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Un grupo de investigadores internacionales ha logrado un avance inesperado al combinar tecnología cotidiana con ciencia marina de primer nivel: el uso de drones para analizar el aliento de ballenas vivas en el norte de Noruega. Gracias a esta técnica pionera, los científicos confirmaron por primera vez la presencia del morbillivirus de cetáceo, un patógeno potencialmente mortal, en aguas situadas por encima del Círculo Polar Ártico.
El hallazgo, que redefine nuestra comprensión de las enfermedades marinas en este entorno remoto, ha sido publicado en la revista BMC Veterinary Research e incluye la participación del King’s College de Londres y la Real Escuela de Estudios Veterinarios del Reino Unido.
Tecnología al servicio de los gigantes del mar, como las ballenas
Durante años, estudiar el estado de salud de los grandes cetáceos ha supuesto un reto logístico y ético. Las ballenas, animales inteligentes, sensibles y de difícil acceso, no pueden ser manipuladas fácilmente. Pero esta vez, los científicos optaron por una vía mucho menos invasiva: captar el “soplo” que emiten a través de su espiráculo al exhalar.
Para ello, se emplearon drones comerciales equipados con placas de Petri esterilizadas, que volaban justo por encima de los animales para atrapar diminutas gotas respiratorias. Cada vuelo representaba una oportunidad única de recopilar información sin perturbar el comportamiento natural de estos cetáceos gigantes.
“El muestreo por soplado mediante drones es una innovación revolucionaria. Nos permite vigilar patógenos en esta especie, vivas sin causarles estrés ni daño, y nos ofrece pistas valiosas sobre la salud de los ecosistemas árticos en constante transformación”, explicó Terry Dawson, investigador del Departamento de Geografía del King’s College de Londres y uno de los coautores del estudio.
Entre 2016 y 2025, el equipo llevó a cabo extensas campañas de muestreo en distintas regiones del Atlántico nororiental, que incluyeron el norte de Noruega, Islandia y las islas de Cabo Verde. Se recolectaron muestras de varias especies de ballenas, jorobadas, de aleta y cachalotes, acompañadas de estudios complementarios a partir de biopsias de piel e incluso, en un caso particular, de tejido orgánico.
Posteriormente, todas las muestras pasaron por exhaustivos análisis moleculares en laboratorio, con el fin de detectar la presencia de virus o bacterias relacionados con enfermedades conocidas en cetáceos.
El regreso de un viejo enemigo marino
El resultado más inquietante del estudio fue la detección del morbillivirus de los cetáceos, una cepa viral altamente patógena que se identificó por primera vez en delfines a finales de los años ochenta. Este virus es capaz de provocar graves alteraciones en los sistemas respiratorio, neurológico e inmunológico de los animales afectados.
En el pasado, ha sido responsable de eventos de mortalidad masiva en distintas poblaciones de delfines y marsopas, y su presencia en las frías aguas del norte europeo sugiere que el virus podría estar extendiéndose hacia nuevas zonas a medida que cambian las condiciones ambientales del océano.
Los investigadores encontraron rastros del virus en grupos de ballenas jorobadas del norte de Noruega, en un cachalote que mostraba signos de mala salud y en un calderón varado. Este patrón apunta a una circulación activa del morbillivirus entre diferentes especies de cetáceos, lo que eleva la preocupación por la salud general de estas poblaciones.
Además del morbillivirus, el equipo identificó herpesvirus en muestras procedentes de ballenas jorobadas de Noruega, Islandia y Cabo Verde. Estos hallazgos amplían la lista de patógenos presentes en los ecosistemas marinos del Atlántico norte, aunque los investigadores no encontraron rastro de otros agentes infecciosos relevantes, como la bacteria Brucella o el virus de la gripe aviar, que también se han relacionado con episodios de varamiento masivo.
El estudio advierte que los brotes de virus podrían intensificarse durante las agregaciones invernales de alimentación, periodos en los que las ballenas, las aves marinas y los humanos comparten espacios reducidos y aumentan las interacciones. En esos entornos densos, un patógeno activo podría propagarse con rapidez y tener consecuencias devastadoras para las especies implicadas.
La importancia de una vigilancia constante
Los autores del trabajo insisten en que este tipo de vigilancia biológica no es solo una cuestión científica, sino también ecológica y ética. Las enfermedades en cetáceos pueden tener efectos en cadena sobre todo el ecosistema marino, alterando las cadenas tróficas y afectando a la biodiversidad en regiones muy sensibles al cambio climático.
Con el calentamiento del Ártico y la transformación de las rutas migratorias, especies que antes estaban separadas geográficamente empiezan a coincidir en las mismas aguas, lo que facilita el intercambio de virus y bacterias previamente confinados a determinadas zonas.
“Estamos ante un entorno que cambia más rápido de lo que imaginábamos. Comprender qué patógenos circulan y cómo lo hacen es fundamental para proteger no solo a las ballenas, sino la salud general del océano”, subrayan los investigadores.
Ciencia que respira futuro
El uso de drones como herramienta de monitoreo sanitario podría marcar un antes y un después en la conservación marina. Esta tecnología abre la puerta a nuevas formas de estudio no invasivas, ideales para especies protegidas o en peligro de extinción.
Gracias a este enfoque, los científicos pueden anticiparse a las enfermedades emergentes, identificar patrones de propagación y diseñar estrategias de respuesta más efectivas. En un mundo cada vez más conectado y cambiante, incluso un pequeño soplo en el océano Ártico puede contar una gran historia sobre la salud del planeta.
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