¿Cómo que "el pueblo salva al pueblo" frente a los incendios forestales?

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Medios de extinción actuando contra los incendios que tuvieron lugar en la sierra de la Culebra, Zamora, en el verano de 2022.

Lectura fácil

Cada vez que las llamas devoran miles de hectáreas o las riadas anegan municipios enteros, resurge con fuerza un mantra que apela al estómago antes que a la razón: "Solo el pueblo salva al pueblo". La frase, que pretende ensalzar la solidaridad vecinal y la empatía colectiva, ha sido abrazada tanto por discursos populistas como por análisis que romantizan la autogestión de las crisis. Sin embargo, al someter la consigna a la prueba de la realidad operativa y de la ciencia de la protección civil, el lema se desmorona: no solo resulta técnicamente falso, sino políticamente contraproducente y físicamente peligroso.

Los incendios forestales del siglo XXI no son simples fuegos de monte que puedan sofocarse con cubos de agua, azadones o coraje comunitario. La complejidad de los desastres modernos exige un análisis riguroso sobre los límites del voluntarismo y la urgencia insustituible de un Estado fuerte.

La trampa del voluntarismo frente a los incendios de nueva generación

Los denominados incendios de quinta y sexta generación son fenómenos termodinámicos desatados. Generan sus propias condiciones meteorológicas, avanzan a velocidades catastróficas y proyectan pirocúmulos capaces de arrasar miles de hectáreas en cuestión de horas. Pretender que el pueblo, la población civil, carente de equipos de protección individual (EPIs), entrenamiento técnico e información satelital o meteorológica en tiempo real, puede frenar frentes de llama de más de 30 metros de altura es una irresponsabilidad.

La buena voluntad sin preparación en un escenario de extrema vulnerabilidad no apaga incendios; genera víctimas. Cuando cientos de ciudadanos bienintencionados acuden masivamente a zonas de evacuación o frentes activos de fuego, la gestión de la emergencia se complica exponencialmente. Las carreteras secundarias se colapsan por vehículos particulares, impidiendo el paso de los camiones de bomberos y la maquinaria pesada. Además, los mandos operativos se ven obligados a desviar recursos vitales de la extinción directa para rescatar a civiles atrapados que intentaban realizar labores de socorro por su cuenta. La épica del vecino del pueblo enfrentándose al monstruo de fuego hace buenas fotos, pero en el terreno operativo representa una pesadilla logística.

El peligro de la antipolítica y la absolución de la responsabilidad estatal

Más allá del ámbito estrictamente técnico, el lema contiene un veneno político de calado. Presentar el "autoservicio ciudadano" como la única salvación valida valida implícitamente la retirada del Estado y alimenta el discurso antipolítico.

Si el pueblo es el único que salva al pueblo, ¿para qué sirven los impuestos? ¿Para qué mantener un sistema público de protección civil, brigadas de bomberos forestales durante todo el año, la Unidad Militar de Emergencias (UME) o redes meteorológicas avanzadas?

Romantizar la autogestión de las catástrofes le hace el juego, paradójicamente, a quienes buscan desmantelar el sector público. Absuelve a las administraciones de sus negligencias en materia de prevención, ordenación del territorio y presupuestos forestales. Cuando se acepta la premisa de que la respuesta ante la catástrofe recae sobre los hombros de la masa de voluntarios del pueblo, se exime de responsabilidad a los gobiernos que no invirtieron en invierno, que precarizaron a los retenes o que permitieron el abandono del medio rural sin alternativas estructurales.

La solidaridad entre vecinos es un valor humano encomiable y un complemento afectivo necesario en momentos de duelo colectivo, pero jamás puede ser el sustituto de la infraestructura de un Estado moderno. La solidaridad no pilota aviones anfibios, ni coordina frecuencias de radio en medio de un pirocúmulo, ni diseña contrafuegos técnicos basados en simulaciones informáticas.

Prevención institucional y profesionalización: la verdadera defensa del territorio

La respuesta real y duradera frente a la crisis climática y los megaincendios no pasa por repartir palas al pueblo ni por alimentar mitos sobre la autosuficiencia comunitaria. Pasa por exigir más y mejor Estado.

La verdadera "salvación" del territorio exige una planificación pública que no puede dejarse en manos del voluntarismo:

  • Inversión en prevención invernal: Silvicultura preventiva, pastoreo controlado y gestión de la masa forestal mediante brigadas públicas profesionalizadas y pagadas dignamente durante los 365 días del año.
  • Coordinación interadministrativa: Mando único y protocolos estandarizados entre comunidades autónomas y el Estado central, evitando la fragmentación política durante la gestión del caos.
  • Cultura de protección civil: Formación a la población local no para que actúe como cuerpo de extinción improvisado, sino para que sepa evacuar de forma coordinada, acatar las órdenes de los mandos técnicos y mantener sus viviendas protegidas antes de la llegada del fuego.

El pueblo no se salva a sí mismo a través del heroísmo desorganizado; el pueblo se salva dotándose de instituciones públicas sólidas, con recursos suficientes, ciencia aplicada y profesionales capacitados para proteger la vida de todos. Todo lo demás es literatura populista que confunde la buena fe con la eficacia.

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