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Aunque a menudo se culpa a la inmigración del auge del populismo, el coste de la vida y la insatisfacción laboral masculina desempeñaron un papel importante en el aumento del apoyo a las políticas populistas hace una década en Europa.
Esa esa la conclusión de una investigación liderada por Lorenza Antonucci, del Departamento de Sociología de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), y difundida por Servimedia. El estudio define el populismo como una ideología que divide a la sociedad en grupos antagónicos y exige que la política se rija por la ‘voluntad del pueblo’.
El estudio subraya que el sentimiento populista en Europa guarda una relación directa con la pérdida de poder adquisitivo. No se trata solo de la incapacidad de ahorrar, sino del miedo real a no cubrir las necesidades básicas. En este 2026, el coste de la energía y los alimentos ha redefinido el contrato social. Cuando la brecha entre lo que se gana y lo que cuesta vivir aumenta, la legitimidad de los gobiernos tradicionales disminuye drásticamente.
El acumulado de descontento se vuelve explosivo cuando el ciudadano siente que su esfuerzo diario ya no se traduce en una vida digna. Las propuestas que prometen "recuperar el control" o "priorizar lo nuestro" resuenan con fuerza en este contexto. La falta de una respuesta contundente por parte de las instituciones a la crisis de la vivienda, especialmente en las grandes capitales, es señalada como uno de los principales catalizadores de este giro hacia los extremos.
Gran parte de la preocupación se ha centrado en los ‘marginados’ que impulsan el populismo europeo. Sin embargo, las conclusiones de Antonucci, publicadas en el libro ‘Política de inseguridad’, demuestran que los trabajadores, cada vez más agobiados por las preocupaciones económicas y desilusionados con sus empleos, son mucho más propensos a apoyar a los partidos populistas.
El factor trabajo: más allá del salario mensual
El segundo pilar de este auge es la insatisfacción laboral. No hablamos únicamente de desempleo —que en muchos países europeos se mantiene en cifras razonables— sino de la calidad del empleo y la percepción de futuro. Muchos profesionales sienten que sus puestos son irrelevantes, están mal remunerados en comparación con la responsabilidad exigida o son excesivamente demandantes en términos de tiempo.
Sabemos que el estrés vital afecta de forma severa al 26 % de la población activa, y gran parte de ese porcentaje nace de entornos laborales donde no existe una conciliación real. Esta desafección crea un vacío que los discursos populistas llenan con facilidad, señalando a las estructuras globales como culpables de la deshumanización del trabajo. Paradójicamente, nos encontramos en un año donde el 81 % de las empresas y organizaciones prevé contratar más profesionales, pero esta demanda de talento no parece estar mitigando el sentimiento de frustración de la base trabajadora, que se siente cada vez más reemplazable en el engranaje digital.
Entre la esperanza y la amenaza del populismo
La percepción de la tecnología también juega un papel fundamental en este clima de opinión. Por un lado, el 90 % de los ciudadanos respalda el uso de la tecnología avanzada para mejorar la gestión pública y la eficiencia económica. Sin embargo, cuando esa misma tecnología se percibe como una herramienta de control o una amenaza de exclusión para quienes no tienen ciertas habilidades digitales, la tecnofobia se convierte en otra bandera política.
La transparencia en la comunicación se ha vuelto el campo de batalla definitivo. El estudio indica que los votantes no solo están molestos por el precio del pan, sino por la sensación de que los datos macroeconómicos oficiales no reflejan su realidad diaria en el supermercado. La brecha entre el relato de las instituciones y la experiencia de calle es el espacio donde el populismo construye su fuerza en este marzo de 2026. Mientras el trabajo se perciba como una carga sin sentido y el coste de vida siga asfixiando a la clase media, las soluciones radicales seguirán ganando terreno.
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