La falta de recursos lleva a muchos a esperar sobras y la mendicidad se extiende en Cuba

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Realidad de la pobreza en Cuba

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La presencia de personas que buscan comida en la basura, piden dinero en las calles o deambulan sin un lugar fijo donde vivir se ha vuelto cada vez más visible en las ciudades cubanas. Lo que antes era una escena esporádica hoy forma parte de la cotidianidad urbana y refleja el impacto de la crisis económica, el deterioro del poder adquisitivo y las limitaciones del sistema de asistencia social. En este contexto, la mendicidad emerge como una estrategia de supervivencia que evidencia las crecientes brechas sociales en el país.

La mendicidad y la pobreza, una realidad extendida en varias ciudades

“Antes se veía muy poco. Ahora es todos los días”. La frase de un vecino de Centro Habana resume un cambio que se ha vuelto evidente en el entorno urbano cubano. Las personas que esperan a que los restaurantes retiren sus desechos, otras que revisan contenedores o que piden directamente en la vía pública forman parte de una escena cotidiana donde la mendicidad aparece cada vez con mayor frecuencia como respuesta a la escasez.

En distintas ciudades del país se repiten situaciones similares. En esquinas, portales y terminales, hombres y mujeres buscan alguna ayuda, mientras familias enteras intentan sobrevivir con lo mínimo.

La mendicidad se ha integrado en el paisaje urbano, no como un hecho aislado, sino como una práctica visible que refleja el deterioro de las condiciones de vida y la creciente dificultad para acceder a alimentos y recursos básicos.

Factores económicos y sociales

Las cifras oficiales, aunque limitadas, permiten observar una tendencia al alza. En años recientes, los registros gubernamentales han mostrado un incremento significativo en el número de personas clasificadas dentro de la llamada “conducta deambulante”.

Dentro de esos datos, la pobreza se presenta asociada a perfiles diversos: adultos en edad laboral, personas con discapacidad, individuos con problemas de salud mental o adicciones, así como ciudadanos sin un hogar estable al cual regresar.

Entre las principales causas señaladas se encuentran el aumento sostenido de los precios, la pérdida del poder adquisitivo de salarios y pensiones y la escasez de productos básicos. En este contexto, la mendicidad surge como una estrategia de supervivencia para quienes no logran cubrir sus necesidades mediante ingresos formales o apoyo familiar suficiente.

La presión económica empuja a sectores vulnerables a situaciones límite donde pedir ayuda o recurrir a restos de alimentos se convierte en una opción recurrente.

El impacto del déficit habitacional

A ello se suma el déficit habitacional, uno de los problemas estructurales más graves. La falta de viviendas, el deterioro de edificios y los riesgos de derrumbes generan escenarios en los que perder el hogar puede significar caer en la calle. En esos casos, la mendicidad no solo responde a la pobreza, sino también a la ausencia de un entorno seguro donde vivir, lo que incrementa la exposición y la vulnerabilidad de muchas personas.

El sistema de asistencia social existe, pero su alcance resulta limitado frente a la magnitud del problema. Aunque miles de personas reciben algún tipo de ayuda, los montos y recursos disponibles no siempre alcanzan para cubrir necesidades básicas. En este contexto, la mendicidad continúa creciendo como una manifestación visible de las brechas entre las necesidades de la población y la capacidad institucional de respuesta.

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