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La concienciación sobre las necesidades especiales en la educación ha evolucionado favorablemente en las últimas décadas. Ha aumentado la visibilidad de estos estudiantes, de los cuales un tercio son personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA). En el último curso se identificaron más de 100.000 alumnos con esta condición en España, según datos del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deporte recogidos por la Confederación Autismo España. En los últimos dos años, el número ha crecido un 17,5 %, pero la tendencia al alza comenzó hace 14 años. Desde el curso 2011-2012, se ha producido un aumento de 88.954 estudiantes, lo que supone un incremento de casi un 468 %.
Marta Plaza, responsable de Investigación de la confederación, explica que el incremento responde a la optimización de los sistemas de detección precoz y al refinamiento de criterios del DSM-5. "Hoy existe un mayor conocimiento del autismo entre profesionales", celebra. Eso permite identificar señales que antes pasaban desapercibidas. Gracias a ello ahora se puede detectar más fácilmente en niñas o personas con alta capacidad cognitiva, casos que antes no solían verse. Además, se suma la modernización en el registro dentro del sistema educativo, permitiendo una contabilidad más precisa.
El desafío del autismo en la escolarización ordinaria
Ante estos datos, cabe preguntarse si el sistema educativo español está preparado para asumir un volumen de alumnos que supone el 1,3 % del total no universitario y una tercera parte del grupo de necesidades especiales. El 85 % de estos alumnos está matriculado en modalidad ordinaria. Plaza lo tiene claro: "Se ha avanzado en sensibilización, pero todavía persisten barreras". No siempre se cuenta con recursos, formación o acompañamiento necesarios para responder a las necesidades en las distintas etapas.
Muchos estudiantes con autismo continúan encontrando dificultades relacionadas con los espacios físicos, el currículo, los métodos de enseñanza, la evaluación o la participación social dentro y fuera del aula. Van a clase, pero no forman parte de ella. En la práctica, esto se traduce en una exclusión real en contextos clave como el patio, comedor, horario ampliado, excursiones o transporte escolar, se queja Ana Vidal, de ProTGD. Ella defiende que, para que la inclusión sea exitosa, los centros deben garantizar herramientas que hoy escasean, como una metodología flexible, accesibilidad cognitiva, sistemas aumentativos y alternativos de comunicación (SAAC) y docentes con formación especializada.
Barreras invisibles y el colapso de la orientación
Plaza denuncia la desigualdad en apoyos especializados y formación para el profesorado, afectando directamente a la calidad educativa. María José Ucendo, directora técnica de la Asociación de Padres de Personas con autismo (APNA), insiste en que la escolarización ordinaria debe ir acompañada de medios suficientes si se quiere lograr un efecto real. Además, no se pueden pasar por alto las alteraciones en el procesamiento sensorial. Entornos con mucho ruido, iluminación intensa o falta de estructura generan estrés y afectan al aprendizaje y bienestar del alumnado con autismo.
Uno de los colectivos más afectados por esta falta de recursos son los orientadores escolares. Ana Cobos, presidenta de la Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación de España (COPOE), denuncia que están desbordados. A ellos corresponde determinar la necesidad educativa y darle respuesta. El TEA se suele diagnosticar en torno a los 3 años, coincidiendo con la escolarización, de ahí su papel fundamental en la detección. España tiene una ratio de 800 estudiantes por orientador, mientras que la UNESCO recomienda 1 por cada 250. Esta ratio se cumple en el País Vasco, pero en comunidades como Andalucía se llega a triplicar. Cobos califica la reclamación de bajar las ratios como un acto de justicia.
El muro de los 16 años y la brecha económica
España suspende en la enseñanza postobligatoria: solo el 3,38 % del alumnado está en Bachillerato y a los ciclos formativos llega el 3,48%. Al llegar a los 16 años, el entorno deja de adaptarse. Plaza apunta que estas etapas son más exigentes en autonomía y habilidades sociales, pero cuentan con menos apoyos, reduciendo los mecanismos de acompañamiento. Asimismo, critica la carencia en orientación vocacional adaptada para prevenir el abandono escolar. Vidal cree que el problema radica en que el sistema asume erróneamente que en estos niveles superiores ya no se necesitan apoyos, y denuncia la falta de continuidad de las aulas específicas en secundaria. Por su parte, Cobos destaca la necesidad de que el profesorado de secundaria tenga más formación en psicopedagogía.
Ante la escasez de profesionales especializados en horario lectivo —como Pedagogía Terapéutica (PT) y Audición y Lenguaje (AL)—, muchas familias deben costear terapeutas privados por las tardes. Esta situación, según Ucendo, evidencia una desigualdad preocupante que quiebra la equidad: "Hay familias que pueden sostener una intervención privada complementaria y otras que no", lo que genera diferencias insalvables. A este gasto se suma la pérdida de poder adquisitivo familiar, ya que a menudo uno de los progenitores debe dejar de trabajar o reducir su jornada para atender los cuidados.
Hacia una reforma profunda del sistema
El reto del sistema educativo no se limita a diagnosticar, sino a consolidar modelos que aseguren el bienestar emocional, el aprendizaje y la protección frente al acoso escolar, donde este alumnado es especialmente vulnerable. Para lograrlo, desde la Confederación autismo España se urge a estabilizar los recursos en los centros, flexibilizar las metodologías y evaluaciones, y mejorar la coordinación sociosanitaria.
Mientras que APNA propone reforzar los entornos especializados para aquellos casos con grandes necesidades de apoyo, ProTGD defiende una transformación hacia una escuela única que procure los recursos y ajustes que cada alumno requiera, demostrando que la plena inclusión sigue siendo el desafío pendiente de las aulas.
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