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Durante cuatro años, Laura Ferràndez Galceran ha convertido la potabilización del agua en el centro de su vida profesional. Su doctorado industrial, desarrollado entre el grupo LEQUiA de la Universitat de Girona y Fisersa en la ETAP de Figueres, ha girado en torno a la optimización del uso del ozono con inteligencia artificial para tratar el agua potable que llega desde el embalse de Darnius-Boadella.
El resultado no es solo un trabajo científico ya defendido, sino también una manera de mirar el futuro: Ferràndez dice que se ha quitado “un peso de encima”, pero también que ha ganado “una vocación”. Esa combinación de alivio y compromiso resume bien una trayectoria que ha sido larga, exigente y muy pegada a la realidad del servicio público.
De la química al agua potable y su optimización
La historia personal de Ferràndez ayuda a entender por qué ha llegado hasta aquí. Aunque dudó entre la ingeniería química y la docencia, acabó apostando por la ingeniería tras escuchar a su padre una idea sencilla: probar no era perder el tiempo, sino aprovecharlo de otra manera. Esa decisión la llevó a un campo en el que hoy se siente plenamente cómoda y en el que quiere seguir trabajando.
A sus 28 años, y siendo de l’Empordà, conoce de cerca el valor del agua potable que sale por los grifos de Figueres. No habla de su relación con el sector en términos abstractos, sino como alguien que ha pasado años dentro de la planta, viendo cómo se toma cada decisión técnica y cómo cada ajuste influye en la calidad final del suministro.
Su investigación se ha centrado en un problema muy concreto: cómo mejorar el control del tratamiento de agua potable usando la información que genera la propia planta. La idea es interpretar esos datos para responder mejor a las variaciones del agua de entrada y garantizar una calidad estable, segura y eficiente.
En la práctica, el sistema desarrollado ayuda a decidir la dosis de ozono más adecuada en función de la calidad del agua potable que entra en la planta. Para ello combina inteligencia artificial con lógica difusa, una herramienta que permite integrar el conocimiento experto de los operarios con los datos en tiempo real. El objetivo es optimizar el proceso sin perder de vista la seguridad sanitaria.
Uno de los puntos más sensibles del tratamiento es la presencia de materia orgánica natural, que puede reaccionar con el cloro utilizado al final del proceso. Esa reacción puede generar trihalometanos, subproductos de desinfección limitados por la normativa sanitaria, que deben mantenerse bajo control por su riesgo para la salud.
Ferràndez explica que la clave está en detectar a tiempo esas variaciones y actuar antes de que comprometan la calidad del agua. La tesis, por tanto, no solo estudia el comportamiento de la materia orgánica durante el proceso, sino también cómo anticipar su impacto químico y microbiológico en el producto final.
Sequía y aprendizaje
Los cuatro años de doctorado han coincidido además con una sequía intensa, un contexto que obligó a trabajar con escenarios más extremos y a probar nuevos modelos de respuesta.
Esa presión ha servido para reforzar la utilidad del sistema de agua potable, porque los datos obtenidos en periodos críticos permiten diseñar herramientas más robustas y adaptables.
La experiencia también ha sido de aprendizaje mutuo entre la investigadora y los profesionales de la planta. Fisersa, según la propia Ferràndez, ha apostado por un proyecto novedoso para ellos, mientras que ella ha encontrado un entorno técnico muy sólido y cercano, donde la investigación aplicada tenía un impacto directo en el día a día.
Agua, energía y futuro
Más allá del caso concreto de Figueres, la tesis apunta a una idea más amplia: mejorar la eficiencia del tratamiento del agua también ayuda a reducir consumo energético y uso de reactivos. En una planta como esta, la ozonización representa una parte importante del gasto energético, por lo que cualquier optimización tiene efectos reales en sostenibilidad y costes.
Ferràndez defiende además la reutilización del agua regenerada como una solución de futuro. Considera que, bien tratada, puede alcanzar una calidad comparable a la del agua potable en muchos aspectos, y cree que su implantación temprana habría evitado algunas situaciones críticas. Su visión combina rigor técnico y sentido práctico: el agua no solo hay que producirla bien, también hay que gestionarla mejor.
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