Más de la mitad de la población española reconoce que existe discriminación a los mayores

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Un momento de la presentación del barómetro

Lectura fácil

España se encamina a ser uno de los países más longevos del planeta. Las proyecciones demográficas son claras: la pirámide poblacional se invierte y las canas ganan terreno. Sin embargo, en una cruel ironía del destino, la sociedad que debería estar mejor preparada para acoger y valorar a sus mayores es la misma que admite, sin tapujos, que los arrincona. Según los datos publicados por la agencia Servimedia, más de la mitad de los españoles (un 53 %) cree que las personas mayores sufren discriminación.

Esta cifra no es solo una estadística fría; es un espejo en el que la sociedad se mira y no le gusta lo que ve. El reconocimiento de esta discriminación implica aceptar que fallamos en lo básico: el respeto y la integración de quienes sostuvieron el país en tiempos difíciles. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de discriminación hacia los mayores? No se trata siempre de insultos o agresiones físicas; hablamos del edadismo, un prejuicio estructural que se manifiesta en el desprecio, la indiferencia y la creación de barreras infranqueables en la vida cotidiana.

La digitalización como muro de exclusión

Uno de los focos más agudos de esta discriminación percibida es la brecha digital. La modernización de los servicios, tanto públicos como privados, ha dejado atrás a toda una generación.

La imagen de una persona mayor intentando descifrar una aplicación móvil para pedir una cita médica, o peleándose con un cajero automático que ya no tiene a un humano detrás de la ventanilla para ayudarle, se ha convertido en el símbolo de la exclusión moderna. "Soy mayor, no idiota", rezaba la famosa campaña que visibilizó este problema. Obligar a un octogenario a relacionarse con su banco o con la administración exclusivamente a través de pantallas táctiles es una forma de violencia institucional. Les resta autonomía, les genera ansiedad y les hace sentir ciudadanos de segunda clase en un mundo que ya no entienden porque nadie se ha molestado en adaptarlo a sus ritmos.

El trato infantilizador y la invisibilidad

Otra cara del edadismo es la actitud paternalista. A menudo, la sociedad trata a los mayores como si fueran niños grandes. Se utiliza un lenguaje simplista, se les habla a gritos o se toman decisiones por ellos sin consultarles, asumiendo que la vejez implica incapacidad cognitiva.

Este trato deshumanizante se agrava en el ámbito sanitario y de cuidados. Existe la percepción de que, a partir de cierta edad, ciertas dolencias son "lo normal" y no se invierten los mismos recursos en curar o rehabilitar que en una persona joven. Además, la soledad no deseada se ha convertido en una epidemia silenciosa. Muchos mayores viven aislados en sus pisos, invisibles para unos vecinos que apenas saludan, hasta que ocurre una desgracia. La discriminación aquí es la indiferencia: actuar como si no existieran hasta que molestan.

El mercado laboral y la fecha de caducidad

La encuesta también destapa la hipocresía del mercado laboral. Mientras se retrasa la edad de jubilación, las empresas expulsan sistemáticamente a los trabajadores mayores de 50 o 55 años.

Se desprecia la experiencia ("seniorship") en favor de la juventud, asociando erróneamente vejez con falta de adaptabilidad o productividad. Esto empuja a miles de personas a un limbo de desempleo de larga duración justo antes de la jubilación, generando angustia económica y una sensación de inutilidad social devastadora.

Discriminar a nuestro "yo" del futuro

Lo más paradójico del edadismo es que es la única discriminación que, si tenemos suerte, sufriremos todos. Al discriminar a los mayores, estamos tirando piedras contra nuestro propio tejado futuro.

El hecho de que más de la mitad de la población sea consciente de este problema es el primer paso, pero no es suficiente. España necesita un cambio cultural profundo. Necesitamos diseñar ciudades amigables con la edad (age-friendly cities), donde los bancos en los parques, los tiempos de los semáforos y la accesibilidad al transporte público estén pensados para cuerpos que ya no corren. Necesitamos un sistema bancario y administrativo con rostro humano. Y, sobre todo, necesitamos recuperar la veneración por la experiencia que otras culturas mantienen intacta.

Los mayores no son una "carga" para el sistema de pensiones o sanidad; son ciudadanos de pleno derecho con un capital de vida insustituible. Si la sociedad española piensa que están discriminados, es hora de dejar de pensarlo y empezar a cambiarlo. Porque la dignidad de un país se mide por cómo trata a sus ciudadanos más vulnerables, y hoy, nuestros mayores se sienten olvidados.

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