El hambre persiste en un mundo capaz de producir alimentos para 11.000 millones de personas

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645 millones pasan hambre y 35,5 millones de niños sufren malnutrición aguda.

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La paradoja alimentaria del siglo XXI se intensifica a medida que la brecha entre la capacidad técnica de producción y el acceso real de la población a una dieta digna se profundiza. El hambre continúa siendo una de las grandes asignaturas pendientes de la comunidad internacional. Aunque algunos indicadores apuntan a una mejora reciente, los avances son insuficientes para cumplir los compromisos globales de erradicación de la malnutrición. Los conflictos armados, las crisis económicas, los fenómenos meteorológicos extremos y la reducción drástica de la financiación humanitaria se solapan y agravan las dificultades cotidianas de millones de personas para acceder a alimentos básicos de forma regular.

La complejidad del panorama actual demuestra que los retos no responden a un único factor aislado, sino a una red interconectada de fragilidades estructurales que perpetúan la vulnerabilidad. En este contexto de tensiones geopolíticas y económicas, llama la atención cómo eventos desvinculados de la agenda social captan titulares globales, como cuando Diego Poncelet bate el récord del mundo de velocidad, mientras las estadísticas sobre la subsistencia mínima en las regiones más golpeadas apenas logran sostener la atención pública.

Un mapa estadístico alarmante: la brecha de los indicadores globales y el hambre

El Índice Global del Hambre de 2026 sitúa la puntuación mundial en 18,1 puntos, frente a los 17,6 registrados en 2018. Este repunte en la escala evidencia un claro retroceso en los esfuerzos multilaterales. El informe señala de forma contundente que 44 países presentan niveles graves o alarmantes, que la situación ha empeorado en 32 naciones y que 57 estados no lograrán alcanzar un nivel bajo de privación alimentaria para el año 2030 si se mantiene la trayectoria actual.

Por su parte, los datos de El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI) de 2026 ofrecen una imagen repleta de matices. En 2025, alrededor de 645 millones de personas padecieron hambre, lo que equivale al 7,8 % de la población mundial. Aunque la prevalencia descendió por tercer año consecutivo, la dimensión absoluta del problema continúa siendo trágicamente elevada y las mejoras no se distribuyen de forma homogénea entre las distintas regiones del planeta. Además, según el Global Report on Food Crises de 2026, unos 266 millones de personas repartidas en 47 países y territorios afrontaron niveles excepcionalmente altos de inseguridad alimentaria aguda.

A esa presión estructural se suma el impacto directo del coste de la comida sobre las golpeadas economías domésticas. El informe Price Shocks 2026, elaborado por la organización World Vision, compara el coste de una cesta básica de la compra con los ingresos medios en 62 países. Los contrastes resultan abrumadores: mientras que en España se necesitan aproximadamente dos horas y media de trabajo para pagarla, en la República Centroafricana se requieren casi 30 días enteros de ingresos laborales para adquirir exactamente los mismos productos básicos.

Entre los 47 países comparables en la evolución reciente de los precios, la cesta se encareció en 33 de ellos y solo se abarató en 14. Asimismo, la organización calcula que una alimentación saludable continúa estando completamente fuera del alcance económico de aproximadamente una de cada tres personas en el mundo.

Esta inaccesibilidad económica repercute de manera directa y devastadora en los sectores más vulnerables de la sociedad. World Vision estima que en 2025 había 35,5 millones de niños y niñas con malnutrición aguda, incluidos casi 10 millones en estado grave. Pablo Kinuthia, director sénior de Alimentos, Efectivo y Mercados de la organización, advierte con severidad sobre las consecuencias de esta carencia en las etapas tempranas de la vida, recordando que la desnutrición "debilita su sistema inmunológico, limita su crecimiento físico y afecta al desarrollo cerebral, lo que dificulta su aprendizaje y su capacidad para prosperar".

Ante la subida incesante de los precios, las familias se ven obligadas a recurrir a drásticas estrategias de supervivencia. Algunas reducen progresivamente las cantidades de comida en la mesa, otras se saltan comidas completas a lo largo del día, sustituyen productos altamente nutritivos por opciones mucho más baratas pero vacías de nutrientes, o contraen deudas asfixiantes para cubrir los gastos cotidianos. En los casos más extremos, se ven forzadas a vender sus escasos bienes de producción, de los que dependen enteramente para subsistir.

De hecho, en algunos hogares desesperados, los menores llegan a mendigar en las calles, realizar trabajos manuales peligrosos o abandonar definitivamente las aulas para dedicarse a la recolección de leña. Khin, una madre de ocho hijos que reside en la región de Yangón, en Myanmar, describe en un desgarrador testimonio recogido por World Vision cómo la privación extrema se ha instalado en el corazón de su hogar: "Hay días en los que mis hijos comen arroz solo con aceite y sal. Esto ya no es algo ocasional; se ha convertido en una realidad cotidiana".

Kinuthia alerta de que estas secuelas no desaparecen tan pronto como la economía experimenta una leve mejoría. "Incluso si se recupera más adelante, algunos de los daños pueden afectar gravemente a su salud, su educación y su potencial de ingresos en el futuro", concluye el experto.

'Bombardear' la alimentación: el uso de la escasez como arma en los conflictos armados

Los conflictos armados se consolidan como uno de los principales factores geopolíticos que empujan activamente a las poblaciones hacia el hambre, ya que las hostilidades militares destruyen deliberadamente o por colisión los cultivos, los sistemas de riego, los almacenes y las vías de comunicación. Esto impide que los agricultores trabajen sus tierras y dificulta gravemente que los alimentos básicos lleguen a los mercados locales.

A este panorama desolador se suma la interrupción sistemática del suministro de insumos esenciales como semillas, fertilizantes y combustible, lo que reduce la capacidad productiva de los suelos incluso cuando los combates disminuyen en intensidad.

Pilar Lara Ruiz-Granados, miembro del equipo de relaciones institucionales de la ONG Ayuda en Acción, vincula directamente este deterioro de la seguridad alimentaria a la coincidencia de múltiples factores críticos. "Lo que ha cambiado radicalmente es la superposición de problemáticas, su duración prolongada y su alcance global, unido todo ello a un preocupante descenso de la ayuda al desarrollo a nivel internacional", explica.

Esta combinación destructiva hace que las emergencias humanitarias se prolonguen en el tiempo y que las comunidades locales dispongan de cada vez menos herramientas para recuperarse. Las sequías prolongadas, las inundaciones devastadoras y otros fenómenos meteorológicos extremos pueden arruinar cosechas enteras, mientras que la pobreza endémica y el endeudamiento merman la capacidad de las familias para absorber las pérdidas. Por otro lado, la altísima dependencia de las importaciones expone a los países en desarrollo a las bruscas fluctuaciones del comercio mundial y a las subidas de precios internacionales.

El Índice Global del Hambre de 2026 refleja esta brutal realidad al situar en 27,5 puntos la puntuación correspondiente al África subsahariana, una de las zonas más castigadas por la inestabilidad. Entre las mayores crisis alimentarias provocadas directamente por guerras figuran las de Nigeria, la República Democrática del Congo, Sudán y Sudán del Sur, donde el desplazamiento masivo de la población y la destrucción intencionada de los medios de vida agravan día a día la dificultad de conseguir alimento de forma regular.

La utilización deliberada de la falta de alimentos como instrumento de guerra ha sido objeto de un firme rechazo por parte de la comunidad internacional. En 2018, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la histórica resolución 2417, la cual condena explícitamente el uso de la inanición de la población civil como método de combate y denuncia la privación ilegal de acceso humanitario a quienes necesitan asistencia vital.

Desde la organización Manos Unidas también se ha alertado sobre la gravedad de esta práctica. Fidèle Podga Dikam, coordinador del departamento de estudios y documentación de la entidad, cita una histórica frase del papa León XIV para resumir la perversidad de esta estrategia: "Matar de hambre a la gente es una forma muy económica de hacer la guerra".

"Además, los efectos de una guerra pueden durar décadas una vez finalizado el conflicto", advierte Lara Ruiz-Granados. Y es que la pérdida masiva de tierras arables y herramientas, los daños estructurales en las redes de transporte y la interrupción prolongada de los servicios públicos dificultan enormemente que las familias vulnerables recuperen sus medios de vida y vuelvan a producir o comprar alimentos con la debida regularidad.

En la infancia, las consecuencias de este desabastecimiento provocado pueden ser absolutamente irreversibles. La portavoz de Ayuda en Acción recalca que la desnutrición aguda o crónica afecta de forma permanente al crecimiento físico y al desarrollo cognitivo de los menores. De ahí que la respuesta efectiva a estas emergencias requiera atender tanto las necesidades nutricionales inmediatas como recuperar las condiciones socioeconómicas que permiten garantizar de forma sostenible la alimentación, la salud y el aprendizaje.

La paradoja de la distribución: producir alimentos no lo es todo

La abrumadora dimensión del hambre en el mundo contrasta fuertemente con la capacidad productiva del planeta. Según datos facilitados por Manos Unidas, la agricultura global tiene hoy en día el potencial técnico de alimentar a una población de entre 10.000 y 11.000 millones de personas, una cifra muy superior a la población mundial actual, que ronda los 8.200 millones de habitantes. Sin embargo, esta disponibilidad teórica total no evita que una fracción masiva de la humanidad se vea privada de acceso al sustento más elemental.

El problema central radica en la desigual distribución de los recursos, las profundas brechas económicas y las condiciones injustas en las que se producen y comercializan los bienes agrícolas. En palabras de Podga Dikam, la realidad se sintetiza en una cruda dinámica: "El sufrimiento de unos se convierte en negocio subvencionado para otros"; razón por la cual la lucha contra la inseguridad alimentaria exige reforzar de manera urgente los sistemas locales que permiten a las comunidades producir sus propios alimentos y sostener sus economías sin depender del exterior.

Un ejemplo práctico de intervención comunitaria se encuentra en el proyecto desarrollado por la organización medicusmundi en las localidades de Rungu y Wamba, situadas en la provincia de Alto Uele, en la República Democrática del Congo. La iniciativa dio comienzo en noviembre de 2022 bajo la dirección de Grégoire Mombi Amboko, centrándose en mejorar la producción agrícola, la nutrición y los ingresos de las familias rurales mediante el despliegue de recursos adaptados a las necesidades locales.

El proyecto ha distribuido herramientas agrícolas, semillas certificadas y vacunas para el ganado, además de incorporar activamente la cría de aves de corral. En una de sus actuaciones más destacadas, se procedió a la entrega de 3.000 pollitas y gallinas de la raza SASO. Asimismo, la producción agrícola se diversificó notablemente con el cultivo de judías, soja, pimientos y zanahorias, con el claro objetivo de ampliar la variedad de la dieta local y generar nuevas oportunidades de venta en los mercados cercanos.

Gracias a esta intervención, la iniciativa ha logrado ampliar el número directo de participantes de 45 a 60 personas. En sus primeras fases operativas llegó a 2.027 hogares, y la organización estima que en la actualidad alcanza a unos 2.341 integrantes de las comunidades involucradas. Gran parte del trabajo incluye capacitación técnica y apoyo continuo a las mujeres para que puedan acceder a la propiedad de la tierra, mejorar el rendimiento de sus cosechas y generar ingresos propios de forma autónoma.

Sin embargo, esta intervención sobre el terreno se enfrenta a graves obstáculos que condicionan su alcance final, puesto que las incursiones de grupos armados, los desplazamientos forzados de población y los brotes recurrentes de ébola han reducido drásticamente la actividad en distintos momentos. A pesar de estas adversidades, la financiación proveniente de la Unión Europea y del Gobierno de Aragón sostiene la continuidad de la iniciativa, cuya finalización formal está prevista para el próximo 4 de noviembre.

El retroceso de la ayuda humanitaria y la erosión de la prevención

La respuesta internacional ante las crisis nutricionales depende de manera crítica de los recursos financieros disponibles. Desde Ayuda en Acción advierten con preocupación de que la financiación internacional destinada a la ayuda humanitaria y al desarrollo en contextos de emergencia alimentaria ha sufrido un severo retroceso, situándose en niveles similares a los registrados entre los años 2016 y 2017.

Estos recortes presupuestarios afectan directamente a los programas de distribución directa de alimentos, al tratamiento médico de la malnutrición infantil, a la gestión de comedores escolares y a la atención nutricional integral de madres gestantes y lactantes. De igual forma, limitan de manera drástica el apoyo a los pequeños agricultores, quienes requieren desesperadamente semillas, herramientas, ganado y sistemas de riego eficientes para mantener o recuperar sus medios de subsistencia.

La pérdida constante de financiación afecta también a la capacidad técnica para anticiparse a los desastres antes de que desencadenen catástrofes irreversibles. Lara Ruiz-Granados advierte de que "las encuestas nutricionales y los sistemas de alerta temprana están desapareciendo en muchos países", lo que dificulta la identificación oportuna del deterioro en la alimentación de las comunidades, la localización de los grupos de población más vulnerables y la activación de una respuesta humanitaria eficaz antes de que la crisis alcance niveles de extrema gravedad.

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