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La protección de los océanos se enfrenta a una amenaza cada vez más preocupante: el crecimiento de la pesca industrial y, especialmente, el uso de grandes buques dedicados a la pesca de arrastre de fondo. Greenpeace ha vuelto a poner el foco sobre esta práctica pesquera, a la que considera una de las principales responsables de la destrucción de los ecosistemas submarinos. La organización ecologista denuncia que estos barcos arrasan hábitats marinos, destruyen arrecifes de coral que pueden tener miles de años y capturan numerosas especies que ni siquiera forman parte de sus objetivos comerciales.
Para llamar la atención sobre este problema, Greenpeace ha organizado una acción de protesta en el puerto de Marín, en Pontevedra. El objetivo ha sido denunciar la construcción de grandes arrastreros y advertir de las consecuencias ambientales que puede tener seguir aumentando la capacidad de extracción de los recursos marinos. La campaña ha tenido como protagonista al Voyager, un nuevo buque pesquero que se está construyendo en Galicia y que está destinado a convertirse en el mayor arrastrero de la flota de la compañía neozelandesa Talley's.
La organización ha calificado este tipo de embarcaciones como auténticos «asesinos de los océanos», debido al enorme impacto que pueden provocar sobre la vida marina. Su mensaje pretende poner de manifiesto una contradicción: mientras científicos y organizaciones ambientales reclaman medidas urgentes para conservar los fondos oceánicos, la industria continúa apostando por barcos cada vez más grandes y con mayor capacidad para capturar peces.
La pesca de arrastre de fondo, una amenaza para los ecosistemas submarinos
La pesca de arrastre de fondo es una técnica que consiste en desplazar grandes redes por el lecho marino para capturar las especies que se encuentran en esa zona. Aunque se trata de un método utilizado desde hace décadas por diferentes sectores de la industria pesquera, sus consecuencias ambientales generan una preocupación creciente.
Greenpeace advierte de que las redes empleadas en esta modalidad pueden destruir prácticamente todo lo que encuentran a su paso. No solamente capturan peces, sino que también dañan los hábitats donde viven numerosas especies y alteran ecosistemas que han necesitado siglos para desarrollarse.
Uno de los daños más graves afecta a los arrecifes de coral de aguas profundas. Algunos de estos organismos tienen una antigüedad extraordinaria y forman estructuras fundamentales para la biodiversidad marina. Constituyen refugios, zonas de alimentación y espacios de reproducción para diferentes animales. Sin embargo, cuando una red de arrastre pasa por encima de ellos, puede romper y destruir estructuras que tardarán cientos o incluso miles de años en recuperarse.
El problema es especialmente preocupante porque los fondos marinos albergan una biodiversidad que todavía no se conoce completamente. La destrucción de estos espacios supone perder hábitats esenciales y poner en peligro a especies que dependen de unas condiciones ambientales muy concretas para sobrevivir.
Por este motivo, Greenpeace considera que permitir que los grandes arrastreros sigan operando en zonas ecológicamente sensibles supone asumir un riesgo ambiental demasiado elevado.
El Voyager, un nuevo superarrastrero que preocupa a Greenpeace
La protesta celebrada en el puerto gallego de Marín ha señalado directamente al Voyager, una embarcación de 79 metros de eslora que se está construyendo para la empresa pesquera neozelandesa Talley's.
Este barco está llamado a convertirse en el mayor arrastrero de la flota de la compañía. Su construcción ha servido a Greenpeace para denunciar lo que considera una apuesta por mantener e intensificar un modelo de explotación pesquera con importantes consecuencias para los ecosistemas marinos.
La organización sostiene que no resulta coherente incrementar el tamaño y la capacidad de los buques industriales cuando existe una necesidad urgente de reducir la presión sobre los océanos. En su opinión, la construcción de embarcaciones cada vez más potentes representa una inversión que perpetúa un sistema de extracción que debería evolucionar hacia alternativas más respetuosas con el medio ambiente.
La campaña también tiene una dimensión internacional. Greenpeace reclama a Nueva Zelanda que prohíba la pesca de arrastre de fondo en los montes submarinos de su entorno y en las aguas internacionales del Pacífico Sur. Estas zonas pueden albergar ecosistemas especialmente vulnerables, cuya conservación resulta fundamental para mantener el equilibrio de la biodiversidad marina.
Las capturas accidentales agravan el impacto ambiental de la pesca industrial
La destrucción física de los fondos oceánicos no es la única consecuencia negativa de esta actividad. Otro de los grandes problemas es la captura de animales que no estaban destinados a ser pescados y que terminan siendo descartados.
Las redes de la pesca de arrastre pueden atrapar numerosas especies diferentes durante una misma operación. Algunas no tienen interés comercial para la embarcación, otras no cumplen los requisitos de tamaño y muchas quedan atrapadas de manera accidental.
En este sentido, Greenpeace señala los resultados de su informe MAS, publicado durante el verano del año anterior a la noticia. Según los datos recogidos en ese documento, los arrastreros congeladores pueden llegar a descartar hasta el 62,3 % de sus capturas.
Esta cifra permite comprender la magnitud del problema. Una parte considerable de los animales que entran en las redes puede acabar desperdiciada, lo que representa una presión adicional sobre las poblaciones marinas.
Además, estas capturas no deseadas pueden afectar a especies que desempeñan funciones importantes en los ecosistemas. La desaparición de determinados animales puede alterar las cadenas alimentarias y provocar desequilibrios que terminan repercutiendo en otras poblaciones.
Por tanto, el impacto de la pesca de arrastre va mucho más allá de los peces que llegan finalmente a los mercados. También afecta a organismos que no tienen valor comercial y a los espacios naturales que permiten que la vida marina se desarrolle.
Greenpeace recuerda los antecedentes de la compañía Talley's
La organización ecologista también ha puesto sobre la mesa el historial de la empresa Talley's, propietaria de la flota a la que se incorporará el Voyager.
Según Greenpeace, algunos barcos vinculados a esta compañía han protagonizado anteriormente actuaciones controvertidas relacionadas con la pesca en espacios protegidos.
Uno de los casos señalados es el del Amaltal Apollo, que faenó en 2018 en una zona protegida del Lord Howe Rise. Otro antecedente corresponde al Amaltal Mariner, que fue condenado en 2019 por utilizar redes de arrastre en una reserva marina de Nueva Zelanda.
Estos episodios forman parte de los argumentos utilizados por Greenpeace para cuestionar la actividad de la compañía y advertir de los riesgos que puede representar la incorporación de un nuevo buque de grandes dimensiones.
Desde la organización consideran que construir otro superarrastrero significa prolongar un modelo pesquero que necesita cambios profundos. La prioridad, defienden, debería ser proteger los ecosistemas y garantizar que las actividades económicas relacionadas con el mar puedan desarrollarse sin destruir los recursos naturales de los que dependen.
La pesca artesanal como alternativa a los grandes barcos industriales
Frente al crecimiento de las grandes flotas industriales, Greenpeace reclama prestar mayor atención a la pesca artesanal y a otros modelos de explotación de los recursos marinos que tengan un impacto ambiental menor.
La organización considera que los pequeños pescadores pueden desempeñar un papel importante en la transición hacia una actividad pesquera más sostenible. Sin embargo, denuncia que este sector no recibe el mismo respaldo que la pesca industrial, pese a que sus métodos pueden ejercer una presión mucho menor sobre determinados ecosistemas.
El debate no consiste únicamente en decidir qué barcos pueden pescar o qué cantidades de pescado pueden extraerse. También implica plantearse qué modelo de gestión de los océanos se quiere mantener durante las próximas décadas.
Una actividad pesquera sostenible debe tener en cuenta la capacidad de regeneración de las especies, la conservación de los hábitats y la necesidad de evitar capturas innecesarias. De lo contrario, la explotación continuada puede terminar perjudicando tanto a la naturaleza como a las comunidades que dependen económicamente del mar.
Más protección marina y menos destrucción de los fondos oceánicos
La solución que plantea Greenpeace pasa por adoptar medidas concretas para reducir el impacto de la pesca industrial. Entre sus principales reivindicaciones se encuentra la prohibición de la pesca de arrastre de fondo en los ecosistemas más vulnerables, especialmente en montes submarinos y zonas con arrecifes de coral de gran valor ecológico.
También reclama ampliar la superficie de las áreas marinas protegidas y garantizar que estas zonas cuenten con medidas efectivas de conservación. No basta con establecer espacios protegidos sobre el papel: es necesario evitar que determinadas actividades puedan seguir deteriorando los hábitats que se pretende preservar.
Otra de las prioridades debe ser destinar más recursos a impulsar modelos pesqueros sostenibles y apoyar a los profesionales que desarrollan una actividad con menor impacto ambiental.
La protesta de Greenpeace en Marín vuelve a poner sobre la mesa una cuestión fundamental: los océanos no son recursos ilimitados que puedan explotarse indefinidamente. Sus ecosistemas necesitan tiempo para recuperarse y algunas de las estructuras naturales que los forman son prácticamente irremplazables a escala humana.
La construcción del Voyager se ha convertido así en el símbolo de un debate que va mucho más allá de un único barco o de una empresa pesquera. Lo que está en juego es el futuro de los fondos marinos y la capacidad de las administraciones para frenar las prácticas que amenazan su biodiversidad.
Proteger los océanos exige decisiones que vayan más allá de las declaraciones de buenas intenciones. Reducir la pesca destructiva, reforzar las zonas protegidas y apostar por alternativas responsables son pasos esenciales para evitar que los arrecifes milenarios, las especies marinas y los ecosistemas submarinos desaparezcan bajo el paso de las grandes redes industriales.
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