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El circo contemporáneo toma Nunca Jamás: la ruptura de la cuarta pared en 'The Island of Neverland' y el triunfo de la emoción multisensorial en familia
La consolidación de Madrid como epicentro europeo de los espectáculos inmersivos suma un nuevo hito con la llegada de The Island of Neverland al Espacio Delicias. La ambiciosa megaproducción concebida por LETSGO y Balich Wonder Studio despoja al clásico de Peter Pan de su nostalgia convencional para transformarlo en una experiencia física y envolvente. Bajo la dirección de Simone Ferrari y Lulu Helbaek, el montaje traslada el conflicto hacia Tempesta, la hija del Capitán Garfio, y sitúa al público en una estructura circular de 360 grados donde la acrobacia de riesgo, el teatro físico y la música en directo disuelven la cuarta pared. Sin embargo, más allá de la coreografía técnica que elogia la crítica teatral, la verdadera prueba de fuego de este tipo de montajes reside en el patio de butacas. Vivir el espectáculo en familia, acompañando a niños entre los que se encuentra un menor con discapacidad visual, revela una grata sorpresa: la obra desmiente la idea de que el circo depende exclusivamente de los ojos, demostrando cómo el diseño sonoro, la vibración y la cercanía actoral construyen una experiencia plenamente disfrutable, inclusiva y emocionante.
Inmersión desde el primer paso: texturas, complicidad y elección de bando
El diseño de la experiencia rompe desde el inicio con la pasividad habitual de la butaca. Antes de entrar en La Arena —el espacio escénico central—, los asistentes deben elegir si se alinean con los Piratas o con la Tribu de los Niños Perdidos. Para el público infantil, este preámbulo participativo desata de inmediato la imaginación.
El recorrido a través de las estancias tematizadas (el dormitorio, la Sala de los Sueños, la Bahía de los Piratas, el Bosque de las Hadas o la Roca de las Sirenas) actúa como un calentamiento multisensorial idóneo.
Para los niños con baja visión o discapacidad sensorial, este tránsito previo funciona como un mapa tangible del universo de la obra: los cambios en la ambientación acústica, los efectos de aire, los murmullos de los actores que interactúan a pie de pista y la posibilidad de intuir la escala de los decorados convierten la entrada en un juego compartido donde nadie queda rezagado ni necesita muletas explicativas para meterse de lleno en la aventura.
El esqueleto del riesgo en 360º: la música en directo como guía espacial
Una vez acomodados alrededor del escenario circular, la propuesta coreográfica de Edesia Moreno Barata despliega un engranaje de enorme complejidad que aglutina ocho disciplinas circenses: mástil chino, trapecio volante, cintas aéreas o el vibrante trampwall (cama elástica con pared vertical). La ausencia de un marco frontal tradicional sitúa las acrobacias a escasos metros de las cabezas del público, generando una tridimensionalidad palpable. Alucinante.
Es en este punto donde la arquitectura sonora firmada por John Metcalfe se convierte en la mejor aliada de la accesibilidad sensorial. Al contar con música en directo y una sonorización envolvente, los vuelos y caídas no solo se miran, sino que se escuchan y se sienten físicamente. Para un menor con discapacidad visual, como el nuestro, el desplazamiento aéreo del trapecio se percibe con nitidez a través del aire que corta la cuerda, el golpe seco del acróbata en la lona y la percusión que acompasa cada pirueta. Asimismo, números de extrema exigencia física como la suspensión capilar de Cristina Cigüela (Campanilla) cobran una dimensión poética que conmueve al público menudo por la intensidad del silencio colectivo, el murmullo de asombro de la grada y la respiración contenida que flota en la sala.
La comedia física del clown, contacto directo y risa compartida
La cercanía espacial del formato 360º desafía al elenco actoral a sostener la ficción sin escapatoria posible. Eduardo Ferrés, en el papel del Capitán Garfio, borda una interpretación apoyada en los códigos del clown y la comedia física que engancha de inmediato a los más pequeños.
Al no haber foso ni telón que separe al villano del público, el personaje interactúa a escasos centímetros de las gradas, proyectando su voz con modulaciones teatrales y apoyándose en una gestualidad sonora (el chirrido del garfio, el taconeo cómico, las quejas bufonescas) que permite a los niños con discapacidad seguir el tono de la escena con total autonomía. La complicidad entre los hermanos, las risas contagiosas ante los tropiezos de Garfio y la vibración de los aplausos compartidos certifican que la inclusión cultural no requiere artificios complejos: basta con un espectáculo vivo, cercano y sensorialmente rico para que la magia de Nunca Jamás acoja a todos los niños por igual.
Cuando el circo se vive a escasos centímetros y la música suena en riguroso directo, la magia deja de ser una imagen lejana: el entusiasmo de un niño con discapacidad visual en The Island of Neverland demuestra que la fantasía se siente, se escucha y se comparte con todo el cuerpo. Además, la constante interacción de los actores con los niños, hace de Neverland, una experiencia única, más que recomendable.
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