La huella del mercurio: un núcleo de hielo revela 4.000 años de contaminación humana

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Investigadores asomados al núcleo de hielo analizado

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Un núcleo de hielo extraído en Groenlandia ha permitido a la comunidad científica retroceder miles de años en la historia de la contaminación ambiental por mercurio, revelando que la huella humana sobre el planeta comenzó mucho antes de lo que se creía. Según un estudio internacional liderado por el Instituto de Química Física Blas Cabrera (IQF-CSIC) y realizado junto a instituciones de Canadá, Dinamarca e Italia, los seres humanos ya emitían mercurio al medio ambiente hace aproximadamente 4.000 años.

La investigación, publicada en la revista Science Advances, se basa en el análisis de un núcleo de hielo de 1.250 metros de profundidad extraído en Groenlandia dentro del Proyecto de Núcleos de Hielo del Este de Groenlandia. Este registro natural cubre todo el Holoceno, es decir, un periodo que abarca desde hace unos 11.700 años hasta la actualidad, lo que lo convierte en una herramienta excepcional para estudiar cambios ambientales a largo plazo.

El proceso de análisis del núcleo fue meticuloso y se desarrolló en varias etapas para garantizar la precisión de los resultados. En primer lugar, el hielo se fragmentó cuidadosamente en secciones que representan intervalos de cinco años, lo que permitió una resolución temporal muy detallada. Posteriormente, cada fragmento fue limpiado con el objetivo de evitar cualquier tipo de contaminación cruzada. Finalmente, las muestras se derritieron en condiciones controladas de laboratorio para proceder a su análisis químico.

Según Ari Feinberg, investigador del IQF-CSIC y uno de los autores del estudio, este registro destaca por su extensión temporal y su alto nivel de detalle, lo que lo convierte en una fuente única de información sobre la evolución de la contaminación atmosférica.

Origen antiguo: la huella de la Edad de Bronce

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que las emisiones de este metal pesado de origen humano se remontan al menos a la Edad de Bronce, hace unos 4.000 años. Este dato contradice la idea extendida de que la contaminación industrial es un fenómeno relativamente reciente, limitado a los últimos siglos.

Los investigadores sugieren que estas primeras emisiones podrían estar relacionadas con actividades metalúrgicas primitivas, como el refinado de cobre y estaño, o con el uso de cinabrio, un mineral rico en mercurio que era muy valorado tanto como pigmento rojo como por sus supuestas propiedades medicinales.

En este sentido, evidencias arqueológicas encontradas en la península ibérica refuerzan esta hipótesis: se han detectado concentraciones elevadas del metal pesado en restos óseos humanos de antiguos enterramientos, lo que indica un uso extendido del cinabrio en ese periodo.

Una contaminación de mercurio que se globaliza

El estudio también apunta a que estas emisiones antiguas no eran insignificantes. De hecho, la señal detectada en el núcleo de hielo sugiere que el mercurio liberado por las actividades humanas ya era capaz de dispersarse por la atmósfera del hemisferio norte, alcanzando incluso regiones remotas como el centro de Groenlandia.

Además, los datos muestran una tendencia clara al aumento de la contaminación a lo largo del tiempo. La acumulación de este metal pesado en Groenlandia se multiplicó por 2,7 a partir del siglo XIII y por 7,4 desde aproximadamente 1840, coincidiendo con el auge de la revolución industrial. Este crecimiento refleja el impacto progresivo de las actividades humanas sobre el medio ambiente.

Uno de los avances clave de esta investigación es la capacidad de distinguir entre las emisiones del metal pesado de origen humano y aquellas provocadas por fenómenos naturales, como las erupciones volcánicas. Ejemplos de estos eventos incluyen la erupción del volcán Laki en Islandia en 1783 o la del Novarupta en Alaska en 1912, que generaron picos detectables en los registros.

Esta diferenciación es fundamental para reconstruir con precisión la evolución de la contaminación y comprender el papel que ha desempeñado la actividad humana a lo largo de la historia.

Implicaciones para la ciencia y la política ambiental

Los resultados del estudio aportan información clave para resolver un debate científico abierto sobre cuándo comenzaron exactamente las emisiones humanas de mercurio. Según Alfonso Saiz, también investigador del IQF-CSIC, este conocimiento no solo tiene valor académico, sino que también resulta esencial para evaluar el cumplimiento de acuerdos internacionales destinados a reducir el uso de este metal tóxico.

En concreto, permite mejorar los sistemas de seguimiento y control de la contaminación, ofreciendo una base más sólida para medir los avances en la protección ambiental.

El elemento químico ha sido durante siglos un elemento fascinante por sus propiedades únicas, como su estado líquido a temperatura ambiente. Sin embargo, también representa un importante riesgo para la salud y el medio ambiente.

En la atmósfera, el mercurio puede proceder tanto de fuentes naturales, como las erupciones volcánicas, como de actividades humanas, especialmente la metalurgia. Una vez liberado, puede viajar largas distancias antes de depositarse en ecosistemas lejanos, como los hielos de Groenlandia.

La exposición humana al metal pesado se produce principalmente a través del consumo de pescado y marisco, ya que este metal se acumula en la cadena alimentaria marina. Los peces de gran tamaño, como el atún, suelen presentar concentraciones más elevadas. La ingesta puede provocar daños neurológicos y cardiovasculares, lo que lo convierte en un problema de salud pública.

El desafío de reducir la contaminación

Para hacer frente a este problema, en 2017 entró en vigor el Convenio de Minamata sobre el Mercurio, un acuerdo internacional que busca reducir el uso y las emisiones de este metal con el fin de proteger tanto el medio ambiente como la salud humana.

No obstante, los científicos advierten que aún existen importantes incertidumbres sobre las emisiones históricas de este metal pesado, lo que dificulta evaluar con precisión la eficacia de estas medidas y prever la recuperación de los ecosistemas afectados.

En este contexto, estudios como el del núcleo de hielo de Groenlandia resultan fundamentales, ya que proporcionan una perspectiva a largo plazo que ayuda a comprender mejor la magnitud y la evolución de la contaminación causada por la humanidad.

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