Lectura fácil
Los océanos del planeta atraviesan un momento crítico. Según datos difundidos por Naciones Unidas, los niveles de acidez en aguas abiertas han aumentado un 26 % desde la Revolución Industrial, una cifra que refleja el impacto acumulado de las emisiones humanas.
A esta situación de la acidez oceánica se suma el deterioro progresivo de las aguas costeras, afectadas principalmente por la contaminación y la eutrofización, un proceso derivado del exceso de nutrientes como el nitrógeno y el fósforo que altera gravemente los ecosistemas marinos.
La idea de dedicar un día a los océanos surgió en 1992 durante la histórica Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro. Desde entonces, el objetivo ha sido destacar la conexión entre los seres humanos y los mares, así como generar conciencia sobre su papel fundamental para la vida en el planeta.
No fue hasta el 5 de diciembre de 2008 cuando la Asamblea General de la ONU oficializó esta celebración anual. Desde entonces, el Día Mundial de los Océanos busca informar sobre el impacto humano en los ecosistemas marinos, fomentar un movimiento global de protección y promover la gestión sostenible de los recursos oceánicos.
Un contexto marcado por el cambio climático que trae a juego la acidez
La edición de este año llega en un momento especialmente delicado. Las temperaturas globales baten récords, el nivel del mar continúa en ascenso y la acidez y los ecosistemas marinos muestran signos evidentes de deterioro. A ello se suma la previsión de un fenómeno de El Niño hacia finales de año, que podría intensificar aún más los efectos climáticos sobre los océanos.
Ante esta situación, los países enfrentan una presión creciente para aumentar la inversión destinada a mitigar daños, adaptarse a los cambios y fortalecer la resiliencia de los entornos marinos. Como señaló Peter Thomson, enviado especial del secretario general de la ONU para los Océanos, “ningún año como 2026 ha evidenciado con tanta claridad que el océano está en el centro de la geopolítica, el comercio y las finanzas”.
Más allá de su valor ambiental, los océanos desempeñan un papel esencial en el equilibrio global. Cubren más del 70 % de la superficie terrestre, contienen el 97 % del agua del planeta y representan el 99 % del espacio habitable en volumen.
Su importancia también se refleja en su función reguladora del clima. Absorben aproximadamente el 30 % del dióxido de carbono generado por la actividad humana, ayudando a amortiguar los efectos del calentamiento global. Además, producen al menos la mitad del oxígeno que respiramos y albergan la mayor biodiversidad del planeta.
En términos sociales, más de 1.000 millones de personas dependen del océano como fuente principal de proteínas. Y desde una perspectiva económica, se estima que para 2030 el sector marino generará unos 40 millones de empleos en todo el mundo. Es por ello que el calentamiento y la acidez consecuente son factores negativos que nos afectan a todos.
Una economía global dependiente del mar
El océano no solo es clave para la vida, sino también para el funcionamiento de la economía mundial. Más del 80% del comercio internacional en volumen se transporta por vía marítima, lo que convierte a los mares en una infraestructura esencial para el intercambio global.
Según Chantal Line Carpentier, de la UNCTAD, los sectores vinculados al océano representan alrededor de 2,5 billones de dólares, lo que equivale a cerca del 7 % del comercio mundial. Además, unos 600 millones de personas dependen directamente de los recursos marinos para su sustento.
Pese a su importancia, los océanos se encuentran en una situación alarmante. Naciones Unidas advierte que el 90 % de las poblaciones de peces grandes han sido reducidas y que la mitad de los arrecifes de coral han desaparecido. Este desequilibrio que causa también esa acidez que mata la vida marina también es consecuencia de una explotación excesiva que supera la capacidad natural de regeneración.
La organización insiste en la necesidad de cambiar el enfoque actual: no se trata solo de conservar, sino de restaurar. Es imprescindible establecer un nuevo equilibrio que permita recuperar la vitalidad de los ecosistemas marinos y garantizar su sostenibilidad a largo plazo.
Un paso hacia la protección global
En este contexto, un avance significativo se produjo el pasado 17 de enero con la entrada en vigor del Tratado de Alta Mar, el primer acuerdo internacional jurídicamente vinculante destinado a proteger las aguas oceánicas fuera de las jurisdicciones nacionales.
Este pacto, fruto de casi dos décadas de negociaciones, tiene como objetivo proteger la biodiversidad en alta mar para controlar y erradicar problemas como la acidez, y establecer áreas protegidas que cubran el 30 % de estas zonas antes de 2030. Se trata de un paso clave para salvaguardar espacios que hasta ahora carecían de regulación efectiva.
Añadir nuevo comentario