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La reflexión sobre la sostenibilidad de nuestros sistemas sanitarios adquiere un matiz revolucionario que sacude la forma tradicional en la que entendemos la medicina. La entrevista a María Neira, directora del Departamento de Salud Pública y del Ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicada por Somos Pacientes, nos deja una bofetada de realidad institucional: la mejor medicina no es la que cura con precisión quirúrgica, sino la que evita de raíz que el ciudadano cruce la puerta de un hospital. Su premisa exige un cambio de paradigma político y social absoluto.
Sabe mucho mejor una sociedad que invierte en parques, energías limpias y agua pura que una que se ve obligada a expandir sus plantas de cuidados intensivos porque sus ciudades enferman crónicamente a la población.
La medicina antes de la enfermedad: el giro hacia la prevención primaria
El núcleo del mensaje de María Neira subvierte la estructura histórica de la gestión sanitaria. Durante siglos, los ministerios de sanidad han operado en realidad como "ministerios de la enfermedad", volcando la inmensa mayoría de sus presupuestos humanos y financieros en el diagnóstico, el tratamiento y los fármacos. Si bien la defensa de los derechos de los pacientes a recibir una atención digna y equitativa es una trinchera innegable, la OMS nos recuerda con rigor que este enfoque es reactivo e insuficiente para los retos del siglo XXI.
Luchar por las causas que nos convierten en pacientes implica desplazar el eje de la inversión pública hacia la prevención primaria. No podemos seguir considerando un éxito médico el tratamiento avanzado de un tumor pulmonar si, al mismo tiempo, permitimos que las normativas de calidad del aire en los entornos urbanos sigan amparando niveles tóxicos de micropartículas. El sistema asistencial se encuentra desbordado porque estamos abordando la salud desde la consecuencia y obviando de manera sistemática los detonantes ambientales y socioeconómicos que saturan las salas de espera de atención primaria.
El aire que respiramos y las ciudades que habitamos, determinantes ambientales
La salud humana no se genera de forma exclusiva dentro del código genético de un individuo; se moldea, principalmente, en los lugares donde ese individuo nace, crece, trabaja y envejece. María Neira pone el acento en factores que a menudo escapan al control de los médicos de cabecera: la contaminación del aire, la planificación de las ciudades y la crisis climática. Tratar a un niño con asma crónica mediante un inhalador de última generación para después devolverlo a un entorno escolar rodeado de tráfico pesado es un ejercicio de frustración médica y política.
Las ciudades contemporáneas se han transformado en fábricas de pacientes crónicos debido a su diseño hostil. El asfalto excesivo que potencia las islas de calor, la escasez de zonas verdes transitables que mitiguen el estrés y fomenten la actividad física, y la dependencia del vehículo privado configuran un ecosistema que favorece las patologías cardiovasculares, metabólicas y de salud mental. La verdadera revolución de la salud pública pasa por entender que un carril bici seguro, un parque arbolado o una transición energética acelerada hacia fuentes renovables salvan más vidas y de forma más eficiente que la apertura de un ala hospitalaria.
El coste de la inacción: desmantelar las causas para salvar el sistema público
Desde una perspectiva puramente macroeconómica, el modelo actual es financieramente insostenible a medio plazo. La cronicidad derivada de un estilo de vida sedentario y la exposición constante a contaminantes químicos y ambientales amenaza con devorar los recursos de las arcas públicas. La transparencia presupuestaria nos obliga a admitir que ningún país del mundo, por rico que sea, podrá sostener el gasto farmacéutico y tecnológico si la tasa de entrada de nuevos pacientes al sistema no deja de crecer de forma exponencial.
Invertir en neutralizar las causas de la enfermedad es la estrategia económica más inteligente de la que disponen los gobiernos. Reducir las emisiones industriales, legislar contra los pesticidas disruptores endocrinos y promover dietas sostenibles y accesibles no son medidas ajenas a la medicina; son la vanguardia de la salud global. Sabe mucho mejor gestionar la abundancia de una población sana y activa que administrar la escasez de recursos en un sistema sanitario saturado por dolencias que se pudieron y se debieron prevenir con valentía política.
Curar al enfermo es un deber moral irrenunciable, pero evitar que el entorno enferme al ciudadano es la verdadera cumbre de la alta política sanitaria.
“La unión hace la fuerza”, afirma la experta María Neira, de la OMS, quien destaca que el movimiento asociativo representa una voz colectiva con capacidad para influir en las políticas públicas. “Todo lo que sea asociarse es muy potente”, señala, al tiempo que anima a los pacientes a seguir organizándose para defender sus necesidades y derechos.
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