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Una investigación a gran escala sugiere que los genes pueden influir en los sabores que preferimos y en los alimentos que consumimos con mayor frecuencia. Los resultados apuntan además a una posible relación entre estas preferencias, el peso corporal y el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.
El gusto también puede estar relacionado con la genética
La forma en que elegimos los alimentos puede estar relacionada con algo más que nuestros hábitos o preferencias personales. Un estudio de gran tamaño sugiere que los genes también pueden influir en los sabores que buscamos para comprender mejor sus posibles efectos futuros.
La investigación, presentada en NUTRITION 2026, analizó información de cientos de miles de personas del Biobanco del Reino Unido. Los participantes habían aportado datos sobre su ADN y respondido a preguntas sobre alimentación, gustos y estado de salud.
Preferencias con una posible base biológica en los genes
Los investigadores se centraron en tres características: la preferencia por los alimentos dulces, salados y grasos. Para estudiarlas, combinaron cuestionarios sobre alimentación con información sobre las propiedades de distintos productos, como su nivel de dulzor, salinidad o contenido graso.
Después, buscaron variantes del ADN relacionadas con esas preferencias. Con estos datos elaboraron puntuaciones para estimar la predisposición de cada participante hacia determinados sabores. Este método permitió estudiar el papel de los genes en las elecciones alimentarias de un grupo muy amplio.
Los resultados apuntan a que las personas con una mayor predisposición genética a disfrutar del sabor dulce tienden a consumir más productos de este tipo. Esta relación refuerza el interés por estudiar cómo actúan los genes. La diferencia fue de unos pocos gramos de alimentos dulces al día.
Relación con el peso y la diabetes
El análisis también encontró una asociación entre una mayor predisposición hacia los sabores dulces y grasos y un mayor peso corporal. También se relacionaron con un riesgo algo mayor de diabetes tipo 2.
Según los investigadores, parte de esta relación podría explicarse por los hábitos alimentarios. Quienes sienten mayor atracción por determinados sabores pueden consumir con más frecuencia productos muy apetecibles, como bebidas azucaradas, postres, frituras o patatas fritas.
Sin embargo, esto no significa que los genes determinen qué come una persona, ya que la alimentación depende también de la cultura, el entorno, las costumbres familiares, la disponibilidad de alimentos y las decisiones personales.
Una posible ayuda para la prevención
Ante esta situación, conocer mejor el papel de los genes podría contribuir a desarrollar recomendaciones nutricionales más personalizadas. Por ejemplo, una persona con una fuerte predisposición a buscar sabores dulces podría recibir consejos específicos para reducir el consumo de azúcar.
La idea no sería establecer una dieta diferente para cada persona, sino comprender mejor por qué algunas recomendaciones funcionan de manera distinta según las características individuales.
El trabajo presenta resultados preliminares y deberá confirmarse en otros grupos. Los investigadores también quieren estudiar otras preferencias, como la sensibilidad a los sabores amargos, ácidos o umami.
Otra línea analizará si estas características influyen en la respuesta a tratamientos utilizados para la obesidad y la diabetes, incluidos los medicamentos GLP-1.
En conjunto, el estudio ofrece nuevas pistas sobre cómo la herencia puede relacionarse con nuestras elecciones alimentarias. Por eso, comprender mejor esta conexión podría ayudar a identificar factores de riesgo y diseñar estrategias preventivas más adaptadas.
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