cotidianeidad sin requerir una reflexión previa por parte de quienes los reproducen.

La contradicción entre el rechazo a la violencia y la pervivencia de ETA

Los datos demoscópicos más recientes confirman que el rechazo a la violencia política es abrumador en la sociedad vasca. El Deustobarómetro de verano, publicado por la Universidad de Deusto, refleja que el 81 % de los ciudadanos considera que la violencia no es defendible bajo ningún concepto, mientras que apenas un 8 % la justifica en circunstancias excepcionales. A pesar de esta postura social mayoritaria, la imaginería ligada a ETA sigue manifestándose con frecuencia en el ámbito público y en espacios de ocio festivo.

De acuerdo con los informes del colectivo de víctimas del terrorismo Covite, solo en los primeros meses de 2026 se contabilizaron más de 129 actos de apoyo explícito o implícito a la banda. Lo que genera mayor preocupación entre los analistas es que decenas de estos episodios no se circunscriben a actos de la izquierda abertzale radical, sino que se integran en fiestas patronales mediante cánticos, pancartas o consignas populares. Este fenómeno, denominado por Covite como "normalización festiva", refleja la asimilación irreflexiva de un lenguaje que banaliza décadas de violencia terrorista.

El relato simplificado frente a la complejidad histórica

El arraigo de esta simbología entre los jóvenes nacidos entre finales de los años noventa y la década de los 2000 responde a un proceso de memoria fragmentada. Diversos estudios sociológicos advierten que las generaciones más jóvenes no poseen una conciencia vivencial del impacto real de ETA, percibiendo la trayectoria del grupo a través de esquemas simplificados.

Al abordar el denominado "conflicto vasco", muchos jóvenes activan de forma automática la época de la dictadura franquista, interpretando la existencia de ETA como un mero elemento de defensa cultural o reacción ante la opresión estatal. Este marco interpretativo tiende a difuminar la lista de crímenes cometidos por la organización durante la democracia, sustituyéndola por una narrativa centrada en el agravio histórico y la victimización colectiva.

Entre las dinámicas que favorecen esta asimilación acrítica destacan:

  • La pérdida de centralidad del testimonio de las víctimas: El relato del dolor provocado por la banda terrorista pierde peso en los entornos de sociabilidad juvenil.
  • La influencia del entorno festivo: Los espacios de ocio favorecen la repetición de estribillos y lemas sin que exista un compromiso ideológico consciente.
  • La construcción de una identidad basada en el contraste: La imaginería de la banda opera como un código de cohesión grupal frente a influencias externas.

Del terrorismo armado al fenómeno cultural subliminal

El principal reto para la convivencia en las regiones afectadas no radica hoy en la amenaza de las armas, sino en la desarticulación de un imaginario compartido que legitima la trayectoria de la organización. La investigadora Samara Velte, en un estudio publicado en 2025 sobre memoria e identidad, pone de relieve cómo los patrones discursivos del entorno radical reaparecen reconvertidos en el lenguaje cotidiano de la juventud, convirtiendo los códigos de ETA en una herencia cultural aprendida de manera acrítica.

Esta sustitución de la violencia física por una suerte de inercia simbólica demuestra que los mitos políticos son sensiblemente más difíciles de erradicar que la propia infraestructura de una banda armada. Cuando el lenguaje de un grupo terrorista se naturaliza hasta transformarse en una muletilla festiva o una pegatina en la calle, el relato de lo sucedido durante cuatro décadas corre el riesgo de distorsionarse gravemente.

En conclusión, aunque la sociedad ha repudiado las armas de forma rotunda, la pervivencia del legado simbólico de ETA plantea un desafío para la memoria democrática. Garantizar que las nuevas generaciones comprendan el alcance real del terrorismo resulta imprescindible para evitar que el lenguaje de la violencia continúe transmitiéndose como una seña de identidad normalizada.

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