Tinnitus en músicos de orquesta: la epidemia silenciosa que afecta al 40% de los profesionales

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Un concierto de una orquesta sinfónica

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Más del 40% de los músicos profesionales de orquestas sinfónicas sufre tinnitus, un trastorno auditivo sin cura que se ha convertido en el gran tabú del sector por miedo a las represalias laborales y la falta de reconocimiento como enfermedad profesional.

El compositor checo Bedřich Smetana ya describía en 1876, en su cuarteto De mi vida, un “silbido insoportable en tonos altos” que imitaba el pitido que oía constantemente antes de quedarse sordo. Este testimonio es uno de los primeros registros de lo que a finales del siglo XIX se tipificaría clínicamente como tinnitus o acúfenos.

Aunque el trastorno afecta de forma similar a artistas de rock y pop, en la música clásica ha recibido mucha menos atención, lo que ha contribuido a su infradiagnóstico. Según un reciente informe de la Academia Americana de Otorrinolaringología, más del 42% de los músicos reporta tinnitus, frente al 13% de la población general.

El estigma que silencia a los músicos: tinnitus

“Es el gran tabú y estigma de este gremio: muy pocos se atreven a hablar de ello por vergüenza y miedo a las consecuencias”, explica Pilar Parreño, viola de la Orquesta de València y miembro fundadora de la Asociación de Músicos Profesionales de Orquestas Sinfónicas (Ampos).

Julián, un contrabajista de una importante orquesta española (nombre ficticio), experimentó un trauma acústico hace ocho años durante un concierto. “Desde entonces escucho pitidos las 24 horas del día”, revela. “Lo más difícil de sobrellevar no es la pérdida auditiva, que en mi caso no es significativa, sino el trastorno psicológico, pues el estrés aumenta la percepción del tinnitus”.

Su ubicación dentro de la orquesta, justo delante de los metales, lo expone a los picos más fuertes de sonido. “Según la sección de instrumentos, te encuentras con músicos que sufren en silencio y otros que apenas perciben el problema”, dice.

La investigadora María José Laguna publicó en 2016 uno de los estudios más completos realizados en Europa sobre los riesgos derivados del ruido en orquestas sinfónicas. Sus conclusiones fueron contundentes: “En apenas dos o tres horas de ensayo, un intérprete puede superar perfectamente la dosis diaria de ruido permitida”.

Gerard Beltran, fagotista con 26 años en la Orquestra Simfònica Illes Balears, tiene su atril frente a los metales, expuesto a ráfagas de 135 decibelios, más de cincuenta por encima del límite permitido y el equivalente al despegue de un avión a reacción. “La orquesta ha invertido en pantallas de alta calidad, pero no siempre es suficiente y con los años el ruido se vuelve insoportable”, lamenta.

A falta de cifras oficiales, se estima que la incidencia de tinnitus y otras lesiones auditivas entre los músicos de orquesta podría triplicar la de la población general.

La ley que no protegió

La Ley del Ruido de 2006 no se adaptó al sector de la música clásica hasta dos años más tarde. “Aquello desató una oleada de neurosis colectiva: muchos pensaban que iban a tener que tocar más flojo o que se dejaría de programar a Wagner y Strauss”, recuerda Patrick Alfaya, exgerente de varias orquestas y actual director artístico de la Quincena Musical de San Sebastián.

“Los sindicatos reaccionaron con mucha energía al principio, pero recogieron cable cuando hubo que cuadrar las cuentas. Poco cabía esperar de una ley pensada para limitar los decibelios de un martillo neumático en una fábrica”, añade.

Los planes de prevención no funcionan porque nadie se los toma en serio y se contratan servicios básicos, según Parreño. “Frente a las medidas efectivas que nosotros proponemos, como la gestión de la programación y la elección responsable de las obras, la rotación y distancia entre los músicos o la instalación de pantallas acústicas homologadas, muchos gerentes optan por repartir tapones para evitar posibles demandas”.

Los protectores auditivos, conocidos como EPI, son en ocasiones el origen de males aún mayores. A Aritz García de Albéniz, trompista de la Orquesta Sinfónica de Navarra, le han provocado barotraumas en varias ocasiones debido a la presión del aire en el oído taponado. “Pérdida de audición, dolor, mareos… En esos momentos mis hijos me hablan y no los oigo, pero si gritan, me hacen daño”.

Algo parecido le ocurrió a María Rubio Navarro, trompa solista de la Orquesta de València: “Los EPI me causaron una disfunción tubárica en el oído izquierdo. De no haberlo pillado a tiempo, la lesión habría sido irreversible”.

Sin diagnóstico objetivo

Pedro Cobo, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y coautor de ¿Qué sabemos de? Los acúfenos, confirma que no existe una prueba objetiva de diagnóstico. “Sin un biomarcador, el tinnitus se vuelve invisible ante una mutua o un juez”, explica el especialista.

“Muchos músicos afectados desarrollan complejos por temor a equivocarse o no estar a la altura”, señala. “Es la respuesta lógica a un entorno exigente que no reconoce su enfermedad como tal”.

Ximo Carrascosa, percusionista de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa desde 1988, sufrió su lesión auditiva durante sus años de formación en el conservatorio. “En mi caso no hubo una negligencia puntual, sino una suma de factores relacionados con el vacío informativo y la ausencia de una cultura preventiva”, reconoce.

La cirujana otológica Chris Aldren distingue varios niveles de riesgo según la posición dentro de la orquesta: “Los metales son los más expuestos, los violinistas acumulan más carga en el oído izquierdo, los percusionistas concentran picos…”.

A su juicio, el prestigio de la música culta ha generado una falsa sensación de seguridad. “El tinnitus rara vez mata, pero puede destruir la calidad de vida de los músicos: afecta a su herramienta de trabajo, a su identidad personal y a su autoestima”, señala.

Casos famosos y silencios

Mientras que figuras del pop y el rock como Phil Collins, Eric Clapton y James Hetfield han reconocido públicamente que tienen tinnitus, muy pocos artistas de la música clásica se han atrevido a dar ese paso.

“Mucho menos en España”, dice Parreño, “donde en los últimos siete años solo se han reconocido 24 casos de hipoacusia como enfermedad profesional”.

Cita, a modo de contraste, el fallo a favor del violista Chris Goldscheider, a quien la Royal Opera House de Londres tuvo que indemnizar en 2018 tras sufrir un shock acústico en un ensayo de La valquiria de Wagner. “Aquí los acúfenos son una plaga silenciosa, pero también silenciada por quienes mejor deberían proteger la salud de los músicos”, señalan los afectados.

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