Los refugiados saharauis sobreviven a más de 50ºC tras 50 años de exilio

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¡Un niño observa cómo se humedecen bloques de cemento

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Estos días en nuestro país hablamos constantemente del calor. Bajamos las persianas de los hogares, buscamos una sombra protectora, encendemos el aire acondicionado y contamos los días que restan para que termine la ola. Pero ¿qué ocurre cuando no hay aire acondicionado? ¿Qué sucede cuando tampoco hay electricidad? ¿Qué ocurre cuando el termómetro supera con creces los 50ºC y esa dramática realidad no dura unos días, sino medio siglo entero? Para responder a esas preguntas no hace falta imaginarlo. Basta con escuchar a la activista y escritora Benda Lehbib Loucha y dirigir la mirada hacia los campamentos de refugiados saharauis en el desierto.

La lucha diaria por la supervivencia bajo el azote del viento siroco

Allí siguen viviendo mis hermanos, mis sobrinos y decenas de miles de personas. Allí el calor no es una noticia; es parte de la vida. Como los cortes de luz, la escasez de agua o la incertidumbre de no saber cuándo llegará una solución que lleva medio siglo esperando. Es inevitable pensar en todas las ocasiones en las que nos desesperamos aquí porque el climatizador tarda unos minutos en enfriar una estancia. En la hamada la conversación es radicalmente distinta. Allí no se trata de estar cómodos; se trata de aguantar un día más.

La vida límite de los refugiados saharauis entre apagones y plagas de mosquitos

Ayer, hablando con mi hermana Aichetu sobre el siroco que levanta la arena y la mete en cada rincón, le pregunté cómo lo llevaban. Me respondió sin dramatizar, como quien aprendió a convivir con lo insoportable: me dio a elegir entre quedarme fuera y enterrarme en arena o meterme dentro, sin luz y sudando. Me quedé en silencio y dejé de quejarme. Buscar aire fuera mientras la arena te golpea la cara o entrar en una casa convertida en horno porque la electricidad ha vuelto a fallar. Allí la prioridad absoluta no es el confort, sino resistir.

Nací en esos campamentos y conozco esa arena que se cuela en la comida y en los pulmones. Conozco las noches en las que dormir es un reto y los días en los que el sol no da tregua. Por eso, cuando mi hermana habla de un verano como este, sé exactamente de qué habla. A las temperaturas extremas se suman los cortes de electricidad continuos, que dejan durante horas a familias de refugiados saharauis sin ventiladores y sin opción de conservar alimentos o medicinas. Por si fuera poco, una plaga de mosquitos impide el descanso nocturno cuando el calor apenas refresca.

El peso desproporcionado sobre las mujeres y los colectivos más vulnerables

Sin embargo, el calor nunca cae sobre todos por igual: son las mujeres quienes siguen amasando el pan, cocinando, buscando agua y cuidando de los hijos, mayores y enfermos. El termómetro puede marcar 50ºC, pero las responsabilidades no entienden de temperaturas; la vida sigue porque ellas hacen que siga. Del mismo modo, los ancianos de la comunidad de refugiados saharauis afrontan cada verano con un cuerpo más cansado y vulnerable. Cuando el aire sigue quemando de noche y la electricidad desaparece durante horas, descansar deja de ser una posibilidad para convertirse en un lujo inalcanzable.

Las mujeres embarazadas atraviesan estos meses soportando un calor asfixiante mientras intentan proteger una vida que apenas empieza. Si el embarazo ya supone un enorme esfuerzo para el cuerpo, hacerlo en estas condiciones multiplica la incertidumbre. Y después están los niños, que no conocen otra realidad diferente. Crecen pensando que los apagones masivos, el calor extremo y la escasez de agua forman parte natural de la infancia, simplemente porque nunca han experimentado una existencia digna fuera de los recintos de refugiados saharauis.

De la crisis de ayuda humanitaria al estruendoso fracaso de la política internacional

Lo verdaderamente insoportable de esta situación no es únicamente que el termómetro alcance los 50ºC. Lo insoportable es saber que el verano que viene será igual de despiadado, y el siguiente, y el siguiente. A veces me pregunto qué pensaría cualquiera si le dijeran que va a pasar un verano entero sin electricidad, agua racionada, temperaturas extremas y tormentas de arena entrando por puertas y ventanas. Probablemente respondería que resulta imposible. Y, sin embargo, miles de refugiados saharauis llevan resistiendo en esas condiciones de exilio desde 1975.

Mientras aquí seguimos hablando de cuándo terminará la ola de calor, allí nadie cuenta los días porque el calor no llega y se va, sino que vuelve cada verano sobre un exilio que dura 50 años. Cuando un campamento de refugiados saharauis cumple 50 años, el problema deja de ser únicamente humanitario para convertirse en un fracaso político. Son 50 años de promesas incumplidas, resoluciones ignoradas y una comunidad internacional acostumbrada a que un pueblo sobreviva en el desierto. Aquí contamos los días para que termine el calor; allí llevan 50 años esperando que termine el exilio.

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