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Las Naciones Unidas nos recuerdan que, incluso en los rincones más oscuros y devastados de nuestro planeta, el espíritu humano encuentra grietas por donde hacer florecer la esperanza. El reportaje de Noticias ONU del que nos hacemos eco, nos traslada a la durísima realidad de los campamentos de desplazados en la Franja de Gaza, un escenario donde la supervivencia diaria es un milagro, pero donde el balón de fútbol se ha convertido en una trinchera emocional invaluable para la infancia.
Cada sonrisa que arranca ese balón, aunque sabemos con dolorosa transparencia que es una "alegría prestada", un paréntesis de noventa minutos en mitad de un trauma colectivo que tardará generaciones en sanar. Sabe mucho mejor la vida, incluso entre las lonas de plástico de un refugio, cuando un niño puede volver a ser simplemente un niño corriendo detrás de una pelota.
Un balón como medicina psicosocial
El artículo nos sitúa en una realidad donde el equipamiento es un lujo inexistente. El título lo dice todo: "Botas prestadas". En estos campos de tierra y escombros, un par de zapatillas deportivas pasa por diez manos distintas en una sola tarde; las camisetas se comparten y las porterías se pintan con tiza en las paredes supervivientes o se improvisan con bidones de agua vacíos.
En el área de Al-Mawasi, al oeste de Jan Yunis, donde las tiendas de campaña se extienden sobre la arena y se forman largas colas para conseguir agua y comida, Asaad Al-Azzabi se prepara para un partido muy lejos de lo que una vez conoció.
Antes de la guerra, Al-Azzabi jugaba para el Club Al-Tajammu en Rafá, donde él y sus compañeros tenían acceso a canchas, gimnasios, entrenadores y equipamiento. Ahora, tiene suerte si encuentra botas para jugar. "A veces tomo prestado un par de un amigo o las arreglo con cinta adhesiva", dice.
Su hogar es ahora una tienda de campaña en el campamento de Al-Rahma, un refugio para desplazados de Rafá, donde el acceso a agua limpia y servicios de saneamiento es escaso. Vive solo, después de que su esposa se fuera a Jordania con su hijo, que tiene cáncer, para buscar tratamiento.
En medio de la lucha por satisfacer las necesidades básicas, Al-Azzabi se prepara para el partido contra el cercano campamento de Sheikh Al-Eid. Explica el plan de juego a sus jugadores dibujando en la arena, antes de que el equipo se dirija a pie hacia una cancha ubicada entre las tiendas de los desplazados.
Descompresión del estrés postraumático severo
Desde una perspectiva médica y psicológica, el fútbol en Gaza no es ocio; es terapia de choque. El nivel de cortisol (la hormona del estrés) en los niños que han sobrevivido a meses de bombardeos y desplazamientos forzosos está en niveles críticos permanentes.
El árbitro Alaa Abu Taha, colegiado de la Asociación Palestina de Fútbol y desplazado de Rafá, afirma que el fútbol se ha convertido en la "única válvula de escape" para muchas personas en Gaza.
"Con los recursos más limitados, intentamos jugar. Ahora no hay infraestructura deportiva. La cancha donde estamos ahora fue preparada originalmente para baloncesto y voleibol, pero nuestra gente lo crea todo de la nada", explica.
El ejercicio físico extenuante y el enfoque mental que exige un partido de fútbol permiten al cerebro una descompresión necesaria:
- Focalización del pensamiento: Durante el partido, el cerebro se concentra en el juego y apaga temporalmente el estado de alerta constante por bombardeos.
- Liberación de endorfinas: El juego genera dopamina y serotonina, neurotransmisores vitales para combatir los cuadros severos de depresión infantil que la ONU lleva denunciando de forma sistemática.
Reconstrucción del tejido comunitario y la resiliencia
La guerra aísla y destruye las redes de apoyo. El fútbol vuelve a juntar a los niños, les enseña a trabajar en equipo y restablece normas de convivencia que la violencia diaria les ha robado. Sabe mucho mejor compartir las botas con un compañero de lona si eso significa que ambos podéis tocar el balón. La transparencia de los testimonios de los entrenadores locales —muchos de ellos voluntarios desplazados— demuestra que los adultos también encuentran en la gestión de estos partidos un propósito vital para no dejarse arrastrar por la desesperación.
El fútbol no va a reconstruir las casas destruidas ni a devolver a los seres queridos que se han ido, pero por una tarde, el grito de un gol tapa el eco de la guerra y les devuelve a los niños la dignidad de su infancia.
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