El mejillón gallego y el ostión japonés, dos crisis separadas por miles de kilómetros con un mismo origen: el cambio climático

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Las rías gallegas con las bateas donde se crían los mejillones

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El mar está enviando señales cada vez más contundentes de que los ecosistemas marinos atraviesan un momento crítico. Lo que sucede en Galicia y en Japón demuestra que las consecuencias del cambio climático ya no pertenecen al futuro, sino que están alterando la producción de alimentos, la economía de las comunidades costeras y la estabilidad de una de las industrias acuícolas más importantes del planeta. Mientras las administraciones avanzan con lentitud en la adopción de medidas de adaptación, los productores se enfrentan a pérdidas históricas provocadas por fenómenos extremos cada vez más frecuentes a causa del cambio climático.

En 2026, el mejillón gallego sufrió una de sus peores crisis recientes debido a un episodio excepcional de lluvias persistentes. Al mismo tiempo, la bahía japonesa de Hiroshima registró una mortalidad sin precedentes en sus ostiones tras el verano más cálido desde que existen registros. Dos escenarios distintos, pero unidos por una misma realidad: el calentamiento global está modificando el comportamiento del océano y poniendo en riesgo la acuicultura.

Diez borrascas consecutivas desencadenaron una mortandad masiva en Galicia

El invierno de 2026 dejó una imagen devastadora en la ría de Arousa. Miles de toneladas de mejillón gallego (Mytilus galloprovincialis) murieron incluso a apenas dos metros de profundidad, sorprendiendo a un sector que inicialmente temía que el calor fuese el responsable. Sin embargo, el verdadero enemigo fue la pérdida extrema de salinidad del agua.

Entre el 3 y el 7 de febrero, la estación oceanográfica de Cortegada registró valores inferiores a 10 partes por mil, con momentos puntuales en los que la salinidad descendió por debajo de 5. Estas cifras se sitúan muy lejos del umbral de supervivencia del mejillón, establecido alrededor de las 12 partes por mil, convirtiendo el agua dulce en un factor letal para los moluscos.

El origen de este desplome estuvo en una sucesión de aproximadamente diez borrascas que descargaron cerca de 290 litros por metro cuadrado al día. La enorme cantidad de lluvia diluyó el agua marina de las rías hasta niveles incompatibles con la vida del mejillón cultivado en las bateas, provocando una mortalidad que afectó de lleno a los productores gallegos.

La crisis causada por el cambio climático llega además en un momento especialmente delicado para la acuicultura gallega. Los datos del Instituto Gallego de Estadística muestran un deterioro continuado de la producción durante los últimos años, reflejando la vulnerabilidad de un sector muy dependiente de las Rías Baixas.

La producción pasó de 231.973 toneladas en 2022 a 190.407 toneladas en 2023. Lejos de recuperarse, la tendencia continuó hasta alcanzar en 2025 apenas 189.252 toneladas, el volumen más bajo registrado desde 2007.

Esta evolución evidencia que concentrar gran parte de la producción bivalva en un territorio relativamente reducido incrementa la exposición frente a fenómenos climáticos extremos. Una única sucesión de temporales, una ola de calor prolongada o alteraciones en la circulación marina pueden comprometer la campaña completa y afectar a miles de familias que dependen directamente del cultivo del mejillón.

Hiroshima pierde el 90 % de sus ostiones tras un verano histórico por el cambio climático

A más de diez mil kilómetros de Galicia, la bahía de Hiroshima atraviesa una crisis de dimensiones similares. Esta zona concentra cerca de dos tercios de toda la producción japonesa de ostión (Crassostrea gigas), convirtiéndose en el principal motor de esta actividad en el país asiático.

Los productores japoneses están acostumbrados a asumir pérdidas anuales de entre el 30 % y el 50 %, pero la situación cambió radicalmente tras el verano de 2025. La mortalidad alcanzó casi el 90 %, un porcentaje considerado inasumible para el sector y que obligó al Gobierno japonés a intervenir con préstamos de emergencia a cinco años y con intereses muy reducidos para sostener la actividad.

El detonante fue el verano más cálido registrado en Japón desde 1898, con temperaturas medias situadas 2,36 ºC por encima de lo habitual a causa del cambio climático. El exceso de calor favoreció la estratificación del agua, reduciendo la mezcla entre capas marinas y dificultando tanto la circulación del oxígeno como la distribución del fitoplancton, principal fuente de alimento de estos moluscos. El resultado fue un debilitamiento progresivo de los ostiones hasta provocar una mortandad masiva.

Las olas de calor también amenazan a las Rías Baixas

Aunque Galicia dispone de un mecanismo natural de protección que Japón no posee con la misma intensidad, los expertos advierten de que ese escudo podría dejar de funcionar si cambian las condiciones atmosféricas.

Las Rías Baixas son profundas y permiten el afloramiento de aguas frías procedentes del subsuelo marino. Este fenómeno, impulsado por el viento, ayuda a mantener temperaturas moderadas durante el verano y actúa como regulador térmico de las zonas de cultivo.

Sin embargo, durante el verano de 2025 quedó demostrado lo frágil que puede ser ese equilibrio. Los días 3 y 4 de julio comenzaron con temperaturas cercanas a los 15 ºC gracias al afloramiento registrado por la estación Torallamar del Ecimat. Pero cuando el viento perdió intensidad, el movimiento de las aguas profundas prácticamente desapareció y la temperatura superficial aumentó rápidamente hasta los 19 ºC. Como consecuencia, las aguas de Vigo permanecieron por encima de los 20 ºC durante aproximadamente dos semanas.

El precedente más preocupante se produjo en 2022, cuando una ola de calor provocó pérdidas cercanas a 150.000 kilos de mejillón en el Delta del Ebro tras mantenerse el agua por encima de los 30 ºC durante al menos seis meses.

Adaptarse ya es una necesidad para garantizar el futuro del sector

Las dos crisis dejan una enseñanza evidente: el cambio climático afecta de formas diferentes según cada ecosistema, pero sus consecuencias económicas y ambientales son igualmente devastadoras.

Entre las medidas inmediatas destaca la implantación de sistemas de monitorización continua capaces de medir en tiempo real la temperatura, la salinidad y el oxígeno del agua en las zonas de bateas. Esta información permitiría actuar con antelación mediante la reubicación o el hundimiento preventivo de las estructuras de cultivo cuando las condiciones ambientales alcanzasen niveles críticos.

A largo plazo, el reto pasa por una gestión sostenible de los bancos naturales de mejillón y por impulsar investigaciones genéticas orientadas a seleccionar ejemplares con mayor resistencia tanto a la baja salinidad como al estrés térmico. La experiencia de Hiroshima demuestra que esperar a que llegue la siguiente crisis puede resultar mucho más costoso que invertir hoy en prevención.

La distancia entre Galicia y Japón es enorme, pero el mensaje que llega desde ambas costas es el mismo: proteger la acuicultura significa también proteger la seguridad alimentaria, el empleo y la salud de unos mares cada vez más sometidos a los extremos que nos deja el cambio climático.

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