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La acampada en Sol aumenta en noches al 15-M: blindaje hermético, relevo por los 'sintecho' y el dilema de la retirada
La Acampada por la Vivienda instalada en el "Kilómetro 0" de la capital ha alcanzado un hito de alta carga simbólica en el imaginario de la protesta social española. Según la radiografía sobre el terreno programada para la agenda informativa de este 26 de octubre de 2026, el asentamiento en la Puerta del Sol acaba de pasar las 28 noches que resistió el núcleo original del movimiento 15M en el año 2011. Sin embargo, casi un mes después de que miles de jóvenes plantaran sus tiendas para exigir la bajada de los alquileres, la fisonomía del campamento ha mutado drásticamente. Lo que nació como un clamor generacional por la emancipación se ha transformado en un recinto fuertemente hermético, mermado por el frío y el cansancio de los manifestantes, y ocupado de manera creciente por personas sin hogar a las que los organizadores asisten, mientras debaten en asamblea cómo y cuándo ejecutar una "desacampada" ordenada.
De la crisis del alquiler al refugio de la indigencia
La acampada en Sol actual guarda poco parecido con la explanada abierta de los primeros días. Tras la salida oficial del Sindicato de Inquilinas al término de la primera semana —para centrarse en la preparación de la huelga general del próximo 11 de noviembre (11N)—, la gestión recayó en una asamblea ciudadana horizontal y sin siglas. Para protegerse de la lluvia, el frío y los ataques externos (que han incluido concentraciones neonazis e intentos de sabotaje a las carpas), el recinto se ha blindado con lonas que ocultan su interior, dejando apenas pasillos de tránsito para los viandantes.
Bajo ese hermetismo se ha producido un relevo demográfico evidente. Las bajas temperaturas y el agotamiento han diezmado la presencia de estudiantes y jóvenes precarios, dejando muchas tiendas vacías que rápidamente han sido ocupadas por personas en situación de extrema exclusión social, indigentes y migrantes sin papeles. Frente al riesgo de que la situación derivara en conflictos por adicciones o convivencia, la organización ha optado por integrar a estos "nuevos inquilinos", apoyándose en psicólogos y asignándoles tareas de limpieza y seguridad. Según los portavoces de la protesta, el campamento ha terminado asumiendo un trabajo de asistencia y manutención básica (ofreciendo tres comidas diarias) que palía las carencias de los servicios sociales municipales.
El pulso político y policial: entre el "atrezzo" y la reivindicación
La prolongación de la protesta mantiene viva la tensión institucional en el corazón de Madrid. El alcalde, José Luis Martínez-Almeida, ha cuestionado la legitimidad de la ocupación del espacio público, reclamando un censo de los acampados tras denunciar que existen "más tiendas vacías que personas". Por su parte, la organización rechaza esta exigencia tachándola de ilegal y defiende su derecho de reunión y protesta.
El cruce de acusaciones más duro proviene del ámbito policial. El sindicato Jupol ha calificado el campamento de "atrezzo", asegurando que por las noches apenas permanece un 30 % del aforo inicial y denunciando que la asamblea habría sido infiltrada por grupos radicales violentos, acusación que la organización niega tajantemente, defendiendo el carácter estrictamente pacífico de su demanda por una "vida digna". Mientras tanto, la Delegación del Gobierno mantiene la orden de no proceder al desalojo forzoso ni efectuar identificaciones masivas en el interior del perímetro para evitar altercados de orden público.
El dilema de la 'desacampada' y el fantasma del 15M
A medida que el cansancio se acumula, el debate más candente en las asambleas de los llamados "barrios" (las subdivisiones internas del campamento) es fijar la fecha y el formato de la retirada. Las opciones sobre la mesa oscilan entre mantener la presión física hasta la huelga general del 11N, aguantar hasta las elecciones generales del 29N, o incluso llegar a las campanadas de Fin de Año.
El consenso mayoritario apunta a organizar un acto de cierre público y altamente simbólico para devolver la pelota al tejado de las administraciones públicas. No obstante, sociólogos y analistas advierten de un paralelismo ineludible con el desenlace del 15M: en 2011, los movimientos sociales decidieron levantar la acampada en Sol tras 28 días, pero las personas sin hogar que habían encontrado allí refugio permanecieron en la plaza hasta ser finalmente desalojadas por la policía tras 79 noches. El reto actual de la Acampada por la Vivienda es evitar que su desenlace político se diluya en un problema crónico de exclusión social.
«Nosotros nos hemos plantado donde vivían ellos [las personas sin hogar], pero al menos desde que estamos aquí muchos tienen tres comidas diarias. La acampada en Sol está sosteniendo en sus hombros el trabajo social que el Ayuntamiento no gestiona».
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