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La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha lanzado una seria advertencia global: el consumo de comida insalubre provoca cada año unos 866 millones de enfermedades y 1,5 millones de muertes en todo el planeta. El último informe de la institución revela que, más allá de las infecciones comunes, los contaminantes químicos representan una amenaza silenciosa pero letal. Estas sustancias son responsables directas del 73 % de los fallecimientos asociados a la ingesta de alimentos contaminados, lo que obliga a replantear con urgencia los controles sanitarios globales.
El peligro químico detrás de los alimentos contaminados
Según las nuevas estimaciones oficiales publicadas por el organismo, la inmensa mayoría de estas muertes vinculadas a riesgos químicos se deben a la exposición alimentaria prolongada al arsénico inorgánico y al plomo. En términos cuantitativos, el arsénico inorgánico es el causante del 42 % de las muertes provocadas por sustancias químicas en la comida, mientras que el plomo representa el 31 %. La OMS subrayó su profunda preocupación, ya que estos elementos incrementan exponencialmente el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares y diversos tipos de cánceres. Asimismo, se destaca el peligro del metilmercurio, capaz de dañar el cerebro en desarrollo y provocar secuelas neurológicas irreversibles en la infancia.
Los menores de cinco años: el grupo más vulnerable
La investigación evidencia que los niños menores de cinco años sufren de manera desproporcionada este impacto. Aunque este grupo de edad representa únicamente el 9 % de la población mundial, concentra casi un tercio de todos los casos de dolencias de transmisión alimentaria. De hecho, tienen casi el triple de riesgo de enfermar por consumir alimentos contaminados en comparación con los adultos. Gran parte de esta letal carga se debe a las enfermedades diarreicas, que se vuelven mortales en entornos vulnerables. La OMS insiste en que estas tragedias podrían evitarse mejorando el acceso al agua segura, optimizando el saneamiento e implementando prácticas esenciales como la pasteurización.
El director general de la organización a nivel mundial, Tedros Adhanom Ghebreyesus, recordó con firmeza que la seguridad alimentaria afecta directamente a cada comida y a cada familia, cada día. Este análisis es el más completo hasta la fecha, ya que evalúa 42 grandes peligros (bacterias, virus, parásitos y químicos) en 194 países entre los años 2000 y 2021, incorporando por primera vez amenazas como metales pesados y el parásito de la enfermedad de Chagas.
El desigual impacto humano y económico global
Los datos muestran una clara división en la naturaleza de los riesgos. Mientras que los peligros biológicos (bacterias y virus) causaron la mayoría de las infecciones ordinarias con 860 millones de casos, los componentes químicos tuvieron un peso letal desproporcionado al concentrar tres de cada cuatro muertes por alimentos contaminados. Esta crisis de salud pública tiene además un devastador coste financiero: en 2021 generó 647.000 millones de dólares en pérdidas de productividad por jornadas de trabajo perdidas, al ajustar los costes de vida.
La distribución de esta tragedia es profundamente desigual. África y Asia Sudoriental soportan el mayor impacto debido a la falta de infraestructuras para procesar alimentos contaminados de forma segura, aglutinando el 75 % de las enfermedades y el 60 % de las muertes mundiales.
Agricultura, cambio climático y la estrategia 'One Health'
La presencia de arsénico, plomo o mercurio llega a la cadena alimentaria tanto por fuentes naturales como por la acción humana. Una vez introducidos, es casi imposible eliminarlos. Por ello, la OMS exige a los Gobiernos actuar en origen mediante mejores prácticas agrícolas, controles industriales estrictos y regulaciones ambientales firmes para evitar que la población consuma alimentos contaminados.
Yuki Minato, responsable técnica de seguridad alimentaria de la OMS y autora principal del artículo en The Lancet Global Health, definió este informe como una hoja de ruta urgente. Advirtió que la situación se agrava por el cambio climático, que eleva el riesgo de proliferación de toxinas, y por la resistencia a los antimicrobianos, que inutiliza los tratamientos médicos habituales. La solución definitiva radica en aplicar el enfoque 'One Health', integrando la salud humana, animal y ambiental para frenar la proliferación de alimentos contaminados en nuestros mercados.
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