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El Museo del Prado ha abierto sus puertas de forma excepcional antes del horario habitual de apertura al público para mostrar el resultado de uno de sus proyectos de conservación más esperados. El recorrido por las salas de la pinacoteca ha tenido como destino el reencuentro con una obra excepcional cuyo protagonista luce hoy con una viveza cromática renovada, como si estrenara vestimenta ante los ojos del mundo.
Esta transformación se debe a que Pablo de Valladolid, el célebre lienzo de Velázquez fechado en 1635, acaba de ser completamente restaurado por el equipo de expertos del museo. María Álvarez-Garcillán, restauradora y máxima responsable de este minucioso proceso técnico, ha sido la encargada de guiar la presentación de la obra en la sala de exposición donde, a partir de ahora, el público podrá contemplar el cuadro en todo su esplendor original.
El actor que cautivó a la modernidad desde el vacío
Pablo de Valladolid muestra a un bufón en actitud declamatoria, flotando en un espacio indefinido, un fondo gris terroso que casi es un no fondo. El pintor francés Édouard Manet quedó asombrado al contemplarlo y le rindió homenaje en su célebre obra El pífano (1866). El lienzo acaba de recobrar una luz original que se había desvanecido con los años debido a la oxidación de los barnices.
La función de este bufón de corte era la de divertir a la monarquía con el recitado de versos y piezas dramáticas. El personaje realmente nació en Vallecas, a pesar de su nombre, y tras los trabajos de limpieza aparece dirigiéndose al espectador desde una mayor cercanía visual.
El gran reto de restaurar a un Velázquez
"Intervenir un Velázquez es una responsabilidad muy grande —confiesa la restauradora—, pero la ventaja es que sabes que va a responder muy bien, porque el artista utilizaba pigmentos de gran calidad". La especialista contemplaba desde hace años este retrato, deseando que pasara por sus manos en el taller de restauración; al fin llegó el momento. Era el último cuadro dedicado a los bufones, con los que comparte sala, que permanecía pendiente de una intervención integral.
"Tenía barnices acumulados en superficie que impedían ver los efectos estilísticos y de iluminación, esa transparencia que tienen las obras de Velázquez. El público se había acostumbrado a un Pablo de Valladolid que no se correspondía con la realidad", afirma la experta, satisfecha por el resultado.
Además, la especialista destaca las dimensiones del cuadro, que han sido reajustadas para devolverlas a las del lienzo original. "En el perímetro había un añadido realizado cuando el cuadro salió del Palacio del Buen Retiro hacia el nuevo palacio, cambiando el formato. Se han recuperado sus dimensiones originales, porque el espacio añadido debajo del pie hacía que el personaje se retrajera; estaba como un paso atrás. Ahora se le observa dirigiéndose al espectador de manera más cercana", concluye María Álvarez-Garcillán.
El laboratorio químico: ciencia aplicada al arte
Para sustentar estas intervenciones —tanto la limpieza como el ajuste de dimensiones— es necesario el concurso de otros departamentos del museo donde se determina la pertinencia de cada proceso. Maite Jover abre las puertas del Laboratorio de análisis, una dependencia dotada de microscopios ópticos, un microscopio electrónico y demás aparatos técnicos de última generación. "¡Tenemos más equipos que personas!", reconoce la responsable con humor.
En este departamento se analizan los materiales artísticos, fundamentalmente pinturas, mediante la toma de micromuestras. Se trata de una técnica mínimamente invasiva que interviene únicamente en zonas poco importantes o donde ya existe pérdida de pintura. Entre dos cristales se conserva un fragmento microscópico del cuadro, obtenido de un pie del personaje. En una imagen del microscopio se observan los estratos de la capa pictórica, con una imprimación prácticamente blanca, base inicial aplicada sobre el lienzo con la que el creador conseguía gran luminosidad, y luego un color negro con toques de gris.
En el análisis químico se encontró un azul ultramar artificial empleado en el siglo XIX. Esos repintes se han eliminado en el taller porque es imposible que fueran aplicados por el autor original. También se han encontrado intervenciones antiguas que ocultaban correcciones del propio pintor, las cuales deben restituirse hasta dejarlas a la vista, como ocurre en la rectificación de la pierna derecha.
Tras la restauración, reluce especialmente el color negro de la vestimenta de Pablo. "El negro había adquirido un tono verdoso grisáceo debido a las capas de barniz oxidado, y ahora se ha recuperado ese negro característico de los trajes de la nobleza de España. La Corona tenía el monopolio de un tinte llamado campeche, que venía de América, un pigmento negro intenso, símbolo de elegancia en la Corte".
Rayos X y reflectografía: secretos del lienzo
Al dejar el laboratorio químico, la atención se centra en el área de Laura Alba, responsable de técnica radiográfica. "El Museo del Prado sigue trabajando con película radiográfica convencional, que permite tener un original a tamaño real para mediciones de precisión". Se trata de placas de varios metros que se extienden sobre amplias mesas de estudio.
A través de los rayos X se observa si hay añadidos de tela, zonas con pérdidas de capa pictórica o roturas del lienzo, como el ‘siete’ o desgarro que tiene en la parte inferior izquierda, cuyo remiendo se ve claramente en la placa. "Es bueno que el restaurador sepa a lo que se enfrenta", comenta Laura Alba. "La radiografía permite determinar las medidas originales. Se observan añadidos perimetrales de tela diferente y las puntadas que cosen las piezas. El criterio adoptado fue cubrir con un nuevo marco los añadidos, devolviendo la obra a sus dimensiones de origen".
El estudio técnico también incluye la reflectografía de infrarrojos, un apartado del que se ocupa el experto Jaime García-Máiquez: "Se obtiene una imagen digital donde se pueden ver los dibujos preparatorios ocultos bajo la pintura. Las líneas de dibujo absorben esa luz y dan una imagen contrastada". En las pantallas del departamento se almacenan las carpetas con los estudios de reflectografía sobre Velázquez. "Al ser uno de los pintores más importantes, fue el primero analizado sistemáticamente, pero los estudios son antiguos. Otros pintores menores están mejor documentados con tecnologías recientes".
El análisis de la obra de Velázquez en su conjunto permite valorar la etapa en que pintó la serie dedicada a los bufones: "El artista se encuentra a sí mismo después del viaje a Italia. Pintando a los bufones se siente más libre, porque no es lo mismo retratar a los reyes que a estos ‘cortesanos de la risa’, el nivel más bajo de la corte".
Jaime García-Máiquez concluye sobre el autor sevillano destacando sus virtudes técnicas: "Velázquez es un pintor muy directo y seguro, que no hace casi rectificaciones y apenas se apoya en dibujos previos. El Greco podía tener una pincelada más radical y Goya resultar más loco, pero él poseía una elegancia y calidad muy constante. Siempre logra una alta calidad".
Así finaliza un recorrido por el Prado oculto, por aquellas dependencias internas donde se fraguan las labores que hacen de este museo una de las pinacotecas más respetadas del mundo gracias al trabajo diario de sus profesionales.
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