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El interés de la audiencia contemporánea por desentrañar los pasajes más oscuros del crimen real ha encontrado en el género del true crime un filón inagotable. Sin embargo, cuando la documentación histórica presenta lagunas insuperables o incógnitas sin resolver, la narrativa televisiva tiende a rellenar los vacíos con dosis masivas de especulación.
La nueva temporada de la aclamada franquicia antológica ideada por Ryan Murphy e Ian Brennan para Netflix explora los brutales asesinatos de Andrew y Abby Borden, acontecidos en el verano de 1892 en Fall River, Massachusetts. Como suele ser habitual en este tipo de producciones, la trama entrelaza hechos probados con licencias dramáticas que transforman radicalmente la percepción pública de Lizzie Borden, convirtiendo un enigma judicial victoriano en un espectáculo psicológico de masas.
La reconstrucción de los crímenes y la figura de Lizzie Borden en la pantalla
Para comprender el impacto social que aún genera este caso, es necesario remontarse a la mañana del 4 de agosto de 1892. Abby Borden fue la primera en ser atacada en el piso superior de la vivienda familiar mientras ordenaba el cuarto de invitados, recibiendo cerca de una veintena de impactos infligidos con una hacha o hachuela. Noventa minutos después, su marido Andrew regresó a la propiedad tras atender diversos negocios locales. Según la declaración de la sirvienta, Bridget Sullivan, el patriarca se recostó en el sofá de la planta baja para descansar debido a un malestar físico. En ese instante fue salvajemente agredido en el rostro, sufriendo lesiones letales que le causaron la muerte instantánea.
En el momento en que se cometieron las agresiones, las únicas personas presentes en el recinto eran la empleada doméstica y Lizzie Borden, la hija menor del matrimonio. Aunque Bridget afirmó haberse retirado a su estancia en el ático para reposar, las sospechas policiales recayeron con rapidez sobre la joven. Unos días antes de la tragedia, varios miembros del hogar habían experimentado síntomas de envenenamiento, y un farmacéutico local testificó que la sospechosa había intentado adquirir ácido prúsico sin la preceptiva receta médica. Pese a las marcadas contradicciones en sus testimonios y la testificación de una vecina que la observó destruyendo en el fuego un vestido manchado, el tribunal decidió absolverla. La mentalidad de la época juzgó impensable que una mujer de alta posición social pudiera perpetrar una carnicería de semejante ferocidad.
Luces y sombras sobre las verdaderas motivaciones familiares
La adaptación de la plataforma de streaming profundiza en el retrato de una familia carcomida por el resentimiento y el maltrato. No obstante, la investigación histórica revela matices muy distintos sobre la dinámica interna de los Borden. Lejos de ser una joven frágil o indefensa, Lizzie Borden contaba con 32 años cumplidos cuando ocurrieron los hechos. Desde la muerte de su madre biológica, tanto ella como su hermana mayor Emma mantuvieron un vínculo tenso y distante con su madrastra Abby, negándose a compartir la mesa o a dirigirse a ella con afecto maternal.
El auténtico detonante de la discordia familiar radicaba en los hábitos económicos de Andrew Borden. Pese a poseer un patrimonio financiero considerable y múltiples propiedades inmobiliarias, el patriarca mantenía un estilo de vida sumamente austero que sus hijas rechazaban de pleno. El descontento alcanzó su punto crítico cuando el padre decidió adquirir una vivienda para la hermana de Abby, un gesto interpretado por las hijas como un menoscabo directo a su futura herencia. Este enfrentamiento por el estatus social y el control de la fortuna familiar constituye, según los historiadores del caso, la hipótesis más sólida sobre el móvil del doble homicidio.
El romance ficcionado con Bridget Sullivan y la alteración de la cronología
Uno de los ejes dramáticos más comentados de la serie es la apasionada relación sentimental que se atribuye a la joven heredera y a la sirvienta de la casa, Bridget Sullivan. La producción retrata a la empleada como una confidente devota que asume el rol de protectora y cómplice necesaria en el plan criminal. Sin embargo, esta trama amorosa carece por completo de sustento documental en los archivos del proceso judicial de 1892. La idea de un romance victoriano entre ambas nació en la literatura de ficción del siglo XX y fue popularizada posteriormente por producciones cinematográficas contemporáneas. En la vida real, el testimonio de Sullivan ante los tribunales resultó determinante para fijar la línea cronológica de los movimientos de la familia durante la mañana de los crímenes.
De igual manera, la serie se toma marcadas licencias al incluir el asesinato de Bertha Manchester, una vecina de la localidad que en la ficción es presentada como víctima de un ataque previo orquestado como entrenamiento. Aunque la muerte violenta de Manchester ocurrió efectivamente en Fall River mediante el uso de un hacha, el suceso tuvo lugar en mayo de 1893, casi un año después de la tragedia de los Borden y en vísperas del juicio oral. En la realidad histórica, la víctima tenía 22 años, vivía con su familia y no guardaba ningún tipo de relación personal ni laboral con la casa de los Borden.
Paralelismos históricos con Erzsébet Báthory y Aileen Wuornos
Para enriquecer la construcción del personaje, los guionistas recurren a conexiones simbólicas con otras figuras oscuras de la historia del crimen. Durante el metraje, se muestra a la protagonista fascinada por las sangrientas crónicas de la condesa húngara Erzsébet Báthory, cuya leyenda negra le sirve de inspiración para acometer su propia venganza. La narrativa realiza incluso un salto temporal hasta finales del siglo XX para mostrar a la asesina en serie Aileen Wuornos obsesionada con la figura de Lizzie Borden, llegando a experimentar alucinaciones visuales con ella durante sus últimos días en el corredor de la muerte.
Si bien es factible que Wuornos conociera la leyenda popular sobre la famosa imputada de Massachusetts debido a su enorme repercusión en el folclore estadounidense, no existe evidencia alguna de una conexión real ni de un vínculo psicológico entre ambas criminales. La introducción de estos paralelismos responde a un recurso estilístico para articular un discurso sobre la violencia, la opresión de género y el mito del "monstruo" en la cultura de masas.
En última instancia, el caso de Lizzie Borden continúa fascinando más de un siglo después precisamente por la imposibilidad de alcanzar una verdad incontestable. La serie de televisión opta por la fabulación creativa para ofrecer un relato adictivo, demostrando que cuando los hechos históricos dejan preguntas sin respuesta, la ficción acude de inmediato para moldear el mito a la medida de los temores y pasiones de la sociedad contemporánea.
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