Lectura fácil
La capacidad para detectar una estafa telefónica, evitar una conexión wifi pública o desconfiar de un mensaje sospechoso está ampliamente extendida entre la población analizada. Sin embargo, ese conocimiento no siempre se traduce en un uso saludable y consciente de la tecnología. Solo el 9,3% de las personas participantes logra un nivel sólido de bienestar digital, según concluye el ‘II Estudio de Bienestar Digital’, promovido por ING junto a la Unión Española de Creadores, la Universidad Europea y la Universidad Politécnica de Valencia.
El informe refleja una realidad con dos caras. Por un lado, existe una buena preparación ante riesgos digitales claros y reconocibles. Por otro, persisten hábitos cotidianos que dificultan mantener una relación equilibrada, segura y menos automática con móviles, redes sociales y aplicaciones.
La investigación se apoya en 365 autoevaluaciones realizadas entre el 24 de junio y el 21 de julio de 2026. En total, analiza 27 comportamientos vinculados con la seguridad, la protección de datos, la prevención de amenazas, los patrones de uso y la huella digital.
Más prevención que equilibrio tecnológico en lo que se refiere a bienestar digital
Los resultados muestran una diferencia notable entre la preparación ante amenazas específicas y la gestión personal de la tecnología. En una escala de hasta 100 puntos, las personas consultadas alcanzan una media de 90,7 puntos en prevención de riesgos y de 83,9 puntos en ciberseguridad.
Las cifras bajan, en cambio, en los ámbitos relacionados con el día a día digital. La puntuación media se sitúa en 64,9 puntos en hábitos de uso y en 68,9 puntos en huella y bienestar digital. El contraste evidencia que identificar un intento de fraude puede resultar más sencillo que controlar el tiempo de pantalla, evitar el consumo compulsivo de contenidos o establecer límites claros al uso del móvil.
La mayor parte de los participantes parece actuar con prudencia cuando se enfrenta a situaciones claramente peligrosas. El 94,5% asegura que no realizaría operaciones conectándose a una red wifi pública. Asimismo, el 78% afirma que colgaría ante una llamada de alguien que se presentase como representante de su banco y generase sospechas.
No obstante, hay conductas menos visibles que continúan abriendo puertas a posibles problemas. El 43,8% reconoce reutilizar contraseñas, una práctica que puede aumentar el impacto de una filtración de datos si una misma clave sirve para varias cuentas. A ello se suma que el 35% acepta permisos de aplicaciones sin comprobar previamente qué información se solicita o para qué se utilizará.
El móvil gana terreno en la rutina
Las mayores dificultades no están tanto en la reacción frente a una amenaza puntual como en la forma en la que las personas se relacionan cada día con sus dispositivos. El uso continuado de redes sociales, las consultas automáticas y la presencia del teléfono en momentos de descanso aparecen como algunas de las principales señales de alerta que recoge el estudio de bienestar digital.
El 63,6% de las personas encuestadas admite dedicar a las redes sociales más tiempo del que desearía. Además, el 62,5% consulta el móvil cuando se acuesta, mientras que el 56,2% considera que su tiempo total de pantalla es superior al que le gustaría mantener. La automatización del gesto también es relevante: el 50,1% usa el teléfono de manera casi mecánica mientras espera.
Estos datos apuntan a que el problema no siempre procede de un uso intensivo deliberado. En muchos casos, el dispositivo se convierte en una respuesta inmediata a los tiempos muertos, al aburrimiento o a la espera, sin una decisión consciente sobre qué se quiere hacer o cuánto tiempo se quiere dedicar a ello.
El estudio de bienestar digital detecta también una distancia entre cómo las personas valoran su relación con la tecnología y lo que reflejan sus propios hábitos. El 84,9% considera que tiene control sobre su uso digital. Sin embargo, dentro de ese mismo grupo, el 58,7% consulta el móvil en la cama y el 50,6% no supervisa el tiempo que pasa ante la pantalla.
La conclusión es que sentirse en control no implica necesariamente disponer de mecanismos concretos para gestionar las notificaciones, limitar el consumo de contenidos o desconectar en momentos destinados al descanso. La conciencia sobre los riesgos parece estar más desarrollada que la capacidad para introducir cambios sostenidos en la rutina.
Las diferencias entre edades también son significativas. Las personas de entre 20 y 29 años declaran comportamientos de ciberseguridad comparables a los del grupo de 50 a 59 años en las situaciones estudiadas. Sin embargo, el grupo más joven obtiene peores resultados en hábitos de uso.
El consumo intensivo de contenidos, las interrupciones frecuentes y la consulta automática del móvil explican buena parte de esta diferencia. De este modo, la brecha no se sitúa necesariamente en saber reconocer una estafa o proteger una cuenta, sino en la dificultad para reservar atención, tiempo y descanso fuera de las pantallas.
Menores y acompañamiento digital
El acompañamiento de niños y adolescentes constituye otro de los ámbitos de mejora identificados. El 50,7% de las respuestas señala que los menores de su entorno utilizan tecnología sin normas definidas o que la gestión se basa principalmente en prohibiciones.
El dato plantea el reto de pasar de una supervisión centrada únicamente en restringir el acceso a un acompañamiento basado en acuerdos, orientación y aprendizaje. La propuesta no es alejar a los menores de la tecnología, sino ayudarles a utilizarla con referencias claras sobre seguridad, tiempos de uso, privacidad y comportamiento en entornos digitales.
A partir de los resultados, ING mantiene su iniciativa ‘Bienestar Digital’, estructurada en tres grandes áreas: seguridad, hábitos de uso y salud mental. La campaña se ha iniciado con ‘Expertos al rescate’, una serie de contenidos en la que especialistas abordan escenarios relacionados con fraudes, consumo automático de información y redes sociales.
Añadir nuevo comentario