La ONU alerta de un peligroso estancamiento global en la mejoría de la mortalidad infantil

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Una niña nepalí durante un periodo de escasez de alimentos

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El balance global es agridulce. Si miramos el largo plazo, los datos muestran que la mortalidad infantil en menores de cinco años se ha reducido a la mitad desde el año 2000. Sin embargo, el problema reside en la velocidad actual del cambio. Desde 2015, el ritmo de esa reducción se ha ralentizado de forma alarmante, lo que sugiere que las intervenciones más sencillas y masivas ya han alcanzado su límite de eficacia y que ahora nos enfrentamos a barreras mucho más profundas y estructurales. En 2024, unos 4,9 millones de niños perdieron la vida antes de su quinto cumpleaños, una cifra que, aunque menor que en décadas pasadas, sigue siendo inaceptable porque la inmensa mayoría de estas muertes eran perfectamente evitables.

El punto más crítico de esta realidad se encuentra en el primer mes de vida. Las muertes neonatales representan ya casi la mitad de la mortalidad infantil total. Esto indica que los mayores fallos del sistema ocurren en el momento del nacimiento y en los días inmediatamente posteriores. La mortalidad infantil tras complicaciones por partos prematuros y las dificultades durante el alumbramiento son las principales causas, lo que evidencia una falta de inversión en personal sanitario cualificado y en infraestructuras básicas de atención materna en las regiones más desfavorecidas.

Malnutrición y desigualdades: los rostros de la crisis infantil

Por primera vez, los informes de este 2026 incluyen estimaciones precisas sobre el impacto directo de la malnutrición aguda grave. Se calcula que más de 100.000 niños murieron exclusivamente por falta de nutrientes básicos, aunque el impacto real es mucho mayor, ya que la desnutrición actúa como un multiplicador: debilita el sistema inmunológico y hace que enfermedades comunes como la diarrea, la neumonía o la malaria se vuelvan mortales. Esta "causa silenciosa" está directamente relacionada con la inestabilidad de los precios de los alimentos y la crisis climática, que destruye las cosechas en las zonas que ya sufren mayor inseguridad alimentaria.

La geografía de la mortalidad infantil sigue siendo profundamente desigual. África subsahariana y Asia meridional concentran más del 80 % de los fallecimientos. En muchos de estos países, el riesgo de morir antes de los cinco años es hasta 15 veces mayor que en los países de ingresos altos. En este 2026, factores externos como los conflictos armados y el desplazamiento forzado están triplicando la probabilidad de mortalidad infantil en comparación con entornos estables. La comunidad internacional se enfrenta al reto de no permitir que la ayuda al desarrollo se diluya en un contexto de presupuestos públicos cada vez más ajustados.

Un llamamiento a la acción política y económica

Naciones Unidas es clara: sabemos cómo salvar estas vidas. Las vacunas, la nutrición adecuada, el agua potable y la atención al parto son soluciones de bajo coste con una rentabilidad social inmensa. Sin embargo, el éxito depende de un compromiso político renovado que sitúe la salud primaria en el centro de la agenda. El hecho de que el progreso se esté ralentizando justo cuando la tecnología médica está más avanzada que nunca es un síntoma de que el problema no es técnico, sino de distribución de recursos y voluntad institucional.

La supervivencia infantil no es solo una cuestión humanitaria, es un pilar de la estabilidad económica y social futura. Invertir en salud materno-infantil es la medida de desarrollo más coste-efectiva que existe. En este 2026, la transparencia en el uso de los fondos internacionales y el fortalecimiento de los sistemas de datos son fundamentales para asegurar que ninguna comunidad se quede atrás contra la mortalidad infantil. El objetivo es claro: pasar de la ralentización a la aceleración para que, en los próximos informes, podamos celebrar que ningún niño muere por causas que la ciencia ya ha aprendido a curar.

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